Dicen que el tiempo acaba borrando las huellas del dolor. En algunos casos, esa desaparición es bienvenida porque acaba aliviando el sinvivir que nos corroe. En otros, es sencillamente posible que esa muerte en vida te permita, a veces, algún que otro respiro, pero siempre acaba volviendo. Sin piedad, te hiere profundamente una y otra vez en cada esquina, en cada sombra, en cada foto. Y, por mucho que resistas, acabas arrastrado hacia las profundidades insondables de los infiernos del cariño. Sin solución. La vida es así, cuentan algunos, y tú intentas acusar, con tu maltrecho corazón, cada sacudida mortal. Qué remedio.
Sin embargo, hay un dolor que debe preservarse, como se guarda a un testigo para que pueda contar, en un juicio, toda la verdad de un crimen abominable.
El pasado 27 de enero se conmemoró el 81 aniversario de la liberación de Auschwitz. Situado en Polonia, fue el más grande de los campos de concentración construidos por los nazis. Más de un millón de personas murieron asesinadas en sus cámaras de gas, terminando en los hornos crematorios. La mayoría de confesión judía. Desgraciadamente, por más que le pese a los que siempre han querido reinventar la historia negando la evidencia, hubo muchos más campos de este tipo. Bueno será señalar que el sistema concentracionario nazi es el segundo más mortífero conocido por la humanidad, y muy por detrás del “Archipiélago Gulag” de la Unión Soviética. El tema queda pendiente…
Mal llamado Auschwitz-Birkenau (siendo Birkenau una sección de Auschwitz donde se encontraban las cámaras de gas), este campo de la muerte no fue el primero. El que tuvo el horrible honor de “abrir” la terrible lista fue Dachau. Éste empezó sus andanzas el 22 de marzo 1933 (Hitler accedió al poder el 30 de enero de ese mismo año). Los primeros en entrar fueron los que se opusieron al régimen nazi: anarquistas, socialistas, francmasones, comunistas o simples buenas personas que no entendían la violencia ejercida.
En el acto de conmemoración de la liberación de Auschwitz, Bernard Offen, natural de Cracovia y uno de los pocos supervivientes del Holocausto que aún quedan con vida, quiso reivindicar la esperanza:
“He venido a este lugar de muerte [Auschwitz] para hablarles de la vida. Aunque por dentro me siento hecho pedazos -continuó- acabo de cumplir 97 años y he sobrevivido a cinco campos, incluido éste. El Holocausto me ha enseñado -afirmó Offen- lo terrible que pueden llegar a ser los seres humanos, pero también, y es lo más importante, lo solidarios y lo valientes y empáticos que podemos y debemos ser”.
Este mensaje conciliador, que sólo puede sentir y decir alguien que lo ha sufrido todo, debería resituarnos a todos para que caigamos en la cuenta de que otro mundo es posible, si es que de verdad nos lo proponemos.
Sin embargo, el superviviente no se quiso quedar sólo con esas palabras de confianza en el género humano. Con una fuerza inusitada lanzó un desesperado grito de alarma:
“Hoy, al mirar el mundo actual, veo muchas señales que conozco demasiado bien. Veo cómo resurge el odio, veo cómo la violencia empieza de nuevo a justificarse. Veo a personas que creen que su ira vale más que la vida de otro ser humano, y digo esto porque soy un hombre mayor que ha visto hacia dónde conduce la indiferencia. Lo digo porque creo de verdad que podemos elegir un camino diferente para que la historia no se pueda repetir”.
Contundente discurso en unos tiempos en los que se aniquila sistemáticamente a la población de Gaza.
Brutal en momentos en los que Trump, y sus paramilitares, han encerrado a decenas de miles de personas en cárceles que se parecen mucho a los campos de concentración nazis. Para los escépticos, tres datos que deberían sublevarnos:
-Hay 1200 personas desaparecidas de las que, tras ser arrestadas por el ICE, se desconoce su paradero.
-31 muertos en manos del ICE sin explicación alguna.
-Las condiciones de detención (en centros privados que están ganado muchísimo dinero) son tan duras que muchos firman su expulsión, aunque sea a países que no son los suyos.
Y finalmente, el discurso del preso de Auschwitz no admite réplica posible cuando sabemos que la UE no vería con malos ojos deportar a los migrantes a países que se encuentran fuera de Europa.
Bernard Offen quiso reivindicar la memoria como una Luz en la oscuridad, y jamás como una carga, como cuando, a los colegios de Francia, venían estos resistentes arrestados y torturados por la Gestapo para ser, posteriormente, trasladados a campos como el de Auschwitz. Éstos contaban cómo fue aquello, cómo y por qué pasó. Hoy, cuando parece que recordar molesta, deberíamos alimentar esa memoria para que la barbarie no se siguiese reproduciendo.
Como decía mi mañica preferida, de seguir así, algún día nos daremos cuenta del lugar al que nos llevan todos bien agrupaditos, pero ante los verdugos ya poco podremos decir. Ni hacer.
Espero que, al menos, el dolor, sea el que sea, nos haga a todos y a todas, pensar un rato. Por humanidad. Por supervivencia.
Una vez más, la reflexión es suya.






