Llega noviembre y la autora se imagina paseando por el campo con una talega al hombro y viendo una representación de Don Juan Tenorio.
Y sueña lo vivido porque ya toca soñar lo vivido.
Llega noviembre, y entre Mochilas y Tenorios se va la imaginación que se sitúa, una vez más, en la orilla africana donde nacimos los niños de unas mochilas que ahora llevarán otros niños. Que también llevaron mis hijos, en la tierra y lejos de ella.
Dicen, y me resisto a creer, que, ahora, cada vez menos. Me cuentan. Porque ahora se lleva otra cosa: el Halloween, o como quiera llamarse o pronunciarse, toda vez que una costumbre foránea va ganando el terreno a lo nuestro, hasta el extremo de comerse la mochila, pobre o rica, abundante o escasa, pero caballa. Auténtica y fetén.
Me cuentan que se está perdiendo, serán exageraciones. Mas, por eso, quiero recordar mis mochilas de infancia. Para que no se pierda en la desmemoria de las calabazas sangrientas.

¡Ay, mi mochila!
Y no es el cántico que todos los niños coreábamos a pleno pulmón en nuestras subidas al monte Hacho, a García Aldave, o, a la mismísima playa de Calamocarro cuando hacía buen tiempo.
Esta interjección es más un lamento que se va hacia la nada si no conseguimos recuperarnos de esos sustos macabros que nada nos aportan, más que el hecho, nada casual, de perder cachitos de identidad.
Aquella costumbre de visitar los cementerios portando bolsas de comida para pasar una larga jornada, que luego se extendería a lo largo de los años como un acontecimiento festivo con excursiones de invierno, vuelve a encender la luz de la imaginación para recrear el ambiente de los días previos a la salida al campo.
Los mercados llenos y abiertos hasta la medianoche, para comprar las mochilas: castañas, nueces, higos, chirimoyas, peros, pan de higo, y una buena cantidad más de todo lo que daba la estación para festejar el Día de Difuntos.
Sin olvidar por eso los productos de pastelería que, aunque no se llevaban en las mochilas, siempre estaban presentes en nuestras mesas para alegría de los golosos. Así, la imaginación vuela hacia las vitrinas repletas de Huesos de Santo, de Buñuelos y de Pasteles de gloria, de La Africana, La Campana o El Vicentino. A cada cual su gusto. Que decir Ceuta y dulces es rimar en Arte Mayor.
Ahora la ciudad se engalana para otra fiesta que atrae a niños y mayores, por una y mil veces vista en el Cine y la Televisión, lo cual no la hace ni más legítima ni más genuina. Simplemente, es otra cosa.
Pero, aún con la presencia de las celebraciones extrañas, me consta que Ceuta resiste, y el campo se sigue llenando de niños y mayores, mochila al hombro, para reafirmar lo que se es.
Si en Méjico honran a sus muertitos con sus calaveras de azúcar, sus ofrendas y sus celebraciones llenas de colorido y de amor, si en Cádiz hacen los Tosantos, que derrochan gracia y originalidad, aquí, en Ceuta, la autora se arremanga, se junta con un puñado de niños del barrio, del colegio o instituto, y se echa al monte. Así, de la forma más auténtica que conoce: con una talega al hombro, y esperando a que pase quien le gusta por alguna revuelta de los pinos del Hacho. Porque también, ahora y siempre, era y es tiempo de amor. Y no de horror.

¿Sin apellido notorio?
Cierto es que podría haber escogido un verso más conocido de Don Juan Tenorio, un señor de lo más desconcertante cuya personalidad dual se ha convertido en uno de los principales mitos, ya universales , de la literatura en lengua española.
He de confesar mi debilidad por el burlador, aunque no sea muy políticamente correcto, pero, es notorio, que llegado noviembre, ya se sabe. Mochila y Tenorio.
Entre la grandes producciones de la obra de Zorrilla, tan ampliamente criticada en su tiempo, y fuera de su tiempo, me gusta mucho el Don Juan en Alcalá, una representación que tiene como marco, incomparable, sí, no se sonrían por el recurso fácil, a la mismísima ciudad de Alcalá de Henares, con sus murallas, sus plazuelas y callejas, tan aptas para recrear los amores de don Juan y doña Inés, con su cohorte de personajes, vivos y muertos. Siempre inmortales.
Y, si hablamos de marcos incomparables para acoger una función del Tenorio, nada mejor que situarnos en las Murallas Reales de Ceuta y dejar volar la fantasía.
La producción del Taller Municipal de Teatro, dirigido por Manuel Merlo, hizo realidad la ficción de capa y espada, amores y muerte, en un lugar que dio mucho de sí para recrear la historia.
La dulce Inés, redentora de don Juan, fue interpretada por Chus Albarracín.
Todo un éxito para la memoria reciente, sin olvidar las representaciones que tuvieron lugar en el añorado Teatro Cervantes allá por aquellos años...

La arquitectura de la palabra o el Tenorio de los Grillos
Cruzamos, el tantas veces cruzado Estrecho de Gibraltar, para situarnos en la bella ciudad de Fuengirola. Otro mes de noviembre. Otro Tenorio. Cuatro actores y un escenario pequeño, como de cámara, hicieron nuevamente el milagro de todos los noviembres.
Una función, tan sencilla como compleja, de la mano de la compañía Caja de grillos, en la que un autor-narrador, Zorrilla- Navarro, nos cuenta el desvelo insomne de don José Zorrilla para escribir la que sería su gran obra.
Basada en el primer borrador de Don Juan Tenorio, la maestría de Manolo Navarro Mármol nos traslada a los mismos lugares donde transcurre la acción sin salir de un espacio pequeño, tal es la fuerza de la arquitectura de la palabra.
Excelentes, Don Juan, Megía y doña Inés. Y, los invisibles, don Diego Tenorio, don Gonzalo de Ulloa. Y una Brígida pa comérsela.
Aplausos. Telón.
¡Feliz Día de la Mochila, feliz tenorio!
CONSTANCIA DE LOS DÍAS: mil gracias a los que siempre están ahí para ayudar con testimonios, fotos y recuerdos para la luz de estas páginas semanales.
Gracias a Elisa Lorente y a Jaime Morales. Chico Ponce y la familia Albarracín.
- Suenan los premios literarios. Algunos, con demasiada traca, y a Barbarita se le va el alma tras los versos de María Victoria Atencia, flamante galardonada con el Premio Nacional de las Letras. Malagueña.
Porque te fue negado el tiempo de la dicha tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.







Me ha encantado tu artículo , el pequeño resumen de nuestros recuerdos de infancia hace que me trasporte a esa niña tan feliz con los míos , aunque ya falten muchos pero en mi mente siguen ahí
Muchas gracias!! Los recuerdos se acumulan en ciertas fechas, y esta es una muy especial.
Que belleza de artículo y cuánta añoranza acumulada.
Felicito a la autora!
La belleza está, precisamente, en quien tiene a la añoranza como un tesoro de la memoria. Muchas gracias por el comentario.