Es complicado ser cuando estás siendo. Difícil apreciar la vida que estás viviendo, porque al usarla, como con casi todo en este Planeta, nos vamos deshaciendo en ella casi sin darnos cuenta. Nos desprendernos de gustos, deseos o sueños como capas de cebollas invisibles o epiteliales microscópicas de las que nunca somos conscientes.
No sé cuándo me volví tan melancólica, ni cuando dejó de gustarme leer a Stephen King. En qué momento el chocolate ya no supo a gloria y -en cambio -el hojaldre empezó a calentarme las gustativas. Vivir puede ser conocerte a ti mismo u olvidarte de quién eras realmente.
Una de las cosas que más me cuesta es recordarme en la adolescencia. Supongo que les pasará a muchos de ustedes si tienen hijos en esa transición de pena, con los que compararse. Porque lo es, una confrontación constante entre lo que son y lo que serán, mientras están siendo, sin que consigas encontrar ese punto intermedio donde los círculos de los subconjuntos forman una intersección que debes colorear con rayitas geométricas.
No sé cuándo abandoné la literatura, ni cuando dejé de interesarme por el amor en forma de novelilla dramática. En qué momento los tacones se castraron, las grasas en las ollas se eclipsaron, la chia floreció y la microbiota comenzó su reinado. Cuándo las arrugas florecieron, la miopía no fue ningún problema, la silla de playa sé hizo insustituible o una conversación inteligente empezó a estar por delante del marisco más exquisito.
Quizás hacía demasiado que no estaba viviendo, sino que lo aparentaba para seguir existiendo. Es complicado como enhebrar una puñetera aguja porque los agujeros por los que antes pasaba un camello ahora no los traspasa ni una anoréxica pulga. La aureola incipiente de las canas que afrentaba al cielo con su sola presencia, ahora se ha hecho bosque y trepa por doquier emblanqueciendo todo a su paso con osadía y orgullo. Los huesos duelen porque hablan de trotes pasados, pero también de vida futura de la que queda por patear y gastar en una prolongada partida de naipes.
Me he vuelto chula-de puro vieja- invisible y altiva como una gárgola apostada en una otoñal azotea. No necesito nada más que paciencia con los idiotas que transitan esta vida dando pisotones de elefante sin que les importe a quién joroban. No es tan malo envejecer si ves a un antiguo compañero de carrera con tinte en el pelo, barrigón y cara circunspecta de amargado. No lo es si aún ves futuro donde otros solo ven pasos de un podómetro.
En el haber restan paseos infinitos que recorrer por playas nostálgicas de verano, con sevillanitos huidos y niños ajenos patinando. Playas con gente ociosamente trabajada, pensionistas sin Imserso sino con ganas de marcha y jubilados de pacotilla que vienen con más fuerza que hallowines y pascuas en un bazar asiático.
No hay nada como festejar una fiesta que no es fiesta, sin aspavientos, ni celebraciones, sin convidados, ni barbacoas de carbón pagado a precio de oro, sino pasos contabilizados en el debe- uno tras otro- y un mar antiguo contable que se desdibuja como pintado por un crío de primaria, sin olas ni espumas tridimensionales, nada más allá de varias rayas azules una sobre otra, apelotonadas.






