¿Eran cien, doscientas, medio millar, tal vez dos mil las personas que abarrotaron ayer el Patio de Armas del acuartelamiento García Aldave con motivo del acto conmemorativo del XCI aniversario de la Legión Española?
Como en las buenas obras del teatro galo de finales del siglo XIX, el número de asistentes, inicialmente relevante, sobre todo para organizadores y estómagos insaciables, quedó muy pronto en un segundo plano, el tiempo que tardó la función representada, disculpen quise decir los esmeros del Tercio ‘Duque de Alba’, en hipnotizar a las personas, caras y ojos que se desmarcan de meras cifras y monedas.
Para entonces, las personas que se habían encaramado a la cima de la montaña, llegadas en coches particulares o en taxis seguían rigurosamente los acordes del himno nacional, todos a excepción de un familiar de un miembro del Tercio, que se tuvo que esmerar, haciendo aspavientos y dando ágiles saltos de un lado hacia el otro, en pos de despistar a una avispa en cuyo aguijón tenía grabado la perversión de un picotazo. No pasó a mayores el aprieto que incluso arrancó alguna risotada incapaz de ser contenida desde la tribuna; el chico zanjó el episodio: “Sin picotazo a la vista”.
De las rayas doradas y negras del insecto a la barba canela de la cabra, la ínclita mascota de la Legión, que antaño reemplazara al mono del cariño y de la fe de los legionarios, y que ayer permanecía con las patas recostadas sobre el cemento a la espera de su desfile de moda, un lapso de tiempo soportado como si fuera consciente –¿lo era?– del papel de cada año, del peso del credo de la unidad militar en cuestión: la suya.
Cuando en el patio atronó ‘¡mandar firmes!’, el Tercio acató ipso facto la orden grave del coronel jefe García –Vaquero, efecto similar que conseguieron los militares encargados en velar por el orden, la seguridad y el protocolo del acto: “Señores, hagan el favor de colocarse unos metros más alejados del patio”, aseguraban, mientras los familiares de los militares del Tercio desempeñaban sus cometidos en plena mañana. La resignación quedó alividada de algún modo “ya que con mi ‘super’ cámara al menos puedo verle la cara, con todas las facciones muy bien diferenciadas, a tantos metros de distancia”, se consolaba una joven mamá.
Toda vez que concluyó el desfile ante la autoridad que presidió la parada militar, la mujer pudo besar a su marido en unos momentos de sana camaradería entre políticos, militares y familiares que continuaron en el interior del salón donde se procedió al vino de honor y al posterior ágape.
Las mesas lucían coloridas entre el amarillo de los pinchos de tortilla de patatas, el burdeos de la caña de lomo, el verde de las aceitunas o el ocre de la empanadilla, productos que, a tenor de las burbujeantes conversaciones, fueron toda una inyección de energía para los presentes: “Éste es un momento muy especial”, hacía un aparte un veterano de la Legión, “porque supone que muchísimos legionarios volvamos a abrazarnos, recordar anécdotas de la historia de España y saludar a las autoridades de la Ciudad”, dijo mientras una camarera se afanaba por recoger el vino que había derramado sobre la mesa un comensal y que no era más que otra anécdota oculta dentro de un día emotivo.






