La artista ceutí Marina inauguró ayer su segunda exposición pictórica ‘Ciudad Gris’ en el café y club La Sala.
Fábricas entre lo onírico. Gente que intenta mantener sus pensamientos inconexos aplastados por la ciudad, lo gris y las cadenas de producción, a lo Ikea. La artista Marina intenta hacer presa de los aleteos de su cabeza para mostrarlos en una exposición personal, que se aleja de los supermercados y del seriado de la gloriosa cadena sueca. ‘Ciudad Gris’ es la segunda exposición de la artista ceutí desplazada a Granada en el café y club La Sala.
Si la anterior no tenía un nexo común, sólo el autorretrato parcial o total en la mayoría de sus cuadros, esta sí tiene su leitmotiv: lo urbano en los negativos blanco y negro. Sin ira y sin desprecio, pero en una continua contraposición con lo más humano e individual, que refleja la evidente seducción por lo contracultural de Marina.
‘Producto de consumo’ es una de las pocas rupturas con la ausencia de color de toda la exposición. Algo muy antipop, muy antiikea: Un rostro de una Marilynmonroe más, acompañada de formas parecidas de colores similares degradas entre el blanco y el rojo. Abajo una cadena de fábricas, del Ikea serían, emitiendo humo. Es Antipop, no contra la estética, pero sí contra la aceptación y el ensalzamiento de la sociedad de consumo que propugna, aunque sea desde la óptica posmoderna.
Los individuos de ‘Ciudad gris’ o están muy integrados entre el humo de la ciudad o están superpuestos sobre ella. A veces lo generan: en ‘Oníricas del este’ una chica fuma y crea una nube donde se sostiene ella y bajo la que sobrevive una ciudad implacable, fea, de línea verticales. “Una forma de expresar la imaginación”, dice Marina. Una imaginación mediada y donde están ausentes las florecitas.
‘Cuando nada vale nada’ quizás sea lo más duro. Un mendigo que se traga las ratas a través de su flauta, que se traga su propio cuento. Es la contraposición del sueño con la realidad, para lo que Marina utiliza el concepto de “certezas”.
En ‘Engranaje oxidados’, hecho en tiza, unas piezas industriales forman la maraña de pelo de una mujer y producen un texto: “Una máquina que se ha cansado de funcionar”, dice.
‘Desde el tejado’ es un escapada positiva. “Las flores azules en literatura significan lo romántica”, explica Marina. La escena sería una mujer que sube a su balcón a contemplar las estrellas en un pueblo de teja, “porque los tejados de ahora son horrorosos”. Pese a este derroche, el cuadro no deja de tener una aprensión oscura común a la mayor parte de la obra de Marina. Oscuro y tranquilo, ausente de hipérboles. “Las rosas azules- apunta- también reflejan lo inalcanzable”.






