Tres horas de vuelo me llevaron del aeropuerto internacional de Hanói al aeropuerto internacional de Narita en Tokio. No era mi primera vez en el país del Sol naciente, mi primer contacto fue unos años antes para enfrentarme a mis demonios pero eso es otra historia. Desde entonces vivo a caballo entre España y Japón, cada vez que puedo me pierdo en los templos y bosques de mi querida prefectura de Kanagawa, donde quedó para siempre una parte de mí.
Para abaratar costes de mi estancia en Japón solicité un trabajo como recepcionista en Kamakura, fui aceptado y me esperaban en diez días para comenzar a trabajar. Mientras me alojé en un hostal de mochileros en Yokohama, a medio camino entre Kamakura y Tokio. El hostal estaba en el barrio de Kannai, a las puertas del barrio chino más grande de Japón.
El ambiente era genuino, podías encontrar infinidad de cosas de todo tipo entre sus calles, había comercios de todo tipo, restaurantes, puestos de comida rápida china y japonesa, adivinos y quirománticos, me recordó un poco a la película de los ochenta “Golpe en la pequeña China” de Kurt Russell, todo tenía su encanto y los días de lluvia, por la noche, entre la neblina que salían de los callejones de los restaurantes me gustaba imaginarme cruzandome con un replicante como en “Bladerunner”.
Kannai tiene esa magia, sobre todo los fines de semana en que acabas engullido por el gentío y te dejas llevar hasta aparecer en un templo chino o en un supermercado asiático. Despertó mi niño interior y me enamoré en poco tiempo de Yokohama. Sus cuidados jardines, sus extensas avenidas, los cerezos en flor que escoltan el rio Katabira y como guinda: Kannai. Allí la vida te puede cambiar en cinco segundos, parpadeas y tu mundo se vuelve del revés.
Mi alma es muy exigente al sentir conexión con una ciudad, Yokohama fue amor a primera vista y cada vez que voy a Japón, no importa el tiempo que me quede ni las ciudades que visite, me alojo en Kannai como un japonés mas y, salvo por mis rasgos occidentales y mi japonés rudimentario, paso desapercibido.
Los japoneses, comúnmente, son amables y muy serviciales pero tienden a guardar cierta distancia física y emocional en el trato. Ittan y Tomo destrozaron esos límites y sembraron en mí la idea de que la nacionalidad no delimita el comportamiento. Semanas más tarde habría de conocer más ejemplos de que el encanto nipón oscila en la misma frecuencia en la que vibra tu alma.
Mi experiencia gastronómica fue un choque tremendo, ya había probado el sushi en España, en esos packs que venden en el supermercado pero nada que ver. El ramen, el sushi, los takoyakis, el okonomiyaki y, mi preferido, el soba, entre otros, fue todo un descubrimiento para mí, comía por puro placer. Comer para mí siempre fue una razón secundaria a la principal: quedar con amigos, beber cerveza, celebrar algo…En Japón comer es la razón principal o al menos no es la secundaria.
La primera vez que fui a Japón me dio la sensación de haber llegado a otro planeta. Vivir con ellos más tiempo, saber más sobre sus costumbres, hizo que me diera cuenta que es un país maravilloso pero país al fin y al cabo.
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