La celebración de un día tan importante como el dedicado a una autonomía no puede convertirse en una especie de acto privado. Especial para los homenajeados, sí, pero incapaz de calar en la ciudadanía.
El Día de Ceuta, más allá de ser festivo o no, da cobijo a un acto demasiado encorsetado y repetitivo.
El alcalde busca a quien siga atendiendo su discurso de todos los años. Cada vez son menos. Es imposible conectar con un mensaje que dura más de media hora y en el que repite las mismas claves alejándose de las polémicas que hay en la calle y afectan al ciudadano.
Pero para saber cuáles son las preocupaciones familiares hay que salir, hablar con las personas sin asesores de por medio y conectar con quienes, en el fondo, son los que sostienen la Ceuta a la que se le dedica este día.
Vivas lleva semanas repasando, chequeando y analizando su intervención. ¿No hay nadie a su alrededor que le advierta de que ese no es el camino? Parece ser que no. O eso, o que los que luchan ya por su sucesión buscan hacerle la cama presentando a un alcalde en sociedad caduco.
Es labor de la Ciudad tirar de esfuerzo para que la jornada dedicada a su tierra tenga un sentido tan importante que cale en la sociedad.
Si se le pregunta a un niño cuándo es el día de Ceuta no sabrá ni responderle, ¿cómo entonces pretendemos que la relevancia de la jornada cale en las generaciones llamadas a heredar esta tierra?
Hoy por hoy celebramos el 2 de septiembre encerrados en un teatro para escuchar el enésimo capítulo vital del alcalde y asistir a un reparto de medallas que, en el fondo, es lo único que puede llegar más al ciudadano, sobre todo si empatiza con los protagonistas.
Hubo un tiempo en el que se debatió crear una especie de mesa de debate para darle una vuelta a todo esto de lo que estamos hablando. Se habló, incluso, de considerar si la fecha del 2 de septiembre era la más adecuada o no.
Esas necesarias reflexiones se perdieron entre la comodidad. Hoy seguimos celebrando un día solo para unos pocos.






