Corren y cuchichean entre ellos por la arena. Un socorrista y tres policías locales interceptan a los tres jóvenes. Sospechan que han cometido un hurto en la playa de la Ribera de Ceuta. Al mismo tiempo que se produce esta escena, Mónica Raya, originaria de Granada, se desplaza hasta su sombrilla.
Esta vez no le ha tocado a ella. Han robado algunos de sus enseres en ocasiones anteriores. Se acomoda como puede sobre una toalla naranja que le han traído. No está en el arenal para pasar una jornada veraniega. Está, más bien, expuesta al sol durante todo el día y al frío de la noche, un contexto que hace mella en su delicado estado de salud.
Las inmediaciones del Club Natación Caballa son su hogar improvisado. Nunca estuvo entre sus planes acabar en Ceuta. Su ruta hacia Marruecos junto a su marido se vio interrumpida ante un problema administrativo. A pesar de tener todos los documentos consigo y todo arreglado, la pararon y la mandaron de vuelta.
“Cuando llegamos a Tánger, nos llevamos la sorpresa de que no me dejaban pasar. A mi esposo sí”, cuenta. “Me llevaron en el barco hasta Génova y de ahí a Barcelona”. Es el lugar en el que ha residido hasta ahora. Siempre ha trabajado. Ha estado empleada en la Fundación Café y Calor y ha desempeñado labores en el sector de la albañilería. Incluso ha vendido patatas calientes.
Sin embargo, la situación económica de ambos era ya insostenible en los últimos meses. La subida de los costes, la falta de beneficios y los problemas de salud llevaron a este matrimonio a plantearse mudarse a la casa de la madre de él en Tetuán.
Antes de llegar a este punto, pidió en tres ocasiones el Ingreso Mínimo Vital. Se lo denegaron. Los últimos achaques sufridos la han llevado a tener un 48% de discapacidad. No puede acogerse tampoco a una pensión no contributiva al no alcanzar el 65%.
Más tarde, tras este intento fallido, trató de acceder al país vecino desde la ciudad. Le negaron la entrada de nuevo. “Hablamos con el abogado de Marruecos que lleva mi caso. Dijo que no habría problema, que me dejarían pasar desde aquí”.
A pesar de tener los papeles exigidos en regla y de cumplir con los consejos del consulado, no ha logrado salir de España. “Me trasladaron que, con el número de expediente de mi caso y con la partida de boda traducida me ayudarían. Aún estamos a la espera”, comenta.
La raíz del problema se halla en un antecedente penal. Hace trece años fue arrestada en Marruecos. “Lo que pasó era en realidad un asunto de mi ex pareja”, aclara. “No fue por un delito de sangre, no fue por nada de eso. Fue por una cuestión del padre de mi hijo”, asegura.
La solución que les queda es que Tayeb, el cónyuge, se cite con el fiscal para solicitar borrar el antecedente y conseguir un certificado que lo acredite.
“Teníamos ahorros. Me estuve quedando en un hostal una temporada, pero ya no contamos con más. No cobro nada y él tampoco”, comenta. “Debo de estar en algún lugar para que él pueda irse tranquilo a arreglar este asunto. No sería un alojamiento de larga estancia, solo hasta que esté solventado”.
No buscan dinero. “Nosotros no queremos nada por la cara; solo un empujoncito. Es la primera vez en 49 años que vivo así”. Lo único que piden es tener un techo durante quince días para que él pueda irse a hacer este recado sin dejarla sola tantos días. No es por capricho. Mónica tiene un historial médico delicado y requiere de compañía. Ha atravesado un ictus, dos infartos oculares y padece diabetes. La granadina ofrece su número de teléfono por si alguien puede echarle una mano. Todo el que esté interesado puede contactar al +34 632 13 76 89.
Los socorristas la ayudan a pincharse la insulina, a cargar el móvil o a estar pendiente de ella. Incluso hay agentes de la Policía Local que merodean la zona para ver cómo sobrelleva el día.
Mientras conversa y cuenta cómo la vida la ha colocado en una postura un tanto compleja, un bañista se acerca, le extiende una barra de pan y una lata de atún. Lleva en la otra mano una botella de agua. “Conozco ya a algunas personas. Vienen y me ayudan. Este hombre viene todos los días”, señala. “Cuando estoy sola vigila mis cosas si tengo que ir a algún lado”, menciona.
Se aferra a la sombrilla para protegerse del sol e incluso de la lluvia si cae. Hace pocos días se mojaron por las inclemencias meteorológicas. “Pronto empezarán las precipitaciones”, indica, preocupada. “Tengo la ropa que me dio Luna Blanca”, cuenta. De hecho, esta asociación les lleva comida habitualmente.
La noche también es dura para ellos. Desde su toalla se han acostumbrado a escuchar los gritos de los chicos que vienen a nado. Relata historias de su vida, habla sobre cómo pasa los días en la playa y de la esperanza de que una puerta se abra. A Mónica se le ilumina la cara cuando habla de sus nietos. Está orgullosa de ellos. Reconoce que son el motor que la hace seguir en esta incertidumbre tan compleja.
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