84. Esa es la última cifra conocida de personas que, hasta anoche, guardaban cuarentena en el viejo hospital de la Cruz Roja. Un edificio que se cae a pedazos y que no reúne las condiciones para servir de albergue ocasional para los inmigrantes que lleguen a Ceuta. La presión que se vive estos días, las imágenes que nos llegan de Marruecos de una sociedad joven cuyo único objetivo es cruzar a nado a este lado, augura un futuro inmediato complicado, así como la generación de un punto de tensión al que, desde ya, no se le está poniendo remedio. La Delegación del Gobierno no puede mirar hacia otro lado. Estamos teniendo a inmigrantes -asunto de su competencia- en un viejo hospital cerrado hace diez años en donde la cuarentena se guarda ‘de aquella manera’ y en donde se han producido fugas y se han registrado ya las primeras peleas. Se han perdido meses sin hacer nada por buscar una alternativa mejor que permita cumplir con las normas sanitarias y afrontar una presión migratoria que si ahora empieza a ser un problema en breve nos va a desbordar. Si la pasada madrugada Marruecos no llega a colaborar frenando las salidas al mar de nadadores, hoy no estaríamos hablando de 15 o 20 entradas, sino de 50 o 60. Es tal la desesperación que se vive al otro lado que no hay más objetivo que arrojarse al mar para llegar a la ciudad. Con una Guardia Civil mermada, con unos planes de seguridad que hacen aguas y sin una infraestructura de acogida mínimamente decente el panorama es de los peores que uno podría pintar.
Ante esta situación la Ciudad adopta su pose plañidera que parece que es lo único que sabe hacer. Se queja, llora y repite lo mismo mientras sigue manteniendo un viejo hospital que le va a estallar en las manos en cuanto menos lo espere. La Delegación no ha dicho nada, calla, obviando que a todos los problemas que ya de por sí tenemos se va a sumar otro que, pudiendo haberse controlado, se ha preferido abandonar.






