Seguro que muchos recordamos El planeta de los simios (1968). Sus tripulantes viajan a una velocidad cercana a la luz y regresan a la Tierra dieciocho meses después, pero aquí han pasado dos mil años.
Hay otras variantes. En Encuentros en la tercera fase (1977) una nave extraterrestre aterriza y libera a personas abducidas en épocas pasadas, entre ellas varios pilotos desaparecidos en la Segunda Guerra Mundial, para los que apenas ha transcurrido tiempo desde su abducción.
Tanto en estas dos películas como en Interstellar (2014) hay viajes en el tiempo, pero por causas distintas. En las dos primeras, por viajar a velocidades cercanas a la luz. En la última, por fenómenos gravitatorios extremos, como los que se producen en los agujeros negros o en los agujeros de gusano.
Por extraño que parezca, la ciencia actual avala que esos viajes al futuro son posibles. Lo explica con una claridad sorprendente el físico del CSIC Alberto Casas en un magnífico libro, La ilusión del tiempo, cuya lectura me está ayudando a pasar estas terribles olas de calor y las sacudidas mediáticas que provocan las decisiones judiciales de un puñado de "pequeños tiranos".
En el libro Casas retoma la teoría de la relatividad especial que Einstein sistematizó en 1905. La idea central es sencilla y revolucionaria: el tiempo no avanza igual para todos, depende de la velocidad del observador.
Para entenderlo pone el ejemplo del tren de alta velocidad y dos personas, una dentro y otra en el andén. Se enciende una lámpara en el techo que emite un fotón hacia el suelo. Para el pasajero el fotón baja en vertical. Para el que está en el andén, como el tren se mueve, el fotón recorre una trayectoria inclinada, más larga. El resultado es un triángulo.
Aplicando el teorema de Pitágoras y asumiendo que el tiempo dentro del tren, t', no es igual al tiempo visto desde fuera, t, se deduce una fórmula muy simple que calcula esa diferencia. Casas lo acompaña con ejemplos aritméticos fáciles que cualquiera puede seguir.
Lo sorprendente es que esto se ha comprobado. En 1977, en el CERN, el Laboratorio Europeo de Física de Partículas de Ginebra, se aceleraron unas partículas llamadas muones hasta el 99,94% de la velocidad de la luz y se vio que vivían treinta veces más que un muon en reposo.
Es decir, si lográramos subirnos a una hipotética nave a esa velocidad, no viviríamos más nosotros, pero al volver a la Tierra descubriríamos que aquí han pasado mil años. El tiempo transcurre más deprisa para el observador del andén que para el pasajero del tren.
En definitiva, tanto la relatividad especial como la general, elaborada después también por Einstein, nos dicen que el tiempo universal es solo una aproximación. Se comporta de forma mucho menos intuitiva cuando nos acercamos a velocidades extremas o a campos gravitatorios intensos, como los de los agujeros negros. Como resume Casas, el ritmo y la duración del tiempo dependen del observador. Viajar al futuro es perfectamente posible y la ciencia ya lo ha comprobado en laboratorio.
La tarea que queda es inmensa. Si la relatividad revolucionó nuestra visión del tiempo como entidad física, aún hay problemas que solo podremos resolver cuando tengamos una teoría de la gravedad cuántica.
Mientras tanto, yo me voy a permitir viajar al futuro con la mente y regresar a la Tierra dentro de unos años. ¿Cuántos? Los suficientes para que esta ola reaccionaria, racista y xenófoba, de crispación continua de la vida pública y de negación de la ciencia, haya pasado y nos deje desarrollar nuestro proyecto vital con un poco más de normalidad.






