El gris del buque de la armada rusa atracado estos días en el puerto de Ceuta esconde muchas historias. Los 162 metros de eslora del Admiral Levchenko y sus poco más de 400 hombres a bordo quedan protegidos por una verja, dos pasos de control y casi una decena de hombres. Su capitán, Vladimir Kondratov, prohíbe la entrada a los curiosos y evita explicar a qué se dedica la embarcación. Las fotografías, como mucho, se toman desde fuera, en “quince minutos”, que resultan diez, y escoltado en todo momento por uno de sus hombres, que sufre con un uniforme impecable pero demasiado abultado para estos territorios y el sol del mediodía. El marino no se queja ni busca la sombra. Disciplinado, sólo se quita el sudor de la frente. Al final, cuando el tiempo se agota, echa al visitante. Luego, llegan las autoridades portuarias. Y es junto a ellas, tras muchas preguntas, agradecimientos de cortesía “por la hospitalidad ceutí” y líos con el traductor, cuando el capitán empieza a contar. “Venimos de luchar contra los piratas de Somalia”, informa. “El conflicto es un problema que esperemos que acabe satisfactoriamente”. Nada más. Vuelta a las felicitaciones. “Un gran puerto”. “Muy seguro”. “Estamos encantados”. “Muy amables”. “Gracias”.
Ya en la ciudad, sus hombres apuran los últimos días en Ceuta. Compras y bromas con las chicas. Tabaco, mucho tabaco. Que es más barato. Y confesiones siempre que se respete el anonimato y no se den detalles. Ni edad ni lugar de residencia.
“No estamos autorizados a hablar y los superiores se podrían enfadar”, explica un joven de las fuerzas especiales de Rusia. Su relato en inglés resulta fluido. Lo aprendió en una academia militar. “Llevamos cinco meses a bordo. Ha sido difícil. Pasamos mucho calor en Somalia. Los piratas atacaban. Nosotros íbamos a defender a los barcos rusos y europeos. Aparecían en pequeñas embarcaciones, pero eran muchos y tenían armas automáticas y cuchillos”.
El tripulante formaba parte de las unidades que tenían enfrentamientos directos con los piratas. El buque atracado en Ceuta cuenta con cinco pequeñas lanchas que a toda velocidad y nada más recibir el aviso salían a “defender” a los “barcos de pescadores y transporte” que habían sido atacados. El joven, armado con un fusil de asalto, iba a bordo de una de las embarcaciones rusas dedicadas a repeler la ofensiva. La misión se desarrollaba en aguas del Golfo de Adén.
“¿Cómo luchábamos? Nosotros tenemos equipos de visión nocturna –señala–. Así que los piratas prefieren atacar a primera hora de la mañana. Íbamos con kaláshnikovs, una arma muy buena. Pero ellos también la tenían. No murió nadie de los nuestros. ¿De los suyos? Sí”.
Con el paso de los meses, los piratas somalíes empezaron a cambiar de estrategia. “Al principio de nuestra misión, ellos luchaban”, indica el miembro de las fuerzas especiales. “Luego, cuando se dieron cuenta de que éramos más fuertes, escapaban. Veían el barco y se asustaban. Ya nos conocían”.
A pesar de los meses de enfrentamientos y persecuciones, el ruso evita criticar a los que hasta hace poco eran su enemigo. “Eran muy pobres”, repite antes de decir que allí, mientras duraba su misión, carecía del apoyo de otros países. “Cuando nos íbamos, ya vinieron varios buques de otros países”. Y se despide no sin antes contar que pronto estará en casa y prometer que, si vuelve a Somalia, irá con cuidado.
Luis Ansorena / CeutaEl gris del buque de la armada rusa atracado estos días en el puerto de Ceuta esconde muchas historias. Los 162 metros de eslora del Admiral Levchenko y sus poco más de 400 hombres a bordo quedan protegidos por una verja, dos pasos de control y casi una decena de hombres. Su capitán, Vladimir Kondratov, prohíbe la entrada a los curiosos y evita explicar a qué se dedica la embarcación. Las fotografías, como mucho, se toman desde fuera, en “quince minutos”, que resultan diez, y escoltado en todo momento por uno de sus hombres, que sufre con un uniforme impecable pero demasiado abultado para estos territorios y el sol del mediodía. El marino no se queja ni busca la sombra. Disciplinado, sólo se quita el sudor de la frente. Al final, cuando el tiempo se agota, echa al visitante. Luego, llegan las autoridades portuarias. Y es junto a ellas, tras muchas preguntas, agradecimientos de cortesía “por la hospitalidad ceutí” y líos con el traductor, cuando el capitán empieza a contar. “Venimos de luchar contra los piratas de Somalia”, informa. “El conflicto es un problema que esperemos que acabe satisfactoriamente”. Nada más. Vuelta a las felicitaciones. “Un gran puerto”. “Muy seguro”. “Estamos encantados”. “Muy amables”. “Gracias”.Ya en la ciudad, sus hombres apuran los últimos días en Ceuta. Compras y bromas con las chicas. Tabaco, mucho tabaco. Que es más barato. Y confesiones siempre que se respete el anonimato y no se den detalles. Ni edad ni lugar de residencia. “No estamos autorizados a hablar y los superiores se podrían enfadar”, explica un joven de las fuerzas especiales de Rusia. Su relato en inglés resulta fluido. Lo aprendió en una academia militar. “Llevamos cinco meses a bordo. Ha sido difícil. Pasamos mucho calor en Somalia. Los piratas atacaban. Nosotros íbamos a defender a los barcos rusos y europeos. Aparecían en pequeñas embarcaciones, pero eran muchos y tenían armas automáticas y cuchillos”.El tripulante formaba parte de las unidades que tenían enfrentamientos directos con los piratas. El buque atracado en Ceuta cuenta con cinco pequeñas lanchas que a toda velocidad y nada más recibir el aviso salían a “defender” a los “barcos de pescadores y transporte” que habían sido atacados. El joven, armado con un fusil de asalto, iba a bordo de una de las embarcaciones rusas dedicadas a repeler la ofensiva. La misión se desarrollaba en aguas del Golfo de Adén.“¿Cómo luchábamos? Nosotros tenemos equipos de visión nocturna –señala–. Así que los piratas prefieren atacar a primera hora de la mañana. Íbamos con kaláshnikovs, una arma muy buena. Pero ellos también la tenían. No murió nadie de los nuestros. ¿De los suyos? Sí”.Con el paso de los meses, los piratas somalíes empezaron a cambiar de estrategia. “Al principio de nuestra misión, ellos luchaban”, indica el miembro de las fuerzas especiales. “Luego, cuando se dieron cuenta de que éramos más fuertes, escapaban. Veían el barco y se asustaban. Ya nos conocían”.A pesar de los meses de enfrentamientos y persecuciones, el ruso evita criticar a los que hasta hace poco eran su enemigo. “Eran muy pobres”, repite antes de decir que allí, mientras duraba su misión, carecía del apoyo de otros países. “Cuando nos íbamos, ya vinieron varios buques de otros países”. Y se despide no sin antes contar que pronto estará en casa y prometer que, si vuelve a Somalia, irá con cuidado.








