Nuevamente el fenómeno terrorista ha golpeado sin ninguna compasión en un país como Turquía. Los asesinos bañaron de sangre el aeropuerto de Estambul.
Es una guerra no declarada, donde de un lado está el mundo libre y, del otro, los asesinos, quienes utilizan el terror para obligar a abrazar su mala praxis. Como bien decía el mismo presidente Vivas a los medios de comunicación, después del minuto de silencio que se realizó por parte de las instituciones ceutíes frente a la fachada del Palacio de la Asamblea, nadie está exento de padecer este terror. En los últimos años lo mismo ha golpeado en España, en el Reino Unido, en París, en Bruselas o en Estados Unidos.
Los países libres tienen la obligación de demostrar una unidad aún mayor frente a estos terroristas, quienes no tienen el mínimo reparo en despreciar la vida de los demás. Los caminos para derrotarles entran dentro del funcionamiento de las normas democráticas, de no permitirles adoctrinar a los más pequeños, de robarles ese protagonismo y las posibilidades de surtirse de elementos que se han radicalizado en nuestros propios países.
Ceuta, como buen ejemplo, de una ciudad de respeto entre diferentes culturas y credos, volvió a dar una lección con ese minuto de silencio que se realizó ante la fachada del Palacio de la Asamblea.
Por cierto, ojalá que no fuera necesario volver a convocar una concentración, pero la realidad es mucho más tozuda y queda mucho camino aún para lograr la victoria. Pero la única fórmula es la perseverancia, la repetición de esa unidad por la que venimos clamando y una mayor convicción en nuestro principos.





