Categorías: Opinión

Una vez más

Contra el pronóstico de la mayor parte de los sabidos como especialistas de este país, el Real Madrid sumó el pasado sábado un despropósito más frente a un Barcelona, en sus palabras, “agotado”. Tan agotado que después de ganar la Supercopa de España y la Supercopa de Europa sin una preparación óptima, ha conseguido reducir la halagada potencia blanca al mero rasguño de Karim Benzema, en realidad extraño demérito de Valdés, que pareció olvidar cómo se rompe la presión sobre la salida de balón que tanto ha de padecer en contra; pequeño lapsus que subsanó durante el resto del partido.
Al “imparable” Cristiano Ronaldo de nada le valió su flamante récord de goles de la liga española ni las alabanzas previas por la explosión de su solidaridad dentro del campo, pues, como siempre, quedó cegado por los mastodónticos focos que iluminaron el encuentro más importante de España a estas alturas de la temporada. El segundo elegido por Íker Casillas para hacerse con el Balón de Oro, por delante de Leo Messi, un tal Mesut Özil, ni apareció, a imagen y semejanza de su compañero la estrella (por lo pagado por él, no por su impacto en el juego) portuguesa Fábio Coentrão. Y qué decir de la “infranqueable” defensa blanca, que Andrés Iniesta sorteó como si estuviera compuesta por conos tras el 1-3. El inalterable escuadrón comandado por el mejor entrenador del mundo para los madridistas se dispersó en diminutos grupos de guerrilleros que parecían ignorar dónde estaban de pie, cuáles eran sus objetivos y por quiénes lo hacían. El Real Madrid no fue ni siquiera un rival menor.
Una vez más se ha impuesto la mesurada reivindicación azulgrana. Las habladurías de los últimos días no han sido más que otro puñado de dudas injustificadas sobre los culés que caducaron a la hora de la verdad, como las que vivimos el año pasado y han intentado hacernos creer este, primero durante la pretemporada, después con el rendimiento de Leo Messi y finalmente con la exaltación de la teórica superioridad del juego del Real Madrid. Sin embargo, por más que los ha habido, ningún desprecio pudo arrancar una respuesta por parte de un entorno culé cuya imagen, si bien se retrató excelente en los días anteriores del partido, quedó deflagrada con las desafortunadas palabras de Sandro Rosell, de los pocos que sobran en el Barcelona.
Pero eso ya es pasado, ahora toca mirar hacia delante. Mientras que el Real Madrid tiene que luchar contra su depresión anímica y la lógica tensión dentro de un vestuario heterogéneo, por utilizar algún eufemismo, el Barça fortalece su confianza de cara al Mundial de Clubes por el que pugna en este momento. Quién iba a decirnos hace una semana que el supuesto malestar cambiaría de bando y que el Barcelona estaría buscando su tercer título de la temporada, el primer triplete posible, con fuerzas renovadas. La misma historia de siempre.

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