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Una parábola

Por Redacción
27/11/2011 - 09:19

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Me lo ha contado “El Flores”, que es como llaman sus compañeros a Antonio, uno de los iconos de Loewe convertido en excelente programador cultural y pastor Fido durante los fines de semana. Pues bien, Antonio relataba hace días algo que puede parecer una de esas “leyendas urbanas”, que corren de aquí para allá, sin geografía ni tiempo fijos, y a las que el pueblo convierte en su propia épica, esperando el juglar de turno que las transmita para que los demás saquemos  moraleja o enseñanza. Esta que hoy traigo es casi una parábola.
El protagonista es el joven propietario de un bar, tipo tasca, en uno de los pueblos cercanos a Sevilla. Es una bodeguita de banquetas y mesas de maderas rancias, que el dueño quiso darle cierto tono de modernidad y transformarla en una cafetería de acero inoxidable. Para ese cambio contaba con unos ahorrillos, pero precisaba ayuda bancaria; algo así como millón y medio de las antiguas pesetas. Una minucia. El camino era el acostumbrado: visitar las oficinas del lugar y solicitar el correspondiente préstamo. La respuesta fue siempre la misma: naranja de la china.  Sólo en una de las sucursales se encontró con un director , joven como él, que tramitó lo solicitado, prometiéndole avalarlo y resolver lo antes posible.
Y ocurrió, entonces, lo que denominaríamos como “momento mágico”. El lotero de siempre entra en la taberna, vende aquel viernes los tres últimos cupones, quedándose  con uno de ellos nuestro hombre. Y salió. Aquella noche salió, coincidiendo, también, que el número de la serie lo llevaba el tabernero. De este modo, el que semanas atrás mendigaba ayuda, no podía creer la lluvia de millones que San Judas Tadeo le echaba encima, no para rehabilitar su negocio, sino hasta para abrir una cadena de bares por todo el Guadalquivir.
La avaricia de los banqueros (mejor, de sus acólitos locales) no se demoró. El acoso de los que le habían negado aquellos tres mil euros se hizo ahora impudoroso y hasta obsceno. Pretendieron agobiarlo con chalets en la playa, en la sierra; viajes al Caribe y a Disneylandia; y, por supuesto, automóviles alemanes o japoneses. La carnaza de siempre. Son fieles herederos del otro Judas.
¿Qué decisión tomó nuestro amigo?. Sencillamente los reunió a todos, incluido el que se había aventurado a concederle el préstamo, y dejó que entre ellos se comieran vivos, elevando las ofertas hasta límites insospechados. Sólo se mantuvo en silencio  y como acomplejado, aquel alma caritativa que le dio el préstamo y que, cuando habló, nada más  puso sobre la mesa lo que suelen darle a cualquier impositor a plazo fijo: es decir, un fin de semana en Chiclana o Punta Umbría ; par de bicicletas para los más pequeños de la familia y la vajilla de La Cartuja, empresa que ahora está pasando horas muy malas y sus obreros no llegan a fin de mes… Fue entonces cuando el tabernero decidió dar por terminada lo que le pareció una rifa que se salía de madre, optando por confiarle los milloncejos a aquel que le tendió la mano, cuando los otros se las metían en los bolsillos. Educadamente les dio las gracias a los portadores de aquel cuerno de la abundancia, pero remató con un sonoro : “¡y ahora, iros  a tomar por culo, so ladrones !”.
¿Ha  sido todo esto una historia con visos de realidad?… ¡qué más da !. Lo que importa es que pudo ser verdad, por eso rompimos en aplausos cuando “El Flores” concluyó con ese final rotundo y hasta catártico, digno de un monólogo de Shakespeare. Y es que somos tantos los que soñamos alguna vez con mandar al carajo a quienes se embadurnan de hipocresía, que “quien me la contó me dijo que era tan cierta y verdadera, que podía bien, cuando lo contase a otro, afirmar y jurar que lo había visto todo”. La historia, pues, está acabada.Y, como Sancho, agregué: Tan acabada como mi madre .

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