El 5 de septiembre pasó ayer sin pena ni gloria para la amplia mayoría de los ceutíes. Es un día, sin embargo, que las autoridades deberían encargarse de perpetuar su significado. Ese día de 1936, en los albores de la Guerra Civil, se fusilaba a su alcalde republicano, Antonio López Sánchez Prado, una figura aún muy venerada 76 años después de su muerte. Su tumba en el cementerio de Santa Catalina siempre está florida y raro es el día que alguien no deja un ramillete frente a su estatua de la Gran Vía.
Y deberían ser las autoridades, en este caso comandadas por la Ciudad Autónoma, las que tienen que contribuir a que ese trágico aniversario nunca se olvide y que nuestros hijos sepan qué significó aquel asesinato. No en vano fue el alcalde al que le tocó gobernar en el peor momento de la historia contemporánea española.
Sánchez Prado fue un modelo para muchos. Médico antes que político, su detención y posterior ajusticiamiento causó conmoción en una sociedad ceutí trastornada por la guerra y para quien esta figura representaba la esencia de la democracia.
Es una pena que fechas como ésta terminen pasando desapercibidas para la ciudadanía y solo unos pocos las recuerden. Y las instituciones deberían precisamente perpetuar ese recuerdo.
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