Carlos Avellaneda, guardia civil ceutí, participó en el rescate de la única superviviente al alud de piedras que tuvo lugar en Cuevas de Almanzora
Ocurrió hace más de diez días pero Carlos Avellaneda, guardia civil ceutí, no consigue borrar de su memoria el semblante cada vez más amoratado de la mujer. Lo llaman el síndrome del aplastamiento. Pocos minutos antes se había producido un alud de rocas que segó las vidas de los otros tres miembros de su familia, marido y dos hijos. Ocurrió en la localidad de Cuevas de la Almanzora (Almería), de madrugada, y la madre aún podrá contarlo.
Y todo debido a la actuación de Carlos Avellaneda, vecino ceutí de Puertas del Campo y guardia civil en Almería desde hace cinco años. “Lo habría hecho cualquiera”, insiste humilde sin reparar quizá en la posibilidad de que haya los que alegarían alergia al polvo con tal de no introducirse en un habitáculo al que solo podía accederse reptando. Y con amenazas de más desprendimientos sobre la cabeza.
La escena era dantesca. Los vecinos hablaban de varias personas atrapadas en aquella escombrera que antes había sido típicas viviendas de cuevas. La pareja de la Benemérita hasta allí desplazada intentaba atender en medio del caos. Encendieron las linternas, a cuya luz respondió un grito procedente del fondo de la desesperación. Había vida. “La mujer parecía un fósil cuando la encontramos. Quizá sea por el material arcilloso de las cuevas, pero estaba como incrustada, sepultada hasta la cintura. Se asfixiaba por el polvo y acabó perdiendo el conocimiento”, relató.
Luego le contaron que eran los síntomas propios del síndrome del aplastamiento, que la liberación de toxinas del organismo provoca unos efectos parecidos a la ingesta de veneno. El rescate duró tres horas, desde las 6:00 hasta las 9:00. “Los médicos nos dijeron que de haber tardado 15 minutos más la mujer habría fallecido”.
La tragedia comenzó de noche con un estruendo. Pero la mañana trajo consigo otro ruido, menos oscuro y difunto esta vez. “Estaba cansadísimo, algo aturdido, pero recuerdo que salimos ya de día. Y que la gente aplaudía”. El ruido de una gran salva de aplausos era el presagio de un final feliz. “Fui a visitarla, pero estaba en la UCI y no pude verla”. La sobreviviente pasó el viernes a planta y seguro que también querrá contarlo.
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