No hubo sorpresa. Las previsiones volvieron a cumplirse y la joven e improvisada selección de EEUU se hizo con el Mundial de España con una facilidad abrumadora. Pese a mostrar serias carencias en el juego estático, ningún otro equipo supo aprovechar esta debilidad y los norteamericanos no tuvieron problema alguno para triturar a sus rivales. El sorprendente campeonato de Kenneth Faried no fue suficiente para
conseguir ser el mejor jugador del torneo, galardón que fue parar a Kyrie Irving, quien a sus 22 años puede presumir de un título individual sobresaliente que sumar al reconocimiento como novato del año (2012), su inclusión en el primer quinteto de los novatos (2012), su victoria en el concurso de triples del ‘All-Star’ (2013), el ‘MVP’ del partido entre novatos y jugadores de segundo año (2012), y el ‘MVP’ del ‘All Star’ (2013), habiendo estado presente en dos partidos de las estrellas consecutivos (2013 y 2014), todo ello en tres temporadas como profesional.
A un lado de la brillantez yanqui queda el ridículo espantoso de la selección española. La derrota contra una Francia sin su mayor y casi única estrella, Tony Parker, ha supuesto uno de los golpes más duros en la historia del deporte español. La superioridad española era tan amplia en casi todos los sentidos que nadie se podía imaginar que un equipo en el que apenas se libran de la quema Nicolas Batum y Boris Diaw pudiera acabar venciendo. Pero así ocurrió.
Francamente, no creo que toda la culpa sea del entrenador, Juan Antonio Orenga, ni siquiera una parte amplia de la misma. Por supuesto, podría haber hecho más en lugar de aplaudir los puntos de su equipo y enfadarse con las anotaciones rivales. Tal vez el partido hubiera necesitado intervenciones más constantes por su parte para alentar a uno de los peores jugadores del partido y fundamentales en este equipo, Marc Gasol, y en caso de no obtener la reacción introducir un recambio urgentemente. Nadie duda de la calidad de Marc, pero al no encontrarse en condiciones óptimas para jugar por las circunstancias que fueran su contribución era aún más negativa que la de otro jugador de menor nivel. Esto no ocurrió sino que, además, Orenga apenas se dignó a interrumpir el partido para ofrecer instrucciones, lo cual es lógico conociendo las severas limitaciones estratégicas del novel técnico. En un choque con un tanteo tan bajo las malas decisiones suelen pagarse con contundencia: así fue.
Sin embargo, más preocupante me pareció la apatía de todos los jugadores, excepto Pau Gasol, durante el encuentro. Se puede entender que uno, dos o incluso tres jugadores puedan estar perjudicados por una caída en picado de su energía, pero no es normal que ocurriera de una manera tan aguda. Cuando se juega contra un rival tan inferior los encuentros comienzan a ser más responsabilidad de los que salen a la pista que de los que dirigen el equipo. Quizá les afectara sobremanera la obsesión del enfrentamiento contra Estados Unidos en una hipotética final, la cual se veía tan cercana que los demás partidos se habían llegado a asumir como meros trámites, tanto desde dentro como desde fuera de la selección, pese a las declaraciones de rigor. O quizá sean las dudosas prácticas de la mayor parte de estos chicos las que han perjudicado su rendimiento ahora que no tienen la edad de antaño. La pobre asistencia de tan solo dos jugadores (Serge Ibaka y Víctor Claver) al entrenamiento voluntario previo al duelo contra Francia, los rumoreados jaleos hasta las tantas en los hoteles o el excesivo tiempo de recreo, entre otras cosas, también pueden haber contribuido a la desconcentración existente en el seno del equipo.
Evidentemente no han faltado los que han querido justificar estos hechos mediante la supuesta necesidad de construir un “buen rollo” ineludible para que el rendimiento de las estrellas españolas fuera tan alto como siempre. Temo que esto es una tontería ya que dichas estrellas han jugado o juegan para franquicias NBA, en las cuales la inflexibilidad es casi tan alta como la exigencia deportiva. Además, el Mundial apenas duraba un puñado de días y la NBA meses, por lo que el tiempo tampoco respalda la teoría del “buen rollo”.
Si España quiere aprovechar los últimos años de sus estrellas, creo que la federación debería dejarse de plegarse ante estas y elegir un entrenador con las capacidades y la seriedad necesaria para controlar todos los aspectos de este equipo, tanto en la pista como fuera de ella, sin que ninguno de los jugadores pueda poner ni tan siquiera un pero. Los deportistas de élites se tienen que preocupar de cumplir las órdenes de su cuerpo técnico, incluso cuando no están de acuerdo con ellas. Todo lo demás me parece ciertamente impresentable.





