La Unión Europea se expande. El próximo 1 de julio Croacia se convertirá en su Estado miembro número 28. Tendrá lugar entonces la octava ampliación de la historia comunitaria. La primera de ellas se produjo en 1973, cuando los miembros fundadores abrieron la puerta al Reino Unido, a Irlanda y a Dinamarca. La última ampliación data de 2007, cuando Bulgaria y Rumanía se sumaron a la UE-25. Ocho países más podrían pasar a formar parte de la Unión en los años venideros. Turquía, Macedonia, Islandia, Montenegro y Serbia son ya candidatos oficiales al ingreso. Albania, Bosnia-Herzegovina y Kosovo son, de momento, candidatos potenciales. A su vez, países como Ucrania, Georgia, Moldavia o Armenia podrían, ¿porqué no?, ensanchar la lista de candidatos en unos años.
Lo cierto es que, desde que se firmara el Tratado de Roma en 1957, las fronteras de la Unión Europea han ido encadenando múltiples cambios de trazado. Si el doble zarandeo geoeconómico y geopolítico que experimenta en la actualidad no lo impide, es casi seguro que la UE seguirá sumando territorio y población. Habrá, es más que presumible, nuevas rondas de ampliación. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Sobre qué punto deben fijarse los límites de la Unión? ¿Deben fijarse? ¿Ante qué fronteras debe detenerse el ensanche? ¿Cómo deben ser dichas fronteras? Y, no menos importante, ¿qué dialéctica política debe primar a través de las mismas?
Pierre Verluise, director de Diploweb.com, trata de responder a estas preguntas en su último libro: Géopolitique des frontières européennes. Élargir, jusqu’ou? La obra pivota en torno a tres ejes. En el primero, Verluise examina las coordenadas geopolíticas y socioeconómicas básicas de los países candidatos. El caso de Turquía, cuya entrada le convertiría en el segundo país más poblado de la Unión Europea detrás de Alemania, resulta merecedor de atención especial. Asimismo, el autor realiza un crítico (y a ratos ácido) balance de los dos primeros años de rodaje del Servicio Europeo de Acción Exterior y del papel desempeñado por quien lo comanda: la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Ashton.
El segundo de los ejes está dedicado a la dimensión oriental de la dinámica fronteriza de la UE. Aquí, Verluise se ocupa, sobretodo, de analizar el marco en el que discurren las relaciones entre la UE y Rusia. Y dedica también algunas páginas a explorar el rol geoestratégico clave que la antigua república soviética de Ucrania juega en la actualidad. Y, finalmente, en el tercer eje, el autor dirige la mirada hacia las fronteras meridionales de la Unión. Ésta, la última sección del libro, resultará, casi con toda probabilidad, la sección de mayor interés para el lector norteafricano. Por un doble motivo.
Es aquí donde encontramos, por un lado, un repaso a la hasta el momento un tanto errática andadura de la Unión por el Mediterráneo: propuesta original de Unión Mediterránea por parte de Sarkozy durante la campaña electoral francesa en 2007; mezcolanza del proyecto inicial con el Proceso de Barcelona a instancias de los miembros no mediterráneos de la UE; pomposa cumbre de lanzamiento en París en 2008; freno debido al impacto de la operación Plomo Fundido en la franja de Gaza; dificultades de financiación; ralentización del proceso; impacto e incertidumbre geopolítica en el Mediterráneo tras la Primavera Árabe, etcétera.
Por otro lado, es también en esta última sección donde Verluise analiza el Estatuto Avanzado del que goza el Reino de Marruecos, desde el año 2008, en el marco de sus relaciones con la Unión Europea. El autor recuerda aquí, por ejemplo, que Marruecos es el principal país beneficiario del Instrumento Europeo de Vecindad y Asociación (1.234,50 millones de euros).
Ante la lectura de esta última sección, y, claro está, frente a un libro cuyo título se interroga sobre el límite de las ampliaciones de la UE, una pregunta resulta inevitable: ¿podría Marruecos convertirse algún día en miembro de la Unión Europea?





