En una temprana mañana de primavera, adversa por los diversos cambios de la climatología de vientos en distintas direcciones, a nivel de arrollamiento huracanado, cuando me disponía a abrir el balcón de mi despacho y ofrecerle el día al Dios de la vida y del amor para darle gracias por el nuevo día que acababa de regalarme. Así mismo a la Inmaculada Virgen Santísima, y a su vez, que intercediera por este pecador. Y aquí continúo sin demora algunos años de escribanía, con el gozo del rezo de mis oraciones y algún salmo que otro. Y a tal motivo afloró en mi corazón: el transmitir en estos tiempos de incertidumbre por la codicia y la lujuria del “pecado” a los jóvenes y menos jóvenes, de este mundo que se nos va de las manos.
Mis queridos amigos: abramos las puertas a la luz del Espíritu Santo de nuestra alma y del corazón. ¡Animémonos todos! La mitad de nosotros tenemos una edad avanzada: la vejez (me gusta decirlo así), la sede de la sabiduría de la vida. Los mayores, tenemos la virtud de haber caminado en la vida como el anciano Simeón y la anciana Ana, en el templo y justamente esta sabiduría les ha hecho conocer a Jesús ¡oh! me enorgullece. Por tanto, ofrezcamos esta sabiduría a los jóvenes: como el vino bueno que mejora con los años. Así mismo ofrezcamos esta sabiduría de la vida. Me viene a la mente y al corazón aquello que decía un poeta alemán sobre la vejez: es el tiempo de la tranquilidad y de la Plegaria y también de brindar esta sabiduría a los jóvenes y el recuerdo del sacramento de la confesión para recibir la comunión, puesto que la Plegaria es suplicante a la Divina Gracia para conseguir un favor de Dios, y así, cuando el Alma está sin pecado ¡un día! contemplaremos el rostro bellísimo de Cristo resucitado, junto a la reina de los cielos, nuestra madre María Santísima.
Y en defensa de nuestra Fe y del apostolado de la opinión pública os invito a la llamada de la multiplicación de los talentos asignados con arreglo a nuestra capacidad y celo por el amor a la creación.





