No. No puede ser. Todos hemos escuchado la historia de Milagros que es la historia de una familia de Ceuta que alza la voz, que grita desesperada para que las autoridades competentes de esta ciudad hagan caso e intervengan trasladando a su hija, autista, a un colegio con adaptaciones reales.
No. No puede ser que una madre tenga que convocar a los medios de comunicación harta, cansada, buscando quizás la última oportunidad para que se le haga caso, para que sean atendidas las necesidades de su niña, Miranda.
Estamos en Ceuta, una ciudad pequeña en donde los problemas deberían ser solucionados de forma fácil, sencilla, tirando de teléfono, buscando sortear las adversidades. Pero no. Parece que el deporte local es levantar muros.
Todas las que somos madres daríamos la vida por nuestros hijos. Sufrimos con sus penalidades, nos rompemos cuando algo les sucede. Somos felices si ellos también lo son. Las madres dejamos de tener nuestra vida propia para vivirla por siempre compartida.
Milagros solo reclama la educación que su hija merece en un colegio adaptado a su propia situación. Cuántas veces hemos hablado de esto, cuántas veces se ha denunciado que no podemos seguir así, que Ceuta no puede permanecer por más tiempo con unos recursos escasos incapaces de solventar las necesidades especiales de tantos niños que requieren esa atención.
Nuestros hijos forman parte de lo más sagrado. Si no los cuidamos, si no los protegemos, ¿qué tipo de sociedad somos? No hay inversión más necesaria, más importante y más urgente que disponer de instalaciones suficientes, adecuadas y con recursos para que Milagros no tenga que alzar la voz por su hija, para que esa niña se eduque en un entorno adecuado, en el que pueda progresar, en el que pueda sentirse segura.
Ceuta no se puede permitir el lujo de que hoy haya familias destrozadas porque no se dispone de medios básicos y necesarios. Milagros pone voz y rostro a lo que está pasando.
Buscamos turismo y no somos capaces de cuidar a nuestros propios ciudadanos. Buscamos inversiones y no somos capaces de tener garantizados los recursos mínimos. Hablamos de futuro sin tener asegurado el presente. Somos un auténtico fracaso social mientras haya niñas como Miranda que no pueden tener un espacio protegido. Somos un fracaso en una sociedad excluyente, en una sociedad que discrimina, en una sociedad que permite esa imagen de Milagros, madre, luchadora por su hija, por su tesoro, que comparece rota ante la prensa porque no le queda otra, porque ya ha golpeado a todas las puertas, porque no puede más.
Yo no quiero una ciudad en la que haya personas rotas porque las administraciones no toman decisiones urgentes, no se preocupan por lo que deben, no atienden lo más básico antes de empezar a soñar.
Milagros nos ha dado una lección, nos ha mostrado con toda la naturalidad del mundo lo que está pasando. Hoy es ella, pero hay muchas más familias destrozadas, sin medios, sin atenciones. Esto no lo podemos permitir. Si no hay solución urgente habremos topado con una de las mayores vergüenzas consentidas y permitidas.
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