Tiempos de los bazares: "El arte de vender"

Tras los resonados éxitos de los tiempos de gloria y esplendor así como de transistores chiquititos, traigo la tercera parte y quizá la última, habida cuenta que a partir de los noventa ya no eran bazares o almacenes, era la palabra comercial para terminar con la definición, punto de venta.

Y por tanto todo aquello perdió su encanto, el paraguayo se fue extinguiendo y fueron apareciendo clientes entendidos en la materia con la descarga por internet del catálogo y la coletilla lo compro fuera o si se puede financiar sin intereses.

La tercera parte la puedo definir en unas cuantas historias, yo iba creciendo ya no era yo el niño que escuchaba en el mostrador y ayudaba en una esquina vendiendo mecheros, ya sentí el desamor de la adolescencia y no sabía cómo enjugar aquel sufrimiento, si yendo al Britannia a bailar que era una discoteca nueva, o buscarme equipo de fútbol para olvidar los amores corriendo por la playa y entrenando con el Carmelitas.

Las canciones que bailaba en la mazmorra, las colonias que me iba comprando y pasarme horas viendo películas de vídeo que se cambiaban a diario en los video-clubs de moda.

Aquellos mediados de los ochenta, ya sabía uno manejar el cotarro y sabía defenderse en el mostrador, pero ya pensaba en más allá de la puerta de la tienda y aun así me daba tiempo para echar mis pinitos escuchando a los maestros de la radio, compañeros que aprendí con los años o aquellas plumas que dejaban su lienzo contando los lunes como había quedado el Ceuta.

En los ochenta aparece como un huracán en el bazar, el vídeo y ese furor mi padre lo veía como de tienda grande de mucho ocupar almacén y el precio de cada aparato que eran las cien mil pesetas de la época, 600 euros de hoy día, mi padre decía niño nosotros vamos a vender las cintas de video VHS, de dos, tres y cuatro horas, y veíamos por la calle a los paraguayos, a los caballas con el video de turno a cuestas por la calle Real.

Y nosotros ya decíamos la frase: “Queridos Reyes Magos, este año queremos un vídeo”, y mi padre nos dijo lo tendremos.

Apareció un reloj que no lo tenía ni el mismísimo James Bond, un reloj con radio, el pinganillo era como las personas mayores que tenían audífonos y se sentaban a las fresquitas, el reloj mi padre decía: salga usted a la puerta mejor para sintonizar alguna emisora y de paso los transeúntes se quedaban mirando como una persona llevaba un pinganillo color beige al oído buscando una emisora que sería "Radio Perla” a buen seguro.

Con la llegada del famoso reloj, llegaron los roces con las tiendas colindantes, el precio de salida eran 3.250 pesetas, a lo que de repente los paraguayos le decían a mi padre que el comercio de al lado los ofrecía a 2.700 pesetas, cuando mi padre pensó pues nosotros igual, una clienta nos soltó con esa forma coloquial de regateo, y “aquí al lado 2.500 pesetas“, mi padre ya empezó a mosquearse y me dijo, el reloj lo vamos a tener y seguir vendiendo pero mejor nos concentramos en los relojes de calidad y eso traerá clientes de calidad.

No teníamos bastante con el reloj con radio que nos llegó el “bolígrafo reloj“, el citado modelo era marca la pava porque no tenía marca, su precio de salida eran trescientas pesetas, que fueron bajando hasta las 250 pesetas y mi padre sufría de lo lindo cuando me veía explicarles a los clientes el funcionamiento y al final viendo la tienda llena de paraguayos y que se podía escapar alguna venta grande, decía: “Señora la explicación del chico vale más que el bolígrafo…”.

Los bolígrafos reloj tenían más fallos que una escopeta de cañas y muchos comerciantes agobiados por la cantidad que almacenaban en la estantería pusieron en el escaparate el cartel de “bolígrafos reloj a 200 pesetas y el reloj no funciona“.

Y de aquellos años noventa el mejor aparato que llegó al mercado fue el Walkman, un invento de Sony pero que la tienda donde estaba mi padre llegó en la marca de Sharp y Sanyo, llegó un walkman blanco como la nieve con unos auriculares increíbles y una potencia descomunal, mi padre no quería que lo molestaran cuando hacía la caja y con la puerta cerrada y la cortina echada, para que no vieran de contar el dinero, porque eso de pagar con tarjeta ni en los sueños, cogía yo una cinta de cromo con la canción “Thriller, de Michael Jackson“, aquello era la locura en mis oídos y se quedaba un tan embelesado que un día mi padre me tiró una calculadora porque decía: “Niño escúchame que te estoy llamando “, para decirme después se acabó la música a toda marcha, porque igual me desmayo y tu ahí con los cascos a tope.

El pájaro quería volar, quería abandonar el nido así que a mediados de los ochenta me fui a vivir a Madrid, seguí en el bazar en lo que se llamaba “decomisos” en vez de bazar, a sentir sabañones detrás de las orejas, hacer gestiones con autobuses y metros a punta pala y esperar el momento oportuno para hacer la mili.

Antes de licenciarme ya empezaba a "coger las muestras” y comenzar de representante por los bazares, papelerías, estancos y kioscos porque había que reinventarse y como decía mi padre, “no quiero un vago sentado viendo la tele” y que me diga dame dinero para un paquete de tabaco.

Me llegaron los amores, los que se dice en la vida que cuando menos te lo esperas lo que está para uno está, aunque tarde años, y volví a decirle a mi padre papá me voy a vivir mi vida porque vamos a ser uno o una más que será tu nieto o tu nieta.

Entré a trabajar en una gran empresa y unos grandísimos compañeros y profesionales, mi padre emocionado me decía, “hijo espabila porque en esa empresa, hay leones en el mostrador, gente que defenderá el pan suyo” y vaya si tuve que aprender el negocio, el arte de vender, porque allí nos dijeron al entrar, estamos juntos más tiempo aquí que con nuestras familias y tenemos un sello de distinción con nuestra clientela que vuelve a la tienda, aunque pasen años.

En cuanto cogí la onda, el rodaje y memorizaba los cinco mil artículos que había me fui haciendo un bicho en el mostrador, me enseñaron los veteranos como había que entrar en el mostrador porque los gorditos no cabían y me decían si te portas bien, luego a final de año hay “aguinaldo” y vaya si los hubo porque bien demostrado que aquel lugar era una familia.

Los empleados veteranos, eran el sello de la empresa porque los clientes que volvían al año los veían amables y considerados, y las compras eran enormes, tanto que al ser más joven me decían que les echase una mano porque la compra era gorda.

Los detalles de aquellos grandes vendedores que no eran despachadores, me decían niño trae un tinto con tapa y tomate lo que quieras, con el tiempo yo aprendí a ser elegante e invitar a quien me ayudaba también, y por supuesto a cambiarnos y prestarnos películas de vídeo.

Los vales eran las comisiones semanales, te daban una tabla de puntos y los que “ menos daban “ era lo que más se vendía, las cámaras de video, los videos y los equipos de música grandes, los relojes tenían premio aparte de mil pesetas más de beneficio en los que eran relojes de calidad, los bichos los que eran fieras vendiendo en el mostrador y que tenían la garantía que sabían vender, explicar, montar y dominar la venta , cosa que aprendí yo en los ratos que no había negocio en probar las cámaras de vídeo, los ordenadores, los vídeos, los fieras que he definido esos ganaban a la semana, treinta mil pesetas en vales, eran 120.000 pesetas un dineral que superaba la nómina de cualquier trabajador.

Me fui especializando en los video juegos Sega, Super Nintendo, porque los Family Computer se vendían solos y los chavales iban preguntando por mí porque yo tenía clasificados todos los cartuchos, los escondía detrás de los relojes de mesa de adorno, los empleados veteranos se reían y decían este esconde la manteca detrás de los relojes y como nosotros no entendemos, este saca puntos también por los cartuchos.

Con el tiempo fueron entrando más compañeros jóvenes, savia nueva y eso hizo una sana rivalidad entre los veteranos y los jóvenes, los veteranos sabían el latín en el mostrador y eran la marca empresa, por tanto los clientes los llamaban por su nombre y confiaban en su palabra para comprar un ordenador al hijo, al nieto y luego estábamos los jóvenes que sabíamos montar el ordenador, el video juego o los nombres de los accesorios, aquello era un pique que nos hacía a los jóvenes tener unas risas de varios minutos aderezado con el pique del otro veterano que decía : “ van a salir volando los artistas del aparato, y todavía no lo ha enchufado a la tele “.

Con la frase que empezamos a escuchar después de la Guerra del Golfo, hay que reducir personal y que sobran dos o tres personas, nos fueron ubicando en las sucursales, el almacén y otras tiendas que se iban a abrir, aquello nos hizo despedirnos emocionados porque los veteranos nos tenían como sus hijos y nosotros a ellos como nuestros padres, ya nada sería igual porque tanta tecnología y tanto cumplimiento por ordenador, hizo perder el encanto del jefe con la cercanía de sus empleados, eso de hacer escaparate y luego el jefe invitarnos a comer por todo lo alto en la terraza o restaurante de turno no tenía precio.

Desde aquí mi recuerdo emocionado a los buenos tiempos vividos en el bazar y finalizo con una frase que tenía su guasa y su miga y era cuando mi padre, escuchaba un ruido y que se había roto algo y decía, “ toma ya, negocio bueno manda dinero “.

El negocio mandaba dinero y los buenos momentos nos hacían reírnos cuando rellenábamos las estanterías por las noches al cerrar la tienda, pero algo se nos rompía en el corazón cuando aquellos maestros del arte de vender se jubilaban y nos íbamos quedando al pie del mostrador y nos faltaban ellos.

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