El discurrir -lento o rápido- del tiempo nos debería enseñar a leer la vida con nuevos ojos, a administrarlo con responsabilidad y a disfrutarlo con libertad. La experiencia nos confirma que, sin advertirlo, lo despilfarramos de manera, a veces, inconsciente. En estos momentos en los que presumimos de libertades, en mi opinión nos vamos haciendo cada vez más obedientes a la influencia sutil de la publicidad, a esa fuerza poderosa que se apodera de nuestros sentimientos y nos impide reflexionar sobre el curso de nuestra existencia. Me permito –amigas y amigos- animaros a pensar y a vivir cada segundo con detenimiento, con fruición y con complacencia.
En esta obra Jenny Odell nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del tiempo y a indagar en las raíces sociales y materiales que sustentan la idea de que el tiempo es dinero. Responde de manera clara, detallada y exhaustiva a cuatro cuestiones fundamentales: ¿Quién tiene capacidad de comprar el tiempo de quién? ¿Cuánto vale el tiempo de una persona? ¿Quién se ve en la obligación de ajustar sus horarios a los de otro? ¿Por qué el tiempo de alguien se considera como algo disponible? Las detalladas respuestas y los sutiles análisis de estas preguntas parten del supuesto de que la valoración de tiempo –que no es una cuestión individual sino cultural e histórica- ha de evitar la concepción del ocio simplemente como una forma de descanso corporal o de recreo espiritual para proporcionar nuevas fuerzas para trabajar de nuevo. Odell muestra y demuestra que la productividad no es –no debe ser- la medida absoluta del sentido del tiempo ni de su valor.
En mi opinión, su explicación de que la manera de recorrer el tiempo –de vivir la vida- depende en gran medida de cada uno de nosotros imprimiendo mayor o menor velocidad, aligerando o moderando el ritmo y acortando o alargando cada uno de los momentos, puede –debe- mejorar la cantidad y la calidad de nuestras vidas. Esta obra –clara, oportuna y necesaria- nos demuestra cómo el trabajo y el dinero debería proporcionarnos otros valores más importantes y más necesarios. Por eso la primera conclusión es que no deberíamos permitirnos perder el tiempo y, sobre todo, que sean otros los que nos hagan perderlo. Y es que, a veces, los relojes y los calendarios nos despistan y nos engañan porque no nos informan sobre sus contenidos ni calculan la anchura, la altura y la profundidad de cada instante.
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