Después de más de una semana deambulando por las calles de Ciudad de México tocaba visitar lugares mas tranquilos, menos estresante y con menos tráfico que la capital. Fui a visitar a una buena amiga y a conocernos en persona después de hace más de diez años. Tequisquiapan es un pueblo perteneciente al estado de Querétaro. Las pocas horas que la separan desde la capital se me pasaron en un parpadeo, gran parte de culpa es la calidad de sus autobuses, con asientos amplios y muy cómodos que hace que viajar por carretera no se haga pesado. Con el tiempo comprobé que desde el Distrito Federal hacia el norte, la calidad de los autobuses es mayor. Supongo que esa calidad en los autobuses suple la carencia de una red ferroviaria.
Llegué a ‘Tequis’ bien metida la tarde, el ‘Cerro Grande’ me daba la bienvenida, adusto y serio, vigilando el pueblo en la distancia, como si de un titán se tratase. Mi amiga ‘Melu’ y su marido me recogieron en la terminal y me acompañaron a la habitación que había reservado en el extrarradio del pueblo. Me alojé, puse el equipaje en orden y me fui a dar una vuelta por las calles del alrededor. La calzada adoquinada y las aceras de medio metro de alto llamaron mi atención, chocaba un poco con el tráfico rodado, pero me gustaba la sensación de pueblo que no encaja con la civilización. A pocos kilómetros se encontraba el centro del pueblo, fui allí a conocer un poco Tequisquiapan de noche. Siempre he pensado que cada momento del dia tiene la capacidad de cambiar el lugar con cada tonalidad, las sombras, el punto de escape de cada esquina es diferente a cada hora del dia o de la noche, y Tequis no iba a ser menos. Las calles y las plazas estaban adornadas de guirnaldas que lucían mas en el dia y luces que vestían iglesia, calles y plazas.
Quedé con Melu para cenar comida típica mexicana en un tranquilo y ruidoso restaurante. Puede sonar contradictorio pero estábamos solos y la música estaba perfecta para una futura sordera. Buena comida y mejor conversación.
Al dia siguiente desperté temprano deseando conocer Tequisquiapan de dia. Después de un copioso desayuno en un mesón cerca de la plaza Miguel Hidalgo, descubrí el verdadero color de Santa María de la Asunción que unas horas antes escondían las luces roja, blanca y verde de la bandera mexicana. Me perdí entre sus calles engalanadas desde los techos de sus casas bajas. Los colores llamativos de sus paredes rivalizaban con las buganvillas que se dejaban caer, como hábiles trapecistas, queriendo tocar el suelo con las yemas de sus ramas. Es Sol subía el volumen de sus cigarras que, escondidas, te avisaban de que sentado a la sombra se respiraba mejor, e hice caso y me medio camuflé a ver qué pasaba, como un camaleón esperando su presa. Solo pasaron unos pocos coches y algunas mujeres, unas historias con ruedas y otras con piernas. Las cigarras reían y la sed me ayudó a levantarme. Tal vez para algunas personas Tequis sea un pueblo con poco que ver, para mi cada calle era diferente. Tiene mucho que ofrecer si andas con el tempo adecuado y miras con los ojos correctos.

Melu y su marido se ofrecieron para llevarme a ver la Peña de Bernal. A escasas dos horas desde Tequisquiapan y haciendo trasbordo de autobuses se encuentra Bernal, un pueblo inclinado como si su Peña hubiera tirado hacia sí de la tierra para taparse con el sotobosque. El autobús serpenteaba entre las estrechas calles e iba parando aquí y allá hasta dejarnos en una calle muy empinada que subía a la ladera de la Peña. Tras dejarme los pulmones en la cuesta llegamos a un pequeño lugar donde descansar y comprar algo de comida y bebida. Allí estaba, majestuosa, la Peña de Bernal, parecía mirar hacia arriba sopesando si pudiera alcanzar las nubes.
Los días siguientes en el pueblo pasaron placidos, disfrutando de la gastronomía, salvando algún que otro sobresalto picante, paseando por soportales y calles ya amigas, comprando algún suvenir para la familia e intentando encontrar postales para enviar, difícilmente he encontrado algunas en México. La razón triste que me daban era que ya nadie escribía. Sentí pena porque se extinguía el vuelco que recibía tu alma cuando llegaba papel escrito hasta tu buzón con promesas de tierras lejanas. El whatsapp ganaba terreno diariamente pero me niego a rendirme.

Tequisquiapan es el alivio antes o después del caos de las ciudades, es donde coges aire antes de sumergirte en el asfalto, donde te mentalizas del ritmo que quieres seguir. Yo tuve la suerte de tener la sabiduría calmada de una buena amiga.






