Viene aquí una disquisición para establecer un centro, un origen, que nos lleve a un ahorro de energía en la resolución de esa grave amenaza: la pérdida de la condición humana.
No se trata, por tanto, de obviar ninguna causa, sino de dibujar un área de acción que incluya a las demás, y cuya prioridad de como resultado la optimización de los recursos y de los esfuerzos. Si su solución ocurre, el resto se solucionaría por añadidura.
Esta priorización es importante, ya que, según sabemos, el principal condicionante de la realización humana es la escasez, y la economía aparece como un cálculo necesario.
Siguiendo con estas razones, y como su propio nombre indica, el ser humano tiene una esencia, una condición, pero esta solo aflora si concurre una circunstancia: el disfrute de una oportunidad.
El ser humano es un estadio de la evolución que se caracteriza por la búsqueda del bienestar a través de la virtud. Y he así que la esencia humana, la virtud, arraiga a la menor oportunidad.
Ergo, la multiplicación de oportunidades debiera ser el centro de la actividad humana, pues es allí donde podremos cubrirnos con el ropaje de la dignidad, y aspirar al máximo eslabón de la cadena evolutiva, como es el desarrollo de nuestro potencial, de nuestro talento (origen a su vez de ese mandato natural que es la consecución de un proyecto de vida independiente).
Claro que esta palabra es fácil de decir. Si queremos que forme parte de la realidad, la oportunidad debe afrontarse como el gran desafío del individuo, en cuanto a ser único y en cuanto a ser social.
Si no concurre una oportunidad, el individuo no conoce su talento, y el entorno se convierte en una lectura de lo imposible, la pureza original se pervierte, y el impulso evolutivo entra en barrena. Al no verse reflejado en el futuro, la salud mental se deteriora abrumada por la preocupación.
Asimismo, la inseguridad se traslada al plano social, y aparecen la marginación, la exclusión, y el olvido. Lo que podría ser la raigambre de la virtud da paso a una lucha agónica por la supervivencia.
En todo esto, la oportunidad se configura como el motor del sistema, y entendido este como todo organismo que responde a un orden. No hay mayor orden que el que proporciona un estado pleno de oportunidades.
Si logramos que el ofrecimiento de oportunidades dirija la acción del sistema, sea lo normal, lograremos a su vez los excedentes necesarios para corregir las desigualdades, por razón de renta y por razón de discapacidad.
El fenómeno de la oportunidad retroalimenta la viabilidad del sistema, y este retorno es la forma más ingeniosa para vencer la escasez.
Lamentablemente, la dispersión en el enfoque de nuestros objetivos hace que se pierdan muchas energías, y si la semilla de la oportunidad queda inerte solo podremos asistir a la disrupción del sistema.
A través de la declaración de los derechos humanos, hemos convenido que la condición humana tiene una esencia, una imagen, una experiencia necesaria. Somos hijos de nuestra experiencia, y si al cabo de una edad prudente, la gente no disfruta de una oportunidad, estaremos firmando el fracaso del ser humano, su realización como ser social.
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