Ceuta ha vuelto a descubrir estos días lo que significa vivir en una frontera que es mucho más que una línea sobre un mapa. Decenas de miles de personas atravesaron en pocas horas una de las fronteras exteriores de la Unión Europea. Más de 140 perdieron la vida, según los recuentos realizados a ambos lados de la frontera por organizaciones que han seguido la tragedia. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. Llegaron refuerzos, reuniones extraordinarias, declaraciones desde Madrid y Bruselas, reproches entre socios europeos y una ciudad intentando recuperar una normalidad que todavía no ha regresado por completo.
Superado el primer impacto, quizá sea el momento de formular una pregunta distinta.
Ceuta mira inevitablemente en dos direcciones. Hacia Europa, de la que constituye frontera exterior. Y hacia Marruecos y el Magreb, con los que comparte geografía, economía, relaciones humanas, historia y también tensiones. Como Jano, el dios romano de las puertas, los comienzos y las transiciones, nuestra ciudad está obligada a mirar simultáneamente hacia ambos lados.
El problema comienza cuando una de esas miradas sustituye a la otra.
España necesita una relación estable con Marruecos. Negarlo sería desconocer la geografía. Pero reconocer esa necesidad no obliga a ignorar otra realidad: Marruecos mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla.
Esta particularidad debería ocupar un lugar mucho más importante en cualquier reflexión europea sobre nuestra frontera. El tercer Estado con el que España coopera intensamente para gestionar los flujos hacia una frontera exterior de la Unión es, al mismo tiempo, un Estado que cuestiona la soberanía española sobre el territorio donde esa frontera se encuentra.
La magnitud de lo sucedido obliga, por tanto, a preguntarnos por la vulnerabilidad de un modelo cuya eficacia puede depender excesivamente de que esa cooperación funcione en todo momento.
Ursula von der Leyen ha afirmado que no puede aceptarse ningún intento de utilizar la migración irregular como medio de presión sobre un Estado miembro. Al mismo tiempo, Bruselas continúa considerando a Marruecos un socio estratégico y ofreciendo cooperación técnica y financiera.
Las dos cosas no son incompatibles.
Cooperar con Marruecos es necesario. Depender de Marruecos es otra cosa.
Pero tampoco conviene construir el relato inverso. España y Marruecos están unidos por interdependencias comerciales, energéticas, migratorias y de seguridad. Incluso bajo las aguas del Estrecho discurre la conexión eléctrica que enlaza el sistema marroquí con el europeo.
La cuestión no debería ser quién dispone de mejores instrumentos para presionar al otro, sino cómo impedir que esas interdependencias se conviertan periódicamente en instrumentos de presión.
Cooperación, sí. Reciprocidad, también. Y capacidad propia de respuesta, siempre.
La dimensión humanitaria de esta crisis tampoco debería utilizarse para ocultar sus implicaciones de seguridad.
Una entrada de semejante magnitud exige identificar a quienes han accedido irregularmente, conocer sus antecedentes cuando sea posible y detectar a quienes puedan representar una amenaza. Las informaciones sobre personas potencialmente vinculadas a delincuencia grave o extremismo deben investigarse con todo el rigor necesario, pero sin convertir sospechas o investigaciones en culpabilidades colectivas.
Porque precisamente identificar y ordenar permite distinguir.
Y entre quienes necesitan protección inmediata están los menores.
Especialmente las niñas.
Las informaciones conocidas durante estos días sobre menores migrantes expuestas a violencia y presuntas agresiones sexuales deberían situar su protección por encima de cualquier discusión partidista sobre inmigración. El interés superior del menor no es una concesión ideológica: constituye un principio central de la Convención sobre los Derechos del Niño.
Una ciudad tiene derecho a exigir seguridad y control de sus fronteras. Y un Estado capaz de garantizar ambas cosas debe ser también capaz de reconocer inmediatamente a quien necesita una protección especial.
No hay contradicción.
La seguridad y el Estado de Derecho deberían permitir precisamente que la humanidad deje de depender de la improvisación.
Porque durante estos días también hemos descubierto que dentro de Ceuta existen muchas Ceutas.
Mientras determinados espacios recuperaban relativamente pronto la normalidad, algunos barrios periféricos soportaban una parte desproporcionada de las consecuencias de la crisis. En lugares con rentas muy inferiores a la media, vecinos con pocos recursos ofrecieron alimentos, agua, duchas o refugio a quienes tenían todavía menos.
Conviene evitar idealizaciones. También hubo miedo, tensión, incidentes y situaciones que ninguna población debería tener que gestionar por sí sola.
Pero lo ocurrido deja una pregunta incómoda: ¿por qué una emergencia internacional termina descansando tantas veces sobre quienes disponen de menos recursos para afrontarla?
La solidaridad también tiene geografía.
Puede salvar una noche. No puede sustituir a las instituciones.
La crisis ha dejado además una factura económica y ha tensionado servicios públicos que ya arrastraban problemas estructurales. La Cámara de Comercio de Ceuta estima en 27,7 millones de euros su impacto económico, mientras durante la primera semana se superaron las 3.100 asistencias sanitarias.
La misma lógica debería aplicarse a la frontera, la sanidad o cualquier servicio esencial: cuando una vulnerabilidad deja de ser excepcional, ¿puede seguir dependiendo la respuesta de dispositivos extraordinarios, voluntarismo profesional y refuerzos coyunturales?
La crisis tampoco terminó en el Tarajal.
En pocos días llegó a Schengen, a las capitales europeas y a una reunión extraordinaria de ministros de Interior. Frontex, Europol y la Agencia de Asilo ofrecieron capacidades de apoyo. Algunos Estados miembros endurecieron posiciones. Italia llegó a relacionar sus cautelas fronterizas con evaluaciones propias sobre posibles riesgos de seguridad derivados de la crisis.
Eso debería hacernos reflexionar.
Si lo que ocurre en Ceuta puede producir consecuencias sobre la libre circulación, la seguridad interior y las relaciones entre Estados miembros, Ceuta no puede seguir siendo considerada únicamente un asunto local o bilateral entre España y Marruecos.
Es una frontera europea.
Y aquí aparece quizá la principal lección de estos días.
Ceuta ha reclamado durante demasiado tiempo atención europea fundamentalmente cuando aparece una emergencia. Quizá haya llegado el momento de invertir esa lógica.
Ceuta necesita estar en Bruselas antes de necesitar a Bruselas.
Una interlocución permanente permitiría participar en los debates que afectan a la ciudad, construir alianzas, defender directamente su singularidad y responder con mayor rapidez a la desinformación sobre su realidad, su historia y su propia soberanía.
Y desde esa presencia podría plantearse también el movimiento inverso.
Si Ceuta constituye permanentemente una frontera exterior de la Unión, ¿no debería estudiarse alguna forma estable de presencia europea en Ceuta?
No necesariamente una nueva gran estructura administrativa. Quizá un nodo ligero de análisis, anticipación y coordinación capaz de conectar capacidades ya existentes, desde la gestión fronteriza hasta la detección temprana de campañas de desinformación.
La arquitectura concreta merece un debate institucional propio. Lo importante ahora es plantearlo.
Ceuta necesita una puerta en Bruselas para que Europa pueda tener también una puerta en Ceuta.
Pero reducir el futuro europeo de Ceuta a inmigración y seguridad sería repetir el mismo error.
Su posición permite también construir cooperación, conocimiento, educación, sostenibilidad, juventud, cultura y diálogo entre las dos orillas. España lleva décadas utilizando algunos de estos instrumentos en su relación con el Magreb. Y el propio espacio euromediterráneo cuenta ya con instituciones, universidades, redes culturales y experiencias de educación formal y no formal que demuestran que esta cooperación puede ir mucho más allá de la gestión de fronteras.
Ceuta debería dejar de ser únicamente el territorio desde el que Europa contempla su frontera sur y empezar a participar activamente en la construcción de esa relación.
No debería aspirar simplemente a ser una frontera europea mejor protegida.
Debería aspirar a convertirse en un verdadero actor euromediterráneo: capaz no solo de gestionar las tensiones entre ambas orillas, sino también de generar cooperación, conocimiento y diálogo entre ellas.
La diferencia es considerable.
Una periferia espera decisiones tomadas lejos.
Un actor participa en las conversaciones donde esas decisiones empiezan a construirse.
Durante estos días hemos pedido que España mire hacia Ceuta. Hemos pedido que Europa mire hacia Ceuta. Y hemos exigido a Marruecos la cooperación y responsabilidad que corresponden a una relación entre vecinos que necesariamente deberán entenderse.
Todo ello es necesario.
Pero quizá Jano nos recuerde algo más.
Una ciudad situada entre dos continentes no está obligada a escoger permanentemente hacia cuál mirar. Puede convertir precisamente esa doble mirada en su principal fortaleza.
Ceuta no eligió su geografía.
Lo que todavía puede elegir es qué hacer con ella.
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