Tener un nudo en la garganta y no poder hablar, ni expresar el dolor, la tristeza, la impotencia o la soledad.
¿Cuántas veces nos ha pasado? ¿En cuántos momentos? ¿Cuántas vivencias sin saber qué decir, qué hacer a quién llamar?
Hoy se me hizo un nudo en el estómago cuando vi a los gazatíes tiroteados mientras iban en masa a recoger comida. Nada importa, la matanza seguirá su curso, las bombas seguirán su curso, Trump seguirá abrazando al genocida, la comunidad internacional se cruzará de brazos. Ya no importa, todo es anónimo: los muertos, los heridos, los enterrados en escombros, los hambrientos, los enfermos, la enfermedad, la hambruna. La indecencia difumina la realidad y oímos sin escuchar, miramos sin ver, apáticos, insensibles, derrotados, esperando sin esperanza que termine el holocausto.
Tener la garganta apretada cuando descubres que pocas cosas merecen la pena, descubrir que el amor vino para decirnos que no podía quedarse, que cada vez te das cuenta que la vida se va haciendo amarillenta como las hojas de los libros antiguos.
Estar con el corazón en un puño cuando el miedo y la ansiedad se apoderan del aire que respiras y del espacio que habitas, cuando te pierdes en las simas profundas de tus pensamientos, cuando dejas que los días y las noches se repitan una y otra vez haciendo lo mismo, soñando lo mismo, preguntando lo mismo, recordando lo mismo que recordaste ayer y todos los ayeres que están por venir.
Sentir un peso en el pecho al ver envejecer a la gente que quieres, verla enfermar, verla desmemoriarse y no reconocerse ni reconocerte. Saber de tus fracasos y regar los laureles de las victorias marchitas, llorar sin lágrimas, sin derramar un llanto atrapado en la pupila.
Tener la voz entrecortada, ajada, silenciada por unos labios cerrados que luchan por abrirse, por liberarse de una nano homicida que los ahoga.
Sentirte cómplice de lo que pasa a nuestro alrededor y perder la inocencia del niño que no se siente responsable de nada, el bebé adulto que se mece en sus brazos y que se canta nanas para conciliar el sueño esperando que no haya un monstruo debajo de la cuna. Es posible que él sea el monstruo del que quiera esconderse.
Estamos llevando a cabo las distopías, organizándonos para destruirnos los unos a los otros.
Ahora nos queda pensar en el amor aunque no sea correspondido, pensar en la paz aunque caigan misiles sobre ella, pensar en la solidaridad aunque estemos rodeados de insolidarios, pensar en la felicidad como si fuera una revolución permanente, pensar en la libertad aunque estemos presos, pensar en lo que podemos hacer desde el lugar y en la circunstancia que estamos, pensar en la amistad aunque los amigos sean nuestros propios enemigos.
Seguir andando, no mirar atrás para no convertirnos en estatuas de sal, inventarnos de nuevo en un mundo que agoniza.
Decía Walter Benjamin que solo de aquéllos sin esperanza nos es dada la esperanza.
Hoy estoy en Granada contemplando el atardecer en el mirador de San Nicolás. Todo es belleza aunque la luz agonice.







No somos tan civilizados como dijo Roberto Carlos en su cancion El Progreso hara uno 48 años. 👍