Nunca lo había probado antes, pero a fuerza de escuchar dialogar a ciertos amigos sobre los efectos perniciosos de esta actividad de alto riesgo, he decidido experimentar y practicar este deporte al menos por un día. Me he armado de valor, es lo que pensaba al principio porque debo confesar que en un par de ocasiones estuve a punto de desistir del intento, aún así me he sentado en una de esas cafeterías que con gran encanto adornan nuestra céntrica Gran Vía; perdón Avenida Alcalde Sánchez Prados. Una mañana sentada, tranquila y tomándome un descafeinado, mirando, observando, leyendo el periódico pero sin quitar ojo, porque de eso me han explicado que se trata la práctica de este arriesgadísimo deporte, o al menos es lo que me han dicho que debo hacer para pillar “cacho”; algo así, como estar ojo avizor, que hay que estar pendiente de todo y de todos porque uno acaba viendo y oyendo cosas que no, que en estos momentos, no puedo calificar ni describir.
Según avanzaba el día no tengo más remedio que ponerme las gafas de sol porque cuando realmente aprieta me molestan muchos los ojos, pero efectivamente, una mirada escondida tras unos cristales oscuros dan para mucho. En momentos sola y en ocasiones acompañada por conocidos que se sentaban un rato a charlar. Y ¡vaya la de cosas que son capaces de contarte un par de criticones en pocos minutos! El chafardeo, he podido comprobar que, también se ha convertido en un pasatiempo muy recreativo últimamente; eso de hablar a espaldas de otras personas poniéndolas a caer de un burro es un divertimento muy usual, pero cara a cara el semblante del criticón cambia, sonríe y se vuelve hasta casi servil hacia la persona a la que estaba criticando hacía unos minutos ¡que curioso!
Poco a poco avanza el día y empiezan a desfilar unos tras otros, con nombres y apellidos. Esos mismos que mis amigos ya me habían comentado. Quiero dejar claro que en ningún momento me estoy refiriendo a ningún trabajador o funcionario, mi práctica deportiva tiene otro objetivo, y por supuesto, que el que se atreva a leer estas líneas podrá imaginarse algún personaje que otro, pero todos buscando un fin común “el peloteo”. Me quedo atónita al comprobar que la procesión hacia el Ayuntamiento comienza sobre las nueve y pico de la mañana, antes no pasa ninguno, y además siguen el orden de llegada que ya me habían transmitido durante mi dura preparación para la práctica de este juego. ¡Increíble! Con la boca abierta ante tamaña exactitud. Pero mucho más atónita, cuando pasados escasos minutos comienza de nuevo mi divertimento, y vuelven los mismos a salir en procesión, esta vez en pequeños grupos, para tomar su inexcusable desayuno que puede prolongarse alrededor de una hora u hora y media. ¿Pero es que ninguno viene desayunado de casa? Para contestar a esta pregunta ya se encontraba uno de esos amigos criticones que se sentó en mi mesa, y dándome una pequeña conferencia, me indicó que estas reuniones matutinas son algo así como la preparación de las acciones a realizar durante lo que queda de mañana en su táctica de peloteo por conseguir unos propósitos. Con razón me avisaron de que se trataba de un deporte de alto riesgo, porque a medida que avanza la mañana me voy encendiendo y comienzo a sentir un ardor de repugnancia en la boca del estómago.
Cansados de estar sentados tanto tiempo, terminada la tostada y con el café frío, pues hacía más de una hora que se los habían puesto, vuelve la romería a ponerse en marcha de nuevo hacia el Ayuntamiento. Unos grupitos antes que otros. Pero haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad posible, aguanto las ganas de vomitar y comienzo a contar los minutos mirando atentamente mi reloj. ¡Increíble, los mismos!
Ahora solos o como mucho en grupos de dos o tres, vuelven a salir y se pasean calle abajo; incluso llego a saludar a uno de ellos y me comenta que tiene prisa porque necesita hacer unas gestiones muy importantes. ¿Gestiones? ¿Pero es que tú haces algo en todo el día?
Y a partir de ese momento, prácticamente las doce de mediodía, se dedican a subir, bajar, subir, bajar, calle arriba, calle abajo…y así sin descanso hasta la una y media, como mucho las dos de la tarde; pero cuando subían era acompañando a alguien y soplando en su oreja, cuando bajaban lo hacían con otro sacudiéndoles la caspa del hombro de la chaqueta, y así una y otra vez. ¿Alguien puede explicarme a que se dedican estas personas, cuyos nombres me reservo? ¿Trabajan? ¿Se dedican a darle a la singüeso durante el desayuno y luego a desgastar las baldosas de la Avenida porque así se podrán cambiar antes?
Parece un cuento, seguro que os preguntaréis si es cierto o no. Indudablemente algunos no creeréis lo que intento expresar en estas líneas, pero yo lo he visto. También puede que se diera una simple casualidad ese día. ¡Juzguen ustedes mismos! Aunque también es cierto que tras mi primer envite he decidido no volver a jugar a este juego, no me gustan sus reglas y, como podréis suponer, siempre ganan los mismos. No he querido volver a repetir la experiencia porque no es agradable ver a unos tocarse las partes nobles todo el día, mientras otros, con moreno albañil, intentan sellar en la cola del paro o buscan hacer un chapú para llevar algo de comer a casa. Pero eso sí, las conclusiones ante tanto desatino me hacen preguntarme. ¿Y después se atreven a juzgar a otros? ¿Y después se atreven a desprestigiar a sus subordinados alegando que no hacen su trabajo? ¿Y después se atreven a despedir a otros sin mirarse el ombligo? ¡Qué vergüenza deberían tener, quienes ustedes saben, caérseles la cara al suelo, al leer estas líneas y descubrir que somos muchos los ceutíes que vemos diariamente a estos personajes dedocráticos mientras desgastan las baldosas!
“Nos gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, la gente que es agradecida por lo recibido, por las cosas buenas que hay en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradeciendo de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio”. ¡Ustedes, los que suben y bajan! ¡Ustedes, los que permiten este desatino! Aprendan, sean justos, agradecidos por lo que tienen y vivan, regalen o ayuden, pero dejen de pasearse y trabajen, ¿o es que la crisis, el desempleo, los desahucios, la subida de impuestos…no va con ustedes?
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