En una ciudad frontera como Ceuta, sometida de forma recurrente a una intensa presión migratoria, cada decisión en materia de menores no acompañados tiene un impacto directo en la convivencia, los recursos públicos y, sobre todo, en la dignidad de las personas.
Los datos expuestos por el ministro Ángel Víctor Torres confirman que la reforma del artículo 35 de la Ley de Extranjería y el despliegue del Plan de Contingencia han supuesto un punto de inflexión.
La reubicación de 1.019 menores desde Ceuta, Melilla y Canarias al resto del territorio español no es solo una cifra: es un alivio tangible para territorios que ven tensionados sus sistemas de acogida.
En el caso de Ceuta, con 320 traslados ejecutados, más del 71% de los expedientes tramitados, se constata un esfuerzo institucional relevante y una “altísima ejecución” que ha contribuido a reducir situaciones de hacinamiento que hace apenas meses eran insostenibles.
Pero más allá de la gestión administrativa, lo esencial es el enfoque. Hablar de menores es hablar de derechos superiores, de protección y de futuro.
La activación de mecanismos como el procedimiento exprés y la planificación anual permiten combinar agilidad con garantías jurídicas, evitando improvisaciones que solo agravan el problema.
Ceuta no puede afrontar en solitario una realidad estructural vinculada a su posición geográfica.
La solidaridad interterritorial no es una concesión política, sino una obligación moral y constitucional.
Si estos traslados se consolidan como política permanente, la ciudad podrá recuperar margen para atender con dignidad a quienes llegan, sin que la presión migratoria erosione su cohesión social.







Menudo pájaro,este no entiende de nada de eso