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Siempre he considerado a Tom Hanks, además de un gran actor, un compulsivo buscador de oro en forma de estatuilla. Es el único actor contemporáneo que ha logrado ganar dos Oscar consecutivos (Philladelphia, 1993, y Forrest Gump, 1994), y su bagaje profesional cuenta con nominaciones por Big, Náufrago y Salvar al soldado Ryan. Tan cierto es que estamos ante uno de los grandes por motivos evidentes como que su selección de personajes lucidos (después hay que interpretarlos, ahí reside el mérito) raya en lo obsesivo. Por el camino reafirma mi teoría otro montón de intentonas de gloria como los trabajos en Apolo 13, La milla verde, La terminal o Camino a la perdición. Luego está, evitando distracciones, aquello tan importante de ganar cantidades obscenas de dinero por trabajos menores que permiten seguir su búsqueda con la tranquilidad del colchón cubierto, a Robert Langdom me remito.
En este caso une sus fuerzas a uno de los directores de mayor talento del panorama actual, el gran docudramatizador Paul Greengrass, que ayuda con la veracidad que siempre impone su visión de cámara a que el actor encuentre el acomodo perfecto para, en lo que ya es uno de sus mejores trabajos, introducirse en la piel de un tipo normal y corriente en una situación muy poco convencional. Hanks interpreta con una pasmosa soltura y credibilidad, remarcando especial énfasis en lo que comunica con lenguaje no verbal, a un capitán de navío mercante estadounidense que en 2009 fue (seguramente muchos recordarán el suceso real que dio la vuelta al mundo) capturado por piratas somalíes.
Resta destacar de esta cita con el buen cine en un año que está resultando ilusionante para todo buen cinéfago el realismo con el que se nos presentan los piratas, unos tipos escuchimizados con un arma automática en las manos que secuestran para sobrevivir y dan más miedo que cualquier villano del género que sea; es así porque los secuestradores son extremadamente creíbles y cercanos dentro de la igualmente veraz peligrosidad de África que construye el realizador rodando en escenarios reales y, como es seña de identidad, sin concesión al adorno (exceptuando una ligera manga ancha al estrellato emotivo del protagonista).
La visión de los hechos en esta cinta, como también suele ser marca de la casa de Greengrass, se aleja de la fibra sensible (lo cual puede caer según gustos en la frialdad o carencia de alma) tanto como para que la distancia la impregne de pragmatismo y nos permita presenciar olvidándonos de juzgar, lo cual resulta de lo más sano para el espectador, sobre todo para el que no guste de ser dirigido en lo que debe pensar (o peor aún, sentir) y en qué momento hacerlo.
Para amantes del trabajo del director que previamente ha sorprendido con trabajos como La supremacía y El ultimátum de Bourne, United 93 o Green Zone, y también para aquellos que disfruten de ser testigos de la puede que este año fructuosa (y seguramente merecida) búsqueda de Oscar por parte de Tom Hanks.

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