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¿Será Ceuta el final de Sánchez?

David era pequeño. Goliat, gigantesco. Uno llevaba una honda; el otro, armadura, espada y lanza. Y, sin embargo, el gigante cayó.

La pregunta que hoy empieza a recorrer España es inevitable: ¿será Ceuta el final de Sánchez?

No es una pregunta retórica. Tampoco una profecía. Es una posibilidad política que hace apenas unas semanas habría parecido improbable. Porque Pedro Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir a casi todo: a sus contradicciones, a sus cambios de criterio, a sus socios más incómodos y a una sucesión interminable de escándalos que, en cualquier otro Gobierno, habrían provocado una crisis terminal.

Ahí están, por orden casi alfabético --de la indignación ciudadana-- Koldo, Ábalos, Aldama, las mascarillas, el rescate de Air Europa, el Delcygate, Santos Cerdán, las adjudicaciones bajo sospecha, las investigaciones sobre Begoña Gómez, las causas que afectan a su hermanísimo, el caso del Fiscal General, la amnistía del procés, el gran apagón , la controvertida revisión de los EREs de Andalucía y su nefasta desidia frente a la Dana en Paiporta, al descarrilamiento de Adamuz y a los graves y recientes incendios que han arrasado media España

Y conviene decirlo con rigor: no todos estos asuntos son equivalentes, ni todos han terminado en condena, ni todos pueden atribuirle --de manera personal-- a Sánchez la responsabilidad penal por las actuaciones de terceros. Pero existe una grave realidad política imposible de ignorar: la acumulación de investigaciones, sospechas, escándalos y decisiones controvertidas, ha erosionado profundamente la confianza de una gran parte de la sociedad en el Gobierno sanchista.

Y, sin embargo, Sánchez continúa... dura... y dura... como si estuviera activado por las famosas pilas “Duracel”.

Hasta que llegó Ceuta...y el 30 y el 31 de julio --más de 70.000 personas invadieron su frontera-- con una entrada masiva que convirtió a la ciudad autónoma en el escenario de una crisis política, social, económica, sanitaria y humana sin precedentes.

Un mes después, Ceuta no ha recuperado la normalidad. Y el 2 de septiembre ocurrió algo políticamente mucho más importante que una simple manifestación: ¡Ceuta dejó de sentirse sola!

Unos 20.000 ciudadanos salieron a la calle en la propia ciudad, mientras cientos de miles más lo hicieron simultáneamente en numerosas localidades españolas. Las banderas españolas volvieron a ocupar las calles y un grito unísono resumió el sentimiento: “¡Ceuta no se vende, Ceuta se defiende!”

Porque Ceuta, es y será, siempre España...y ahí puede estar la gran diferencia.

Porque una comisión ilegal, un contrato sospechoso o una investigación judicial pueden provocar indignación. Pero una "frontera desbordada" provoca algo mucho más profundo: miedo, inseguridad y la sensación de que el Estado ha dejado de cumplir su primera obligación, que es "proteger a sus ciudadanos y defender la integridad de su territorio nacional".

Y eso ya no afecta solamente a Ceuta... Afecta a toda España.

Especialmente cuando, al mismo tiempo, aparece un informe previo del CNI y policial que apunta a una actuación anómala y dirigida de las fuerzas marroquíes durante aquella “invasión masiva”, mientras Rabat lo niega y Sánchez sostiene que no existen pruebas concluyentes de que Marruecos organizara la “operación frontera sur”.

Aquí está el verdadero dilema de Sánchez “el camaleón”... pues -como un experto “trilero” - es muy capaz de sobrevivir políticamente a la corrupción de otros. Puede resistir a una mayoritaria y negativa votación parlamentaria. Puede pactar con quien ayer prometió no pactar. Y puede mentir y decir que eso es cambiar de opinión y, a la vez, explicar que cambiar de opinión, es gobernar.

Pero ¿puede sobrevivir a la percepción de que -por su culpa y por su servil pleitesía a Marruecos- España no fue capaz de defender una de sus fronteras?

Esa es la pregunta.

Porque Ceuta puede convertirse en el lugar donde confluyan todas las posibles indignaciones dispersas: corrupción, inmigración, cesiones políticas, debilidad exterior, inseguridad y desconfianza institucional.

Y entonces la “pequeña” Ceuta podría convertirse en el “David bíblico”.

Frente a ella, un “Goliat político” -aparentemente invencible- blindado por pactos interesados, mayorías variables y una formidable capacidad de resistencia camaleónica.

Pero los gigantes también tienen su punto vulnerable... y Ceuta puede ser “la honda”. No porque una ciudad pueda derribar por sí sola a un Gobierno, sino porque puede “despertar a una sociedad” que hasta ahora parecía resignada a contemplar cómo cada escándalo era sustituido por el siguiente sin que ocurriera nada.

Quizá no sean Koldo, Ábalos, Begoña, Cerdán, los ERE, la amnistía, las mascarillas o Air Europa --entre otros-- quienes derriben al gigante.

Quizá sea algo mucho más sencillo y mucho más poderoso: que millones de españoles hayan decidido que una frontera española no se negocia, que Ceuta no se abandona y que España no se vende.

David no necesitó ser más grande que Goliat. Solo necesitó acertar.

Y quizá Ceuta sea, esta vez, la piedra “lisa de río’que ha encontrado el lugar exacto donde golpear para derribar al megalómano y autarca Sánchez.

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