Allí donde no llega la memoria llega la imaginación. De vez en cuando me gustaba huir de la contaminación lumínica e irme a los entornos de los montes de Ceuta.
No era otro mi afán que mirar el cielo y disfrutar de los aleteos de las estrellas. Era una experiencia íntima, algo así como una ceremonia de la infinitud, y dedicaba largos momentos a conciliar la idea de que, quizá, muchos de los cuerpos celestes, en realidad, habían dejado de existir.
Así sucedió hasta donde llega mi ayer, hasta donde hubo una primera vez, allá por los montes de Calamocarro.
En puridad, somos testigos directos de nuestros recuerdos, y gracias a la memoria conocemos los secretos del tiempo. Sin embargo, la curiosidad nos lleva a descubrir escenas que tuvieron su origen mucho atrás el reloj de la historia. Entonces, la mirada deja paso a la imaginación.
Al igual que yo me llenaba de belleza en el púlpito de la observación, hubo un instante, hace 300.000 años, en el que el primer ser de nuestra especie contempló la luz, la substancia luminosa.
¿Casualidad o providencia?
En la retina del primer congénere la edad del tiempo se partió en dos: la noche obscura dejó paso a la edad de la luz. Tengo para mí que la luz solo alcanza su sentido en cuanto es observada.
Una vez establecida la conexión sensorial con los cuerpos incandescentes, llegó un proceso indispensable en la evolución: la génesis de las palabras. ¿Quién dio nombre a la luz?
Al dar nombre a cada objeto, sensación o cosa, lo que hacemos es apropiarnos de la realidad natural en nuestro beneficio. Gracias a las palabras, a su conjugación o lenguaje, y a la técnica, hemos logrado dominar los elementos, hasta doblegar a la escasez.
Al brillo que descubre la forma de las materias se lo llamó luz, pero con el desarrollo del lenguaje, a la substancia explicativa también se la llamó “luz”. De tal manera, que la persona sabia y dotada de conocimiento era una persona iluminada.
Según esto, las palabras serían como gotas de luz; partículas que llevan en su interior un brillo, un camino de descubrimiento y perfección.
Los sentidos filtran la información que llega del exterior en un ejercicio constante de exploración. Así es la información que recibimos, así son los elementos de juicio.
Una vez más, no hemos de estar solo pendientes de lo que sucede fuera de nosotros, sino que hemos de elevar el grado de atención, volver la mirada, y examinar el mundo que estamos construyendo en nuestro interior.
Calibremos bien el significado y alcance de las palabras, ya que en este orden encontraremos las claves de ese referente que es la felicidad. Las palabras guardan un potencial de luz, y siempre están disponibles para quien las quiera descubrir.
Al final, si el universo alcanzó su primer sentido cuando la luz fue observada, entonces, ¿qué sentido tiene la ceguera?
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