Categorías: Opinión

Se juega donde sea

Poco faltó para que se derrumbara España cuando se supo que su selección de fútbol tenía que jugar en un campo de arena que, hasta pocos días antes, había estado sepultado bajo un manto helado durante meses. Cuando no eran miembros del propio equipo técnico, era algún jugador (con una honrosa excepción), y cuando no el jugador, los columnistas de turno o las propias editoriales de los medios de comunicación, quienes entonaban un canto amargo sobre las condiciones del partido.
Es fácil, cómodo y tiene un cariz un tanto clasista que un país como el nuestro, con una gran tradición futbolística y con una capacidad económica aceptable, reproche a otro estado más humilde que no gaste una cantidad considerable de dinero en deshelar un campo para un solo partido, en lugar de acusar energéticamente a quien tiene la responsabilidad íntegra: la institución correspondiente, la cual debe anular el partido e incluso excluir a la selección nacional de la competición si esta no se adecúa a las exigencias previas.
Y qué triste es, por otra parte, que profesionales de un deporte nacido en las capas más bajas de la sociedad mundial quieran hacernos creer que un partido, sólo uno, no se puede jugar en un campo cuyas condiciones no sean las que acostumbran a ver en la primera división española.
Porque su propio pasado, el pasado de esos jugadores y del deporte mismo, deja patente que si bien no son las circunstancias idóneas para jugar un partido al máximo nivel, sí son suficientes para que dos equipos se enfrenten, los que sean, cuyos jugadores deben izar su profesionalidad por encima de todo lo demás.
Así lo haría, por ejemplo, casi cualquier baloncestista de la NBA, a ojos del mundo vanidosos pero eternamente motivados, cuya mayoría procede de la miseria, de pistas en las cuales se han partido la cara para atrapar un rebote cuantas veces ha sido necesario mientras otros tantos, colegas del barrio, se encargaban de afilar las navajas a pocos metros de ellos.
Los valores que representa la superación de estos inicios crudos y sin duda desalentadores no pueden desprenderse del deportista una vez que este ha llegado a la élite, pues si así ocurre se pierde la esencia más pura del mismo deporte, una parte elemental de la motivación personal y colectiva más noble.
Sólo un esnob, un mercenario que no recuerda ni la pasión ni el verdadero y llano significado de su deporte, se negaría a jugar en una pista cuyo suelo, desgastado, le recordara al lodazal que tiempo atrás fue su primer maestro.
La excelencia de la competitividad forma parte de este sentir. Grandes figuras del deporte mundial como Erving o Pelé hubieran competido, sin rechistar, hasta en un lago si la situación lo hubiera requerido. Otros, por lo visto, no dan para tanto.

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