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Se fue, pero está

Hoy ha sido la respuesta de una obra acaecida hace unos meses, donde una mujer, abatida por sus males, pidió un descanso y, sin pensarlo, se encontró con una silla; unas palabras donde todo lo bonito, la recreación de unas ganas que le faltaban, fueron escuchadas e interpretadas por esa persona que venía de un intento de quedarse unos días más con todos nosotros.

Llegó agotada, pálida, destrozada y, con mis ganas, desparpajo, sonrisas y, sobre todo, amor para poder afrontar la vida, se marchó dirección a su casa con lo que yo quería que se fuera: con una sonrisa, un pensar diferente y, sobre todo, con esa fuerza renovada para seguir en el sendero, en esa ruta donde estaba presente y dando cada sesión, con su pie hacia adelante y con la cabeza mirando hacia un futuro que yo también le deseaba.

Era joven, aunque demacrada por ese mal que le llegó y se quedó, e intentó en todo instante recogerla y llevársela de esta vida tan bonita y perfecta, aunque muchos rajan y dicen de todo, menos indicar que existirá un mañana después de un hoy tan delicado.

Yo, la verdad, me quedé destrozado durante muchos minutos, pensando en ese hombre, padre de familia, y en esa nena que les acompañaba. Pero, al fin y a la postre, yo no tenía ese mal que se adueñó de aquella muchacha, y Dios quiera que jamás esté en esa situación. Pero aquello tenía muy mala pinta, aunque yo deseara que no la tuviera o que algo hiciera cambiar ese instante tan malo que llevaba aquella bella mujer.

Después de unos días, la verdad, se me olvidó aquella escena; pero hoy el propio marido me reveló un trágico malestar que me dejó petrificado. Su mujer había fallecido hacía muy pocas fechas y, antes de su pérdida, le había referido lo bien que me había portado en aquellos delicados momentos.

Yo cerré los ojos por unos instantes y volví a revivir aquella escena, y mis lágrimas aparecieron.

Le di mi más sentido pésame a ese marido y padre, y él se dio cuenta de que me había afectado muchísimo y me dijo, dándome la mano:

—Muchas gracias, amigo. Un instante fue suficiente para encontrar a una persona que pudo devolver a mi mujer la moral por unos momentos, y eso para mí fue algo maravilloso. Se marchó y me quedé con lágrimas en mi rostro, y un compañero me preguntó; y, al referirle la historia, me dijo que yo hubiera estado muy contento con darle esa felicidad, calor humano y, sobre todo, esa mano de dulzura hacia un mal tan cruel como el que le había arrebatado esa vida.

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