Esta semana hemos conocido, en boca del portavoz del gobierno, Guillermo Martínez, la deuda que la Ciudad mantiene con sus proveedores. Una deuda descomunal, que alcanza los ochenta millones de euros y que ha hecho saltar todas las alarmas. A la mayoría no nos sorpende esta cifra, de mil maneras se le ha dicho al Gobierno que la política del despilfarro que llevaba a cabo pasaría factura y que, como siempre ocurre, pagaría quien menos culpa tiene, la ciudadanía..
Hemos asistido indignados a espectáculos como el de la Manzana del Revellín, que nos costó infinitamente más de lo presupuestado, hemos visto luces innecesarias por todas partes, flores, macetas... y más flores, en el centro, claro. Y todo esto, ¿por qué? Es la pregunta que se hace mucha gente que ve incrédula la situación en la que el Gobierno del Partido Popular ha dejado a las arcas públicas. Pero claro, mantener contentos a unos y otros y disimular su nefasta política tiene que ser muy caro.
La situación económica de la Ciudad es bastante grave, eso es innegable, ochenta millones de deudas en pago a proveedores es algo escalofriante, pero no queda hay la cosa. La deuda viva que mantiene la ciudad no se comtempla en esa cifra, todo en conjunto podía rondar nada más y nada menos que los 200 millones de euros.
Todo esto hace que nos llevemos las manos a la cabeza y que exigamos responsabilidades, pero aún hay más. El Gobierno del señor Vivas, aparte de su nefasta gestión, ha sido muy irresponsable. Ha ocultado información a los grupos de la oposición sobre la situación económica de la ciudad y, además, ha mentido. Ha mentido a todos, grupos políticos, sindicatos y a toda la ciudadanía, engañando incluso a todas aquellas personas que volvieron a darle la confianza en las últimas elecciones, mientras decían a bombo y platillo que había superávit, el boquete se iba haciendo cada día más gordo sin que tomaran ni una sola medida para evitarlo.
¿Dónde vería el señor Márquez el superávit? Seguramente le falló ese día la calculadora, porque de no ser así debería pedir perdón mañana mismo, coger la puerta y quedarse una temporada en remojo, que de eso sabe mucho el consejero.
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