Estoy en la Isla de Tabarca, es jueves y el verano acompaña al sol, se sienta en chiringuitos, pide dos raciones de espetos, pulpo a la brasa, calamares y paella marinera estilo santapolero.
Tabarca es una isla con historia y sin prisas.
El único archipiélago habitado de la Comunidad Valenciana, aunque cuando llegas a la isla grande (de poco más de 1.800 metros de largo y unos 400 de ancho), lo que sientes es que has viajado atrás en el tiempo.
Fue refugio de piratas berberiscos, y allá por el siglo XVIII, Carlos III decidió fortificarla, repoblarla y rebautizarla como Nueva Tabarca.
Dede Santa Pola estamos a 5 km y 15 minutos en barco. Las tabarqueras, que así se llaman los ferris, salen del puerto santapolero cada 20 minutos mientras la tierra de piratas, galeotes, presidiarios que cumplían su penitencia se acerca a los ojos de los visitantes entonando el TIERRA A LA VISTA de los marineros de ultramar.
Recuerdo haber visitado la isla en varias ocasiones: de niño, en la adolescencia y con la mayoría de edad recien cumplida; luego hubo otros viajes, otras " tierra a la vista" " otros piratas de anuncio tomándose horchatas y limonadas con loros desdibujados por el sol y la dejadez de los habitantes.
Venir de ricachones también tiene su encanto aunque la nostalgia se combina con sardinas, pescados fritos del mediterráneo y 4 sangrías frías de corsarios que pagan con visa.
En una tumbona de resaca y siesta, oigo el rumor de gentes con nevera de hielo que juegan a las cartas y hablan como cotorras entre risas y apuestas; charlan a gritos que Montoro ha sido inculpado, la lucha del gobierno por la financiación singular de Cataluña, Ábalos, Cerdán, la mujer, el hermano y los prostíbulos del suegro.
La modorra y la brisa isleña disipan lo cotidiano.
Hay que estar de vuelta en unas horas y regresar a la realidad de la península. Allí nos esperan otros piratas vestidos de traje y corbata.
¡Camarero, otra sangría por favor!






