Salir del veneno

  • La Iglesia de Santa Teresa acoge el lunes a las 19:30 una charla abierta a todos los que deseen acompañar a Alcohólicos Anónimos en su celebración. Quieren ayudar

Quería ser torero y a lo máximo que llegó fue a jugar a la ruleta rusa con su chaqueta dando capotazos a los coches de rodillas. Podían haberle matado en cualquier momento, recuerda sangre en sus rodillas y que al día siguiente no se acordaba de nada. Estuvo en la cárcel. “No maté a nadie pero podría haberlo hecho”. Vivía en Benzú y cuando se levantaba por la mañana miraba los laterales del coche por si había manchas de sangre que delataran que había atropellado a alguien durante el trayecto a su casa después de haber bebido todo el día.

Recuerda su primera borrachera con 16 años y lo achaca a su falta de carácter, a su timidez. Tampoco se le olvida la última con 33. “He perdido 26 años de mi vida y sí soy un enfermo alcohólico que tardé en darme cuenta que el alcohol no está en la cantidad sino en cómo nos afecta a cada uno. Es una alergia, un veneno. Hay gente que puede vivir y disfrutar de un buen vino pero no tiene esta enfermedad. Yo sí”, reconoce sin temor. Y da su nombre: Camilo. Y lo dice en voz alta porque por fin, 36 años después ya la gente se ha olvidado de quién era cuando bebía. Era marino y un capitán de barco fue el último en advertirle de su problema. Aún vive y le recuerda con mucho cariño y agradecimiento. “Sembró en mí la semilla porque esta enfermedad es tan desgarradora que ni siquiera te das cuenta de lo que está pasando”. Nunca se le olvidará el día que decidió atravesar la puerta de Alcohólicos Anónimos y le recibieron con un “Camilo, te estábamos esperando”. Llegaba “como una piltrafa pero pasó el tiempo y tuve un despertar físico, mental y espiritual”. Consiguió recuperar su capacidad de decisión “y mi dignidad” expresa orgulloso. De pronto, tras seguir los pasos y escuchar a personas que habían pasado por lo mismo, casi sin querer dejó de luchar. “Luchar contra el alcohol, porque la vida es una lucha diaria”.

Jesús tiene 42 años. Quiere, junto a Camilo, dar su testimonio para poder ayudar a las personas que aún no saben que están enfermos y para despertar sus consciencias. Una paliza en el Poblado Marinero le hizo reaccionar. Le destrozaron entre varios y le robaron hasta su moto. Antes ya había tenido problemas con la justicia por culpa del alcohol al que desde joven recurrió por su timidez para relacionarse con la gente ya que sentía que estar bebido subía su autoestima. “Al principio es por diversión pero luego te destruye la vida”. Le retiraron el carnet de conducir, pasó una Nochevieja en comisaría y ni siquiera con la mediación de su familia le dejaron salir... “Incluso en el trabajo tuve un accidente grave, me caí por el hueco de un ascensor. Ya no podía continuar así”. Un compañero le llevó a una de las reuniones de Alcohólicos Anónimos. “Yo no articulaba palabra, simplemente empecé a escucharlos y con su ayuda, su amor, seguir los pasos ... aquí estoy”.

Él creía que iban a enseñarle a beber pero lo que hicieron fue enseñarle a quitarse de la mente esa obsesión compulsiva por la bebida, aceptar que es un enfermo, seguir el programa. Todos saben que “cualquier borracho puede dejar de beber, lo difícil es mantenerse y aceptar el tiempo que has perdido y aprender a disfrutar de las cosas buenas de la vida sin el alcohol. De un d ía de poniente, del mar, de salir de casa mirando al suelo y con esa obsesión”. Y sus familias. Ahí a Jesús se le entrecorta la voz y se le escapan unas lágrimas. “Ahora veo a mi madre y ufffff... les haces sufrir pero no te das cuenta”.

Cada vez hay más mujeres en el grupo y ellos las admiran. “Ponen ese punto de vista siempre con más amor y cariño y te das cuenta de que ellas viven esta enfermedad de una manera más dura incluso y son más fuertes”. Jesús explica que “nosotros estamos en la calle y bebemos en la calle y ellas lo hacen en su casa”. Reconocen que así es más complicado curarse y cuentan el testimonio de una compañera que tardó dos horas en encontrar la puerta de su habitación para salir de ese cuarto donde estaba bebiendo. Las mujeres comenzaron a llegar más tarde al grupo. “Quizá pensaban que iban a encontrar a una persona maloliente con un cartón de vino”, comentan queriendo decir que cualquiera puede caer en la enfermedad. Pero también pueden levantarse. Y ellos, son el ejemplo.

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