El rey Juan Carlos fue coronado en 1975 en circunstancias atípicas. Designado por el dictador, hubo de saltarse el orden sucesorio para restaurar la institución y pilotar la transición a la democracia, hipotecó los derechos dinásticos de su padre en nombre de lo que consideraba un bien mayor. Aunque había sido formado desde niño para la circunstancia, aquel paso abrió una brecha entre ambos y le hizo comprender que la corona exige sacrificios.
Hoy, casi cuarenta años después, cada vez son más las voces que defienden que el rey debería asumir un nuevo sacrificio y dejar paso al heredero.
Él volvió a recordar en su discurso de Nochebuena que no tiene pensado abdicar. Como ciudadano y como militar ha superado ampliamente las edades de la jubilación y del paso a la reserva, pero su magistratura real es, en este punto, irreal.
No como la vida, que se le está mostrando en los últimos tiempos en toda su crudeza y está evidenciando las costuras de una institución que hace unos años muy pocos se cuestionaban.
El patinazo de la cacería le obligó a pedir disculpas a los ciudadanos. Su baja tras la última operación permitió constatar que cuando él no está, con la constitución en la mano, nadie puede sustituirle.
Su gesto cansado y su discurso titubeante en la Pascua Militar confirmaron que su cuerpo no responde a sus ganas de recuperarse ni se corresponde con la última portada de la revista Hola.
Y la nueva imputación de su hija deja claro que sus problemas con la justicia no se frenan con los deseos ni con la ayuda de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado.
Se entiende que un monarca que ha tenido actuaciones brillantes en su reinado no quiera abandonar precisamente en sus momentos más bajos.
Se comprende que a cualquier persona le cueste reconocer que las facultades menguan y la ancianidad llega.
Pero cuesta entender que nadie a su alrededor le haga comprender un par de cosas: que de todo lo que le sucede casi nada irá a mejor y que los esfuerzos por preservar la institución quizás tengan que pasar por un nuevo sacrificio personal, como el que hizo su padre en 1975, cuando asumió algo más raro en una monarquía que la abdicación: que tu hijo se salte el orden sucesorio. También le costó, pero acabó haciéndolo claramente.
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grandes reformas, la constitucional entre ellas. Ahora, habrá que forzar 'in extremis' tales acuerdos, porque son necesarios. Algún día, sospecho que el Rey tendrá que llamar a los líderes de los partidos a La Zarzuela y urgir las grandes decisiones, que poco tienen que ver con las pequeñas chapuzas legales que se nos proponen -incluyendo, por ejemplo, la propuesta sobre nueva regulación del aborto, o la nueva ley de seguridad- y que nos dividen.
En realidad ya se lo está haciendo. Estas fiestas navideñas y sin necesidad de ningún boicot, ese desafecto está suponiendo un nuevo varapalo para uno de sus productos estrella, el cava. Un pequeño ejemplo, una anécdota si quieren, pero un síntoma de por donde pueden ir mal las cosas.
El 14 será en esta cuestión un año decisivo. La política habrá de estar a la altura. Pero las gentes de a pie también podemos empezar a poner algo de nuestra parte. Por ejemplo, lo unos no recurriendo al exabrupto y con cordialidad intentar dar las razones del disgusto a ese primo de Barcelona que ha venido a pasar unos días al pueblo y los otros echándole una pensada que cuando se ponen a insultar a gritos a todo lo que huele a España, están en realidad insultando a la propia familia.Es un síntoma más de su derrota frente al Estado de Derecho.





