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La rutina infantil también es salud

Por Marcos Altable Pérez (Médico especialista en Neurología)
19/08/2026 - 07:46
Imagen cedida

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Durante las últimas semanas hemos hablado mucho de seguridad, de calles, de colegios, de instalaciones, de fechas y de cuándo podrá Ceuta recuperar completamente su normalidad.

Pero hay una pregunta mucho más pequeña que probablemente se ha repetido estos días en muchas casas:

«¿Mañana qué vamos a hacer?»

Para un adulto puede parecer una pregunta trivial. Para un niño no siempre lo es.

Y para determinados niños puede significar muchísimo más de lo que imaginamos.

Los niños necesitan seguridad, pero su concepto de seguridad no coincide exactamente con el nuestro.

Nosotros pensamos en puertas cerradas, vigilancia, ausencia de peligro o presencia policial. Ellos construyen buena parte de esa seguridad mediante algo mucho más sencillo: saber qué ocurrirá después y entender por qué.

Levantarse a una hora determinada. Desayunar. Vestirse. Ir al colegio. Encontrarse con el mismo profesor. Sentarse en su sitio. Ir después a terapia, a su centro o a casa. Jugar. Cenar. Dormir.

Repetir.

A los adultos puede parecernos monotonía.

Para el cerebro infantil se llama predictibilidad.

Y la predictibilidad ayuda a organizar el mundo, especialmente el infantil.

El cerebro de un niño todavía se encuentra en pleno desarrollo. Los sistemas responsables de regular las emociones, controlar los impulsos, interpretar las amenazas y adaptarse a situaciones nuevas continúan madurando durante muchos años. Por eso los acontecimientos que alteran bruscamente el entorno no son simplemente una versión reducida de lo que vivimos los adultos.

Los niños no son adultos pequeños.

Cuando durante días perciben preocupación en sus padres, escuchan conversaciones que no comprenden por completo, dejan de realizar algunas actividades habituales o advierten que los mayores consideran peligroso aquello que hasta hace poco era cotidiano, su cerebro intenta interpretar ese cambio con las herramientas que posee.

Y pueden aparecer miedo, irritabilidad, dificultades para dormir, pesadillas, mayor dependencia de los padres, problemas de concentración, cambios de conducta o incluso síntomas físicos.

No significa necesariamente que exista una enfermedad.

Muchas veces significa simplemente que un cerebro infantil está intentando adaptarse a un mundo que, de repente, ha dejado de resultar predecible.

Los entornos familiares y escolares estables y protectores son precisamente uno de los factores que favorecen el bienestar psicológico durante la infancia y la adolescencia.

Cuando cambiar la rutina no es una molestia

Además, hay niños para quienes todo esto adquiere una importancia todavía mayor.

Niños con enfermedades crónicas, con discapacidad intelectual, con alteraciones del desarrollo, con problemas motores o sensoriales. Niños que necesitan fisioterapia, logopedia, estimulación, atención psicológica o educación especializada.

Y, de manera muy particular, algunos niños con trastorno del espectro autista (TEA).

Conviene aclarar algo: el autismo no debe entenderse simplemente como una enfermedad. Es una condición del neurodesarrollo enormemente heterogénea. Hay personas autistas prácticamente autónomas y otras que necesitan ayuda considerable durante buena parte de su vida.

Pero en muchos niños con TEA existe una necesidad especialmente intensa de anticipación y predictibilidad.

El horario visual. La misma ruta. La persona que los recibe. El aula conocida. El orden de las actividades. El momento del descanso. La terapia. Incluso pequeños detalles que para nosotros pasan inadvertidos pueden constituir referencias mediante las cuales organizan un entorno que, para ellos, puede resultar considerablemente más difícil de interpretar.

Cuando esas referencias desaparecen de repente, no siempre podemos decirles sencillamente: «No pasa nada, mañana será diferente».

Porque precisamente que mañana sea diferente puede ser el problema.

La investigación realizada con niños autistas ha encontrado una asociación particularmente estrecha entre la alteración de las rutinas y el estrés infantil, especialmente cuando concurren dificultades de procesamiento sensorial e intolerancia a la incertidumbre.

Por eso una crisis de conducta, una regresión aparente, el insomnio, una mayor irritabilidad o una conducta repetitiva más intensa después de un cambio importante no deberían interpretarse automáticamente como mala educación o capricho.

A veces son su manera de decir:

«Ya no entiendo lo que está ocurriendo».

Hay colegios que son mucho más que colegios

También deberíamos recordar algo cuando hablamos de centros educativos y centros especializados.

Para muchos niños, esos lugares no son únicamente edificios donde se imparten matemáticas, lengua o ciencias.

Son espacios donde reciben terapia.

Donde aprenden a comunicarse, trabajan su autonomía, aprenden a tolerar estímulos y adquieren habilidades que probablemente la mayoría de nosotros desarrollamos sin darnos siquiera cuenta.

Y donde profesionales que llevan meses o años conociéndolos saben reconocer una mirada, un movimiento o un cambio de comportamiento que para cualquier otra persona podría pasar inadvertido.

Interrumpir innecesariamente esa estructura puede tener consecuencias mucho mayores para ellos que perder unos cuantos días de clase.

No significa que debamos mantener abiertos los centros a cualquier precio.

Significa exactamente lo contrario.

Debemos proteger especialmente aquello que más necesitan.

La seguridad física siempre debe estar por encima de cualquier calendario. Si un centro no reúne las condiciones necesarias, naturalmente habrá que adoptar las decisiones pertinentes.

Pero la valoración debería contemplar también qué ocurre con los niños si esa rutina se interrumpe y, sobre todo, qué alternativas se ofrecerán.

Especialmente cuando hablamos de menores con necesidades educativas especiales, enfermedades crónicas o trastornos del neurodesarrollo.

Las familias de Ceuta han pedido que antes del comienzo del curso se valore el estado de los centros, sus accesos, el entorno y las medidas de seguridad, y que exista coordinación entre Educación, la Ciudad y las

Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. También han solicitado expresamente recursos para atender posibles situaciones de miedo, ansiedad, estrés o preocupación entre los alumnos.

Me parece una petición razonable. Pero añadiría otra.

Cuando preparemos la vuelta a la normalidad, miremos primero a quienes tienen más difícil adaptarse cuando esa normalidad desaparece.

Preguntemos qué ocurrirá con los niños que necesitan transporte adaptado, terapias, profesionales especializados o centros específicos. Preparemos con suficiente antelación cualquier cambio. Informemos a las familias. Permitamos que anticipen a sus hijos dónde estarán, quién los recibirá y qué ocurrirá al día siguiente.

En niños con TEA, por ejemplo, puede ser enormemente útil anticipar los cambios mediante fotografías, calendarios, historias visuales o secuencias sencillas que permitan convertir lo desconocido en algo previsible; precisamente los apoyos visuales se utilizan para favorecer la predictibilidad, la comunicación y la participación.

Y si finalmente todo puede comenzar con normalidad, hagamos también algo aparentemente pequeño: devolvámosles la rutina.

Después de semanas extrañas, quizá no necesiten grandes explicaciones.

Quizá algunos sólo necesiten volver a escuchar el despertador, ponerse la mochila y protestar porque no quieren levantarse.

Quizá otros necesiten volver a encontrar en una pared el mismo pictograma que les indica qué actividad viene después.

Quizá otro niño necesite simplemente reconocer a la persona que cada mañana le extiende la mano al entrar en su centro.

Para nosotros será la vuelta al colegio. Para ellos puede significar algo bastante más importante: que el mundo vuelve a estar en su sitio.

Porque proteger a un niño no consiste únicamente en alejarlo del peligro. También consiste en devolverle aquello que le permite sentirse seguro.

Y algunas veces, para un cerebro que todavía está aprendiendo a comprender el mundo, la rutina también es salud.

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