En las relaciones internacionales existen varios acercamientos para distinguir a los principales estados. Algunos lo consideran entre enormes poderes y actores débiles/fallidos. En cambio, otros subrayan una ordenación entre superpotencias, poderes intermedios y países pequeños. Si bien, una caracterización significativa es la que especifica el contraste entre potencias revisionistas y potencias statuquistas.
Como quiera que sea, se tiene la opinión que las naciones pro statu quo están satisfechas intentan apuntalar las reglas de juego, se proyectan en salvaguardar el orden en vigor y pretenden robustecer las instituciones. En tanto, se supone que son colaboradoras ejemplares que proceden con responsabilidad para afianzar la estabilidad mundial. Y en la senda contraria, los revisionistas son expuestos como potencias descontentas que persiguen minar las normas que estructuran la actividad política y la relación estado-sociedad, pues buscan subvertir el orden establecido para obtener beneficios. Además, son mostrados como actores imprudentes que anhelan un ascenso agresivo y que admiten posiciones arriesgadas y subversivas.
Dicho esto, en el debate académico y político de nuestro tiempo, los referentes del revisionismo suelen ser la Federación de Rusia y la República Popular China. Véanse como ejemplos constatados, el poderío nuclear ruso mediante la tríada modernizada (misiles terrestres, submarinos y bombarderos), al igual que su política punzante y belicosa hacia Ucrania, el despliegue en Siria, su apoyo a la República Bolivariana de Venezuela, el recurso a los ciberataques o la tentativa de restaurar su esfera de influencia, son enumerados como muestras de una tendencia revisionista.
Contemplando a China, los que confirman que la inclinación de Pekín es revisionista, subrayan que su ascensión será, en el largo plazo, disruptiva y dañina, a pesar de que hasta el día de hoy ha manifestado con actos que su marcha es pacífica y pragmática. Realmente, el gigante asiático es una gran potencia regional que difiere de convertirse en una superpotencia global.
Si tomamos a rajatabla el concepto de poder revisionista, el que denota descontento y ofuscamiento atenuando las regulaciones, alianzas y regímenes internacionales, aparece en el atisbo los Estados Unidos de América. Uno de los mayores aportadores y favorecidos del orden liberal tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), que actualmente se ha erigido en un actor disonante y que origina desconcierto.
La literatura sobre el revisionismo y la política exterior resalta con pelos y señales que es primordial no perder de vista las áreas temáticas concretas. De hecho, el revisionista suele ser apasionado con la soberanía: la procura ratificar aunque muchos imploren su punto y final. Otro recinto es el comercio, porque acostumbra a refunfuñar sobre el coste del libre mercado y embarcarse en el proteccionismo.
En el tema de no proliferación, en vez de reforzar la defensa del régimen en el fondo y suscitar el desarme, opera sutilmente abanderando la proliferación y aviva la carrera armamentística. Y en cuanto a las instituciones, la nación que cercó el revisionismo desgasta las organizaciones internacionales y enfría el multilateralismo. Obviamente, a la hora de hablar de asuntos sensibles en territorios geopolíticamente notables, el comportamiento del revisionista devora la inquietud y el desorden. Habitualmente el revisionista acude al discurso de amenaza y represalia.
Lo desgranado hasta ahora, refleja a grandes rasgos la gestión del presidente estadounidense Donald Trump (1946-79 años), porque en vez de conjurar las virtudes de la interdependencia y los límites de los aires soberanistas, su dirección ha encasillado el argumento de la soberanía como núcleo integrador de sus decisiones.
“El colofón no es recomponer el orden liberal, sino exprimir el máximo jugo de cada relación bilateral”
Washington ha agravado el proteccionismo seguido de la carga de aranceles a estados aliados. Dejar en la estacada el Tratado de Armas Nucleares de Alcance Medio y el acicate de militarizar el espacio, influyen a más no poder en el incremento nuclear y auguran otra galopada armamentística. Conjuntamente, la renuncia del Acuerdo de París en materia ambiental y la parálisis del Consejo de Seguridad, verifican la propensión por el unilateralismo. La artimaña de las conexiones hacia Arabia Saudita, Irán y el sumario israelí-palestino, parece consignado a alimentar más confusión en Medio Oriente. Los agravios e injurias repetidas a líderes amigos y enemigos por parte de Trump, destapan su condición díscola. Lo absurdo es que la potencia que se creía que preservaba e impulsaba el statu quo, se ha vuelto revisionista.
Adelantándome a lo que seguidamente justificaré y a modo de guion, en el contexto donde un país emergente desafía a la potencia dominante, la noción de revisionismo es parte de la ‘teoría de la transición de poder’. De este modo, una potencia revisionista es un estado que sea como fuere, explora agitar el orden internacional, por considerarlo indebido o contradictorio a sus ínfulas.
En el polo opuesto, las potencias de statu quo hacen lo indecible por variar el sistema cebando el proteccionismo y desafiando instituciones multilaterales, en vez de sostenerlo. O séase, una potencia revisionista razona que el sistema presente coarta su peso de poder, rastreando apresuradamente su remodelación.
Con estas connotaciones preliminares, desde que Trump prestara su juramento como el cuadragésimo séptimo presidente de Estados Unidos, no es la primera vez que se recapitula una doctrina de aislacionismo y desapego hacia Europa Occidental. Sin ir más lejos, recuérdese la Doctrina Monroe (1823) con su memorable “América para los americanos”, sin dejar en el tintero la desaprobación de 1919 con un Senado sofocado por republicanos para formar parte de la Liga de las Naciones e infundida por el internacionalismo de Woodrow Wilson (1856-1924).
Tampoco es la primera vez que Estados Unidos augura una expansión geográfica. Lo concibió con el ‘Destino Manifiesto’ (1845), que gravitó la conquista del Oeste, principalmente a costa de México y que se fraguaría hasta el ascenso sobre el Pacífico Norte; o de las imposiciones imperiales del período del ‘Gran Garrote’ sobre el Caribe, junto al intervencionismo en México y Centro América en las primeras tres décadas del siglo XX.
El estilo aterrador sobre los contendientes ha sido acaparado en tiempos pasados, con Ronald Reagan (1911-2004) a la cabeza, definiendo literalmente a la Unión Soviética de Yuri Andrópov (1914-1984) ante la Asociación Nacional de Evangélicos estadounidense, como “imperio del mal”.
Esta mordacidad se reanudaría con el término “eje del mal” declarada por George W. Bush (1946-79 años) en su alocución del Estado de la Unión, para apuntar a los regímenes que en esta visual respaldaban el terrorismo y reconocidos como Irán, Irak, Corea del Norte, Libia, Siria y más tarde, Cuba.
La conexión política con los intereses económicos domésticos ha sido el caballo de batalla desde la época anterior a la Guerra de Secesión (1861-1865), con apenas un par de presidentes haciendo frente a los gigantes de la industria o colosos bursátiles.
Y es que ni tan siquiera los obstáculos migratorios son excepcionales, aunque sí el ímpetu y los medios existentes, si se advierte que el curso de ‘Puertas Abiertas’ a la inmigración acontecida entre los años 1820 y 1921, respectivamente, fecha esta última de puesta en funcionamiento de un método de cuotas para replicar a la recalada masiva de corrientes venidas de Europa del Sur y Este.
Como tampoco en ningún otro tiempo, un mandatario de Estados Unidos fue declarado encausado por un jurado local, aunque sin castigo ni sanción para acatar la resolución fallada por el Tribunal Supremo con relación a la inmunidad de sus operaciones de acoso y derribo.
Pronto, su papel en la incitación del levantamiento de un hervidero de individuos sobre el Capitolio (6/I/2021) es desconocida en la historia de este país. Aunque existieron administraciones norteamericanas cómplices en golpes de estado en Asia y América Latina durante la Guerra Fría (1947-1991), las vicisitudes detalladas son totalmente originales para el devenir de América.
Curiosamente, la nación ordenadora y fiadora del sistema internacional, moldeada a su imagen y semejanza, termina convirtiéndose en un país revisionista, desafiador de su arquetipo. Por cierto, no es que con anterioridad no lo fuera, porque el mencionado Woodrow Wilson trazó en 1919 variaciones en el sistema internacional, justificado en la tradición de defensa de los Derechos Humanos y en el menester de poner en marcha instituciones simbólicas globales.
Tampoco es un vaivén derivado de la noche a la mañana, porque la crisis financiera de 2008 y su consiguiente recesión fue el encendido de la apreciación desde el foco al orden liberal de la posguerra. El desastre se suscitó al corazón de un Estado que no estuvo capacitado para proporcionar equilibrio económico. A ello le acompañaron los inmensos volúmenes migratorios en 2015 y un año después, el Brexit y la llegada de Trump.
Por aquel entonces, las derechas radicales del Norte se ladearon con desparpajo en proyectos proteccionistas y anti pluralistas, mientras las del Sur intransigieron su libre mercado.
En último lugar, la crisis epidemiológica y los conflictos bélicos se incluyeron en un combinado explosivo que disipó la confianza de un sistema defendido por Estados Unidos y sus socios que compartían sus valores. Lo cierto es, que las debilidades acabaron por hacer quebradizo el sistema. Quizás, por su severa jerarquía y un multilateralismo descabalgado a su solera anglosajona. Pero, sobre todo, por la eventualidad de potencias globales y regionales que a duras penas podían ser coligadas bajo el criterio del Sur Global.
El antiguo orden se catapultaba en su ‘Leviatán Liberal’, como en los indicios ideológicos liberales, tanto en lo económico desembocado en políticas de libre mercado y en el aspecto político formulado con el bastión de la democracia y los valores concebidos universales, todo ello bajo la preeminencia de los derechos humanos.
Llegados a este punto, un multilateralismo que compensaba a la tradición liberal para lanzar el comercio, el desarrollo o los propios derechos humanos acentuados en las agencias de Naciones Unidas o la cultura realista en la defensa, esta última con ocasión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Cabe señalar, que en las investigaciones internacionales las potencias revisionistas fueron inicialmente relacionadas al imperialismo que aspiran cambiar a su favor una relación histórica de poder. Un Estado revisionista se acomodaba a la conquista de recursos y valores. Llámense, espacios geográficos, estatus o mercados que inspiraría otro ideal de orden internacional que, a su vez, demandaba socios solidarios.
Con anterioridad a la pandemia del SARS-CoV-2, diversas potencias revisionistas como Rusia o China, objetaron el orden global, incorporando el apoyo de países auto declarados rebeldes como Venezuela o Irán. Aunque sin la capacidad latente de examinar por sí mismos el orden internacional.
Se tiene la opinión como si Trump se hubiese decidido a alterar las agujas del tiempo para afrontar los desdenes de Estados Unidos. Pues concibe que hacer grandioso a su país nuevamente, entraña retornar al período del aislacionismo, antes que Washington se implicara de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Sus ofrecimientos suponen no solo aniquilar el legado de su antecesor Joen Biden (1942-83 años), sino que desbaratar las instituciones con que Estados Unidos predominó en la Guerra Fría y la primera parte de post Guerra Fría (democratización, conflictos internos y transición hacia un mundo multipolar).
Un ensueño para algunos o ensayo para otros.
En líneas generales, los compases globales de origen angloestadounidense serán mutilados por una desglobalización que merodea pactos exclusivos, cuando no simples exigencias inexorables en los círculos contiguos de las primeras potencias. Esto último más cercano al modo de obrar de Vladímir Putin (1952-73 años).
En resumidas cuentas, Trump parece haber interpretado el rumbo de ciclos de apogeo y declinación de las potencias señaladas, que en cuanto más incrementan los países su poder, superior es la proporción de sus recursos destinados a su sostenimiento, enfocando fundamentalmente el punto de equilibrio entre producción de riqueza y coste militar.
Los imperios decadentes apuran su desplome al reubicar sus recursos a la defensa, para a la postre desatender la economía. Primero, ocurrió con España en el siglo XVII; posteriormente le llegó el turno a Francia en el siglo XVIII e Inglaterra en las postrimerías del siglo XIX y con Estados Unidos al aumentar sus responsabilidades y apostar por un presupuesto militar ornamentado de Guerra Fría.
Lo expuesto anteriormente muestra que es permisible distinguir imponentes aparatos represivos estatales, cuando ya se ha entablado la inclinación del debilitamiento económico de una nación. Atajar o regular esa evolución estriba de las destrezas en las élites para definir consensos internos y encontrar aliados externos. Amén, que Trump se desliza como pez en el agua sobre la polarización doméstica y relega a aliados legendarios, como Canadá o Europa Occidental. Su boceto de recortes a la administración federal atraído por la flexibilización del sector digital, surge mientras militariza el ejército y la guardia nacional en la frontera, intimidando a Panamá y Dinamarca con agrandar su hegemonía en el Canal de Suez y Groenlandia.
No obstante, tanto en las potencias democráticas sostenedoras del orden internacional liberal como en las revisionistas, afloran nuevos nacionalismos.
Tanto de cuño ofensivo como defensivo donde se opina que numerosos actores desisten a la política exterior explorando alargar el control en sus pertinentes esferas de influencia. Consideran que desenvolverse de poderes o policías globales, les constituye más gastos que ganancias. O lo que es igual, les induce a aventurarse por el proteccionismo, la soberanía e independencia de otros actores de cara al multilateralismo o las instituciones supranacionales, sin perder de vista el aislacionismo.
Este cambio de posicionamiento causa un instinto en la que los principios del multilateralismo se tornan enfilando al unilateralismo y el aliciente nacional, en una realidad donde la geopolítica relega a la gobernanza. A este respecto, hay que añadir la astenia de los organismos supranacionales. Especialmente, la Organización de Naciones Unidas (ONU), que en razón de algunos observadores, ha naufragado en su designio de conservar la paz, como lo indican los conflictos bélicos existentes.
Del mismo modo, el andamiaje de la organización continúa siendo obsoleto y los supuestos de innovación son frustrados, mostrándose inoperante para encarar las amenazas alumbradas en el siglo XXI. La particularidad de las mismas ha permutado significativamente en contraste con las de la Guerra Fría. Y en el escenario del momento, las amenazas están configuradas por un elemento transnacional: el cambio climático es un aviso para navegantes que no discrimina entre países ricos y pobres.
En paralelo, el terrorismo en sus diferentes prácticas tampoco determina cuándo arremete ni a quién aborda. Y potencialmente, entre otras, se encuentra la amenaza de la proliferación nuclear, la intensificación exponencial de los flujos migratorios, la trata de personas, la piratería o el tráfico de drogas, que precisan de una respuesta inmediata y multilateral. Y cómo no, el progresivo nacionalismo inclinando la balanza hacia componendas unilaterales o bilaterales, en vez de arriesgar por el multilateralismo y la gobernanza global, puesto que ningún actor se encuentra facultado por sí mismo para hacerles frente.
“En esa lógica, la administración Trump redelinea el papel internacional de su estado, no como patrocinador del orden liberal, sino ahora como un actor revisionista”
Hoy en día, la sociedad occidental ha transitado hacia un modelo cimentado en el hedonismo y consumismo. Este patrón es armado por los mecanismos de los medios de comunicación para incitar, modelar la opinión pública y fiscalizar la agenda política, actuando como actores económicos y sociales clave, como las grandes corporaciones del poder mediático que funcionan sustentándose en los intereses de la élite corporativista dominante.
Este acaparamiento del mensaje comunicativo, junto con el extravío de la capacidad de cuestionar, analizar y evaluar (espíritu crítico social), reporta el afianzamiento de fuerzas políticas que a pesar de su pésima gestión, sacan rédito para resistir en el poder. Toda vez, que una parte de la ciudadanía ha eludido esta especie de decaimiento colectivo, tomando conciencia sobre sí misma de los menoscabos inmanentes a este sistema que ha supeditado el mundo desde 1991.
Otro ingrediente a modo de variante interviniente es el repecho del atractivo de la democracia liberal ante el brote de los sistemas autoritarios. Un antecedente aclaratorio que evidencia lo referido, es que en el año 2012 el 54% de la urbe global residía en estados libres. Aunque ese porcentaje ha decrecido al 28%. Es más, en la última década la cantidad de democracias libres ha bajado de 42 a 32.
Por otra parte, los países no libres se han igualado en representación a las democracias. Su importancia en la economía se ha elevado drásticamente, saltando de implicar el 12% del PIB mundial en 1990, a un tercio. La acentuación del populismo se irradia en la difusión del concepto de democracia antiliberal. Es sabido que en el Viejo Continente sobrenadan formaciones de sello ultraderechista que impugnan el modelo de democracia liberal y defienden las democracias iliberales (sistema híbrido). A ello se une el reproche hacia organizaciones internacionales como la ONU, la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial, a las que culpan de ser marionetas de los estados más avanzados.
En este entramado, las potencias revisionistas recobran sus valores históricos y tradicionales, como la religión para vigorizar sus identidades y asir una identidad propia. Claro, que esto les otorga perfilarse como un estado-civilización con valores únicos y característicos, echando por tierra la imagen de similitud que Occidente o el universo anglosajón, habían trazado. Entre estos actores se circunscriben países como Rusia, China, Irán o Turquía.
En consecuencia, se pueden extraer algunas impresiones e hipótesis que operen una predicción incontrastable en torno al calado del revisionismo en el orden mundial que acabe desterrando al orden liberal.
En principio, se puede interpretar que existe un empeño al orden internacional liberal reproducido en la reaparición del nacionalismo, que ha cambiado el efecto dominó de una triple obstinación de cara a la globalización, modernización y occidentalización. En este punto, la utopía asentada en la preeminencia de las democracias liberales y las economías de mercado, sometidas por una élite corporativista que ha desplegado la exclusividad política, económica e ideológica, ha fracasado.
La aldea global que ha irrumpido, ha variado, porque se significa más por una modalidad de competencia entre grandes actores, o si se quiere, competencia estratégica. El parangón occidental equidistante a la democracia liberal y la economía de mercado, pierde su seducción, incluso dentro de Occidente. Esto sucede con el alza de corrientes que rebaten los principios que fundieron el orden internacional liberal, condenando a la pleitesía de los países a los intereses corporativistas por la merma de su disposición predominante. Y para compensar esta trayectoria, reclaman respuestas en sus referidos nacionalismos y valores tradicionales.
Pruebas únicas de esta anomalía encierran los liderazgos de Trump, Putin, Xi Jinping (1953-72 años) y Recep Erdoğan (1953-72 años), así como las fuerzas políticas de extrema derecha en Europa que acumulan una línea empinada.
Más allá de su forma absurda e insensibilidad figurada por la coherencia doctrinal, Trump confirma y produce una fractura en el sistema internacional: la supremacía americana anclada tras la consumación de la Segunda Guerra Mundial y fortalecida tras el derrumbe de la Unión Soviética, ya no es razonable. Su dictamen, más que una quiebra, es una relectura tajante: para que Estados Unidos reconquiste su superioridad, ha de desistir a desempeñar la hegemonía mundial.
En esa lógica, la administración Trump redelinea el papel internacional de su estado, no como patrocinador del orden liberal, sino ahora como un actor revisionista. Detrás quedan los pretéritos deseos de amparar un orden multilateral: actualmente, el fin es amarrar por medio de la presión económica, advertencias turbulentas y coacciones diplomáticas, una nueva ordenación de poder más propicia para Washington.
El revisionismo de Trump se modula así, no desde un enfoque in crescendo, sino desde el conocimiento de un desnivel tocante. Esto es, la obcecación frenética de una superpotencia que añora que el sistema en el que confió ya no le recompensa.
Finalmente, desde su panorámica imperial, Estados Unidos requiere de tiempo para rehabilitarse, pero paradójicamente sus maniobras geopolíticas anticipan los conflictos, en vez de serenarlos, lo que ocasiona un encontronazo entre sus requerimientos estratégicos reales y sus iniciativas tácticas más próximas.
La guerra comercial en marcha es la estampa ostensible: aunque su política comercial arrastra el mantra de reindustrialización e independencia económica, su afán impredecible y ofensivo puede languidecer a Estados Unidos, desbaratando alianzas, paralizando inversiones y apremiando el cambio hacia un orden multipolar. Su astucia lo dice todo: sea como sea, recurrir al peso económico, militar y financiero para reajustar las reglas de juego. Y si esto conlleva castigar a aliados, desguarnecer instituciones internacionales o aplicar aranceles desmedidos, que así sea. El colofón no es recomponer el orden liberal, sino exprimir el máximo jugo de cada relación bilateral.
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