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Resistir y remar a contracorriente

Hace pocas semanas, Estados Unidos abandonó la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el IPCC, cumpliendo la promesa de Donald Trump y debilitando el multilateralismo climático. Esta misma semana, la prensa ha informado de que su Administración ha aprobado una medida que elimina o debilita los límites federales a las emisiones de gases de efecto invernadero. La noticia añade que el presidente rechaza la validez de los estudios científicos que respaldan la lucha contra el cambio climático.

Desde un punto de vista científico, la eliminación de límites a los gases de efecto invernadero implica un aumento directo de emisiones, una aceleración del calentamiento global y una reducción de la capacidad del país para mitigar y adaptarse a los impactos climáticos. El IPCC ha sido claro durante décadas: “Cada incremento adicional de calentamiento intensifica los fenómenos extremos y los riesgos asociados” (IPCC, AR6, 2021).

Todo ello ocurre en pleno apogeo de condiciones climáticas adversas en muchas partes del mundo. En la Península Ibérica, por ejemplo, estamos inmersos en un tren de tormentas caracterizado por la llegada sucesiva de borrascas atlánticas profundas, impulsadas por una corriente en chorro muy activa. La ciencia climática establece que el calentamiento global aumenta la probabilidad, intensidad y persistencia de estos episodios, debido al mayor contenido de humedad en la atmósfera y a la alteración del jet stream (IPCC, AR6; NOAA, 2023).

Políticamente, corren malos tiempos para la defensa del medio ambiente. El presidente Trump se ha convertido en una figura central en el retroceso de las políticas climáticas internacionales. Su apuesta por el petróleo y el carbón —a pesar de la evidencia científica sobre sus impactos— responde a intereses económicos y geoestratégicos. Aunque los demócratas y diversos grupos ecologistas han anunciado que recurrirán estas decisiones en los tribunales, el resultado es incierto. Tampoco en el resto del mundo soplan vientos favorables: la ola reaccionaria de la extrema derecha ha fijado como objetivo revertir las políticas ambientales de los últimos años. Como ejemplo, basta observar la reciente propuesta de Isabel Díaz Ayuso de conceder la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid a Estados Unidos por ser “el principal faro del mundo libre”.

Semanas atrás, en un artículo titulado “El negacionismo silencioso”, destacaba la reflexión del investigador británico Tim Chatterton, quien subraya la importancia de romper el silencio social en torno al cambio climático. Aunque existe un conocimiento generalizado sobre la gravedad del problema, muchas personas evitan hablar de ello en su vida cotidiana, lo que perpetúa la inacción colectiva. Según Chatterton, solo cuando normalicemos el debate público y personal sobre el clima podremos generar el compromiso necesario para impulsar cambios reales y sostenidos.

En el magnífico libro Educación en valores ambientales, el especialista en Ciencias Ambientales Federico Velázquez nos invita a reflexionar sobre el papel crucial de la educación en la construcción de una ciudadanía consciente, crítica y comprometida con el planeta. Propone integrar los valores ecológicos desde una perspectiva ética, activa y transformadora, recordándonos que “en un mundo cada vez más afectado por el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación ambiental, educar en valores ambientales ya no es una opción, sino una necesidad urgente”.

De forma complementaria, la profesora e investigadora de la UNED M.ª Ángeles Murga-Menoyo, miembro de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental, aborda en su obra Desarrollo sostenible la necesidad de una educación orientada hacia un mundo sostenible. Sugiere estimular la lucidez, el autoconocimiento y la autocrítica; fomentar el diálogo; activar la imaginación para encontrar alternativas; asumir la incertidumbre y entrenar la resiliencia; y construir soluciones apoyándose no solo en la ciencia, sino también en la ética y el arte. Además, advierte que la tecnociencia, aunque imprescindible, también ha contribuido a generar muchos de los problemas ambientales actuales.

Murga-Menoyo recurre a una hermosa metáfora marinera: “Los marinos curtidos saben bien que los vientos arrecian al doblar el cabo hacia un nuevo mar. También que quienes son capaces de resistir y remar a contracorriente pueden llegar al punto deseado.”

Una metáfora magnífica para recordar que, incluso en tiempos de retrocesos y turbulencias, la esperanza y la acción colectiva siguen siendo el timón para construir un mundo mejor.

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