Poeta de letras en aguafuerte, ácido para los formales bien pensantes que solo son capaces de digerir sonetos de alabanzas, brutalmente incómodo para los que quieren que todo cambie para que todo siga igual, León Felipe sintetizó en 1938 parte de su rabia y de sus anhelos en el poema “Ya no hay locos”, incluido en la obra “El payaso de las bofetadas”.
Este francmasón zamorano, que se exilia a México (lugar donde fallece en 1968) escribe, a modo de gruesos brochazos de alquitrán sobre pared de blanca cal, que en España ya no hay locos desde que “se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto”.
Soberbiamente puesto en música por el genial Paco Ibáñez, el poema del que fuera agregado cultural de la embajada de la República Española en el exilio, se lamenta de la cordura borreguil de una sociedad “horriblemente cuerda”.
Sin duda, León Felipe es un genio de las letras vitriólicas cargado de razón. El inmortal autor de “Como Tú” reivindica la locura frente a la acomodaticia cobardía de los que defienden la cordura de seguir, sin rechistar, en las ordenadas filas que nos llevan irremediablemente al matadero.
Así pues, quienes utilizamos la razón, que marca lo justo, y la consciencia, cuya finalidad es trazar la vital utopía, comprobamos con desazón y cansino asco cómo, en la sociedad en la que nos ha tocado lidiar, se impone el horizonte del cortoplacismo político.
Asimismo, el sentido crítico está siendo reemplazado por el pensamiento único y no querer pasar por el fielato social se ha transformado en toda una rebeldía. Todo aquel que se atreve a salirse de la norma es tildado de revolucionario o de antisistema en el mejor de los casos, y es repudiado, cuestionado y vilipendiado en la mayoría de las ocasiones.
Al límite del hastío, vemos cómo los dogmas, que se creían desterrados para siempre, vuelven con fuerza cambiando la piel de lobo por la de cordero cuando menester es y conveniencia aconseja.
Sufrimos de ver cómo los históricos avances que las generaciones lograron a cambio sangre, sudor y lágrimas se disuelven en la nada ante la patética indiferencia en la que suelen revolcarse los mansos.
Situados entre la rabia de León Felipe y la amplitud de miras de de pensadores como Ricardo Mella (“La libertad como base, la Igualdad como medio y la Fraternidad como fin”) asistimos atónitos como una marea parda irremediablemente nos empuja, todos los días un poco más, hacia las mazmorras de la intolerancia sin que a nadie del mundo de los cuerdos parezca importarle eso un bledo.
Parece que ha llegado la hora de volver a proclamar el lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad” al tiempo que urge defender la locura. Es perentorio también reivindicarnos como locos de atar, locos furiosos que no quieren, ni pueden, aceptar la avalancha de esa sensatez que nunca se atreve a incomodar y que nos acaba inundando de inmundicia.
Así pues, como hizo el loco que montaba Rocinante, reivindiquemos y vivamos la locura como única posibilidad de ser y estar para continuar avanzando y haciendo avanzar.
En el improbable caso de que alguien pudiese preguntarse qué sentido tiene que hagamos de esta particular enajenación una bandera y un modo de vida, este AQ entiende que para darse cuenta de todo solo hace falta asomarse a la sangrante realidad que nos rodea, porque:
Si la cordura es permitir la explotación del hombre por el hombre hasta que llegue la muerte, prefiramos la locura y volvamos a construir un mundo libre.
Si la cordura equivale a soportar dócilmente la mordaza, es preferible estar locos hasta que los gritos en el cielo sean actos en la tierra.
Si la cordura es dejar que la emergencia climática acabe con la vida de todos y de todo, optemos la locura de trabajar por y para el medio ambiente, porque eso equivale a construir el presente y el futuro.
Si la cordura es aceptar que la paz es lo que se sitúa entre dos guerras, transformémonos en locos pacifistas que claman que las guerras solo responden a intereses creados. Otro poeta, el francés Paul Valery, los describió perfectamente al afirmar “la guerra es una masacre entre gente que no se conoce, para provecho de gente que sí se conoce, pero no se masacra”.
Si la cordura es permitir que, en el grado de industrialización y automatización en el que nos encontramos, se sigan llevando a cabo interminables horas de trabajo (pagadas a precio de miseria), mientras un enorme porcentaje de la población activa se encuentra desprotegida y en el umbral de la pobreza, abracemos la locura de pensar en una sociedad racional y más justa.
Si la cordura es cerrar los ojos ante el desmantelamiento de la sanidad pública y la potenciación a ultranza del sector privado a mayor gloria de las grandes empresas y siempre en detrimento de nuestros servicios públicos, decidamos abrir los ojos de la locura para no dejar que las conquistas logradas en esta materia acaben en el pozo del olvido.
Si la cordura es admitir que escuelas, institutos y universidades son fábricas de la enseñanza del pensamiento prefabricado, en lugar de aprender a pensar, a razonar, a tener sentido crítico y construir, entonces debemos optar por la locura de una escuela que reúna los valores que implantó, por ejemplo, la Escuela Moderna.
Si la cordura es estar ajenos a las actuaciones de los grandes imperios que succionan las riquezas de países indefensos, entonces abracemos la locura de los libertadores y defendamos a quienes ven sus legítimos gobiernos machacados a cuenta de las multinacionales.
Si la cordura es aceptar con indiferencia, y hasta con desdén, que miles de seres humanos se mueran de frío, de asco, de hambre o ahogados en los mismos mares en los que los nuestros disfrutan del baño, y todo por intentar alcanzar un mundo mejor huyendo de guerras y miserias, volvámonos locos de atar y reclamémonos todos de la raza humana, sin distinción de color de piel, creencias, sexo o condición social. Fraternidad, se le llama a esto.
Si la cordura es quedarse quieto para que no se nos muevan las orejeras que tienen la misión de limitarnos pensamiento y razonamiento, seamos esos locos de atar que son capaces de ver lo que otros ni siquiera imaginan.
Si la cordura es permitir que los fanatismos vuelvan con fuerza negando holocaustos, campos de concentración, gulags y demás horrores, decidámonos por la locura de recordar las atrocidades para que nunca vuelvan a ocurrir.
Si la cordura es aceptar como válidas las discriminaciones por tener una vida sexual no recogida en tales o cuales textos sagrados, por apartar de la vida a todos aquellos que nazcan sin alas (como bien alude Ismael Serrano para reivindicar la diversidad) o por marginar a todo aquel que se salga de las rutas trazadas, continuemos siendo esos locos de atar que sólo entienden de igualdad, de equidad, de abrazos fraternales y de manos tendidas.
En esas estamos.
Frente a una pretendida cordura que tiene como objetivo hacernos cada vez más esclavos, encadenándonos más y más con discretas pero eficaces técnicas, seamos más francmasones que nunca y denunciemos que la sociedad que están edificando a modo de mazmorra es fruto, en el mejor de los casos, de un demente. Su supuesto equilibrio mental nos está arrastrando hacia el abisal de esa sociedad tenebrosa que ya mostró Orwell en su 1984. Otro loco que se atrevió a mirar más allá.
Seamos los locos que tanto echaba de menos el vitriólico poeta y vivamos la locura de proclamarnos con la Libertad de pensar.
Argumentemos que si estar horriblemente cuerdo es ser como “ellos”, nosotros no queremos esa clase de equilibrio mental que rima con barbarie. Queremos seguir trabajando por el mundo nuevo que llevamos en el corazón y si continuar defendiendo que la Libertad es la base, la Igualdad el medio y la Fraternidad el Fin es estar rematadamente loco, entonces bendita locura la que nos permite seguir caminando hacia la utopía.
Mi Mañica preferida, que adoraba a José Antonio Labordeta, lo citaba al decir en su inmortal “Albada” que “ya es hora de tener en nuestras manos lo que nos quitan de fuera”. Y tanto que sí.
“Ya no hay locos en España”, decía León Felipe y afortunadamente a las pruebas de vuestra existencia me remito para contradecirle. Porque, ¿qué mayor evidencia de locura que vivir cada vez más libre en nuestros pensamientos, resistiendo a los atractivos grilletes que nos ofrecen para dejarnos llevar, junto al rebaño, hacia el matadero de turno sin nunca cuestionar nada?
¿Locura llena de Luz o cordura repleta de oscuridad?
Que cada cual elija su camino... otros ya lo hicieron antes.
Eso sí, una vez más, la reflexión es suya.
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