Después de varias horas de autobús desde Oaxaca llegué a Ciudad de México a pasar mis últimos días antes de mi vuelta a España. Me instalé en el barrio bohemio de Narvarte, soy de costumbres fijas y no suelo cambiar si me encuentro a gusto en algún lugar. En el extrarradio del DF, a una hora desde donde me alojaba vive mi amigo Chuyo, decidí ir a pasar el dia con él y su adorable familia al norte del Centro San Miguel, un lugar tranquilo lejos del caótico tráfico de la capital. Buena conversación y el descubrimiento de Tepotzotlán, un pueblo con encanto.
El resto de días lo dediqué a patear y contemplar algunos barrios que me faltaron por descubrir la última vez que estuve y a comer tacos, quesadillas y pozoles como si no hubiera un mañana. Mi futura vuelta a México se me antojaba incierta y quería empaparme de su gastronomía, su cultura, sus costumbres y de su Sol antes de tomar el vuelo.
Me encontraba físicamente exhausto, mi rodilla derecha no daba para más, me sentía emocionado por volver a ver a mis hijos, a mi familia y amigos, robarles tiempo y estar con ellos, tan solo por estar e intentar encontrar esa sensación de hogar que siempre me ha sido esquivo, porque no supe amarme y cuando aprendí descubrí que estaba solo, como desde niño cuando jugaba en ‘la huerta de Paneque’. Una parte de mí sentía miedo de volver y no encontrar calidez en mi querida soledad y dudé en si mi camino a Ítaca no era más que una huida hacia adelante además de un sueño cumplido.
A mi vuelta a España encontré un Madrid gélido que fue contrarrestado por el reconfortante Amor de mis hijos, ponernos al día fue tremendamente divertido y sentir su presencia me hizo sentir vivo de nuevo. En Castellón recogí algo de ropa de invierno que necesitaba y disfrute de la compañía de mi hermano Jorge. Málaga con mi hermana fue el descanso del Guerrero, donde siempre acudo cuando quiero que el Sol brille en mi vida. De paso echarme unas risas y vinos con mi boquerona Yoli y con mi preciosa prima Eva. Badajoz con mi ángel de la guarda, la que me saca de todos los problemas en que me meto y me sana. Una parada en San Fernando con mi padre, el eterno viajero para disfrutar tiempo y viandas.
Algeciras para ponerme al día con Loki y echarnos unas risas y finalmente mi querida Ceuta donde pude sentir los abrazos de mi prima Ali y reírme en los desayunos con Fito y ‘los fitipaldis’, tapear con mi querida Cris y Ali Rubia en el Mentidero, comerme por fin un campero de corazones, tomarme una cervecita en Azcárate con Sandra y Carlos antes de su boda, ponerme al día con algunos de los antiguos alumnos de Juan XXIII, volver a ver a mi querida Chani y hacer sudar al tiempo, pasarme por el Conservatorio y ver a mi profesora de cello Eunice, comer con mis primas Aurori y Afri y envolverme de su cariño, andar hasta el cementerio y sentir el aroma a salitre y como no, disfrutar de la presencia de mi adorable Mayca…Las pequeñas cosas que hacen que eche de menos Ceuta cada día.
La vuelta al mundo, mi sueño de niño, me costó tres años y medio de mi vida llevarlo a cabo. No soy persona de hacer promesas pero siempre cumplo las que hago, ésta en cambio es la primera que me cumplo a mí mismo, medio siglo me ha costado llevarla a cabo. He llenado mi cuerpo de cicatrices y mi memoria de recuerdos, he estado al borde de la muerte unas cuantas veces, unas por mi innato despiste y otras porque el cuerpo enferma aunque tu espíritu sea indomable. Mi retina se llenó de atardeceres imposibles, mis manos y pies de callos y electricidad estática.
Encontré el Amor y aprendí a perderlo. A cada paso me fui despojando de equipaje superfluo que cargaba desde niño, dejé que mi ego llorara en el camino por cada pérdida. Hoy no tengo nada, lo extravié todo en este curso intensivo de Vida. Ya no soy el mismo, no me reconozco en el espejo de los días, solo queda mi esencia.
El cansancio me alcanzó, ya solo quiero descansar en algún rincón de lo vivido y dejar que el viento me lleve a casa.






