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Reflexiones sobre España, por Francisco Olivencia

Por Redacción
15/04/2018 - 02:02

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Han pasado quince años desde que publiqué en este diario un artículo titulado “Dos ideas de España”.

Hoy, por pura casualidad, lo he releído y mi conclusión es ahora de mayor preocupación que en aquel momento, pues intuyo que las cosas han ido a peor.

Entonces aludía al hecho de que las personas de mi generación fuimos educadas sobre la base de determinados valores muy concretos: el amor a la Patria, el orgullo de ser españoles, el cristianismo, la sublimación de una Historia llena de gestas y de personajes admirables, Numancia, la Reconquista, los Reyes Católicos, la increíble hazaña de ese puñado de héroes que conquistaron América, sembrando allí nuestro idioma y nuestra religión, Carlos I, Felipe II, el Siglo de Oro, la Guerra de la Independencia, Daóiz, Velarde, el Teniente Ruiz, Agustina de Aragón… Conste que no me refería a aquellas clases de “Formación del Espíritu Nacional”, una “maría” que nadie, ni siquiera sus profesores, se tomaba en serio.

Hablaba de lo que me transmitieron mis maestros (lo digo en el mejor sentido de la palabra) tanto en la escuela de primaria como en el bachillerato.

Sin olvidar a mi padre, que me supo educar en valores, no puedo dejar de mencionar con emocionado recuerdo a Dª María Jesús Gallego, del Colegio de la Sagrada Familia, y a D. Manuel Gordillo Osuna, mi catedrático de Geografía e Historia en el vetusto y único Instituto de aquella lejana época, porque con sus claras y didácticas explicaciones supieron inculcarme un sentimiento de propia estimación, el de saberme hijo de una gran Nación. Ahora, sin embargo, soplan vientos muy distintos.

Por lo que se ve, muchos pensaron que aquellas enseñanzas no eran más que un deplorable producto del franquismo, algo así como un invento del denominado “nacional- catolicismo” -lo que es incierto, como puede comprobarse hojeando libros anteriores a 1936- de tal modo que o bien ya no se estudia la Historia de España, o bien se le hace objeto de menosprecio, como si tuviéramos que avergonzarnos de ella. Basta leer cierta literatura en boga para darse cuenta de esa realidad.

A estas alturas resulta que los Reyes Católicos fueron unos personajes tenebrosos; los conquistadores, una pandilla de desalmados de la peor especie; España una nación agresiva, depredadora, ladrona, opresora, injusta, despótica y todo lo demás que sirva para denigrarla. Incluso se están banalizando las altas instituciones del Estado con una absoluta falta de respeto y hasta con un cierto “animus delendi” -un deseo, cuando menos aparente, de ocuparlas o derribarlas.

Y qué decir de la muy mayoritaria religión católica, curiosamente la única que está siendo acosada por un laicismo que nada tiene que ver con la aconfesionalidad constitucional.

Por su parte, y de manera lamentable, existen sectores de la sociedad en los que resulta evidente la falta de amor a la Patria. En determinadas autonomías se está inculcando a la juventud –en alguna se ha inculcado ya- algo muy grave, como es el odio a lo español, la exaltación de lo tribal frente a la Nación única e indivisible; el acoso al idioma común, una lengua casi universal; el desafecto, e incluso el desprecio, a nuestros símbolos: la bandera, con el escudo, más que quemada, el himno, abroncado y pitado, el Rey, abucheado y su imagen quemada libremente, porque un Tribunal europeo ha dicho que eso es “libertad de expresión”, la unidad de España en trance de ruptura –se llegó a proclamar la independencia de la “república catalana”, afortunadamente abortada gracias a la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que está ahí para algo.

Aunque le disguste al PNV. Incluso aquella estimulante reacción patriótica producida tras la manifestación multitudinaria proespañola de Barcelona, que provocó un rebrotar de la enseña nacional en multitud de balcones y ventanas a lo largo y ancho de la geografía patria, se va deshaciendo poco a poco. A lo anterior hay que añadir un emergente “guerracivilismo”, una más que tardía tendencia a resucitar, con ánimo vengativo, enfrentamientos que creíamos superados por aquel extraordinario espíritu de consenso que dio lugar a la Constitución de 1979, aprobada por la inmensa mayoría de los españoles. Cuando redacté aquel viejo artículo, aludía también a la educación preconizada por la izquierda -si es que puede ser llamada educación- cuyos efectos han incidido además en otros aspectos, que juzgo de importancia.

Me refiero, en primer lugar, a esa especie de obsesión que aquella tiene contra la enseñanza privada y la diferenciada; y, en segundo lugar, a la sutil tela de araña que, empezando por algo al parecer tan inocuo como el "no a los juguetes bélicos” ha ido evolucionando hacia un pacifismo debilitador de la defensa nacional, culminando en un antimilitarismo irreflexivo y en un materialismo que antepone a cualquier otra consideración la comodidad del momento, sin querer ver que Occidente está abocado a afrontar un futuro cargado de densos nubarrones, un futuro al que, quizás, podría haberse referido Jesús cuando dijo “ahora…el que no tenga espada, que venda su túnica y compre una” (San Lucas, 22.36). El “si vis pacem, para bellum” de los romanos, que eran bastante listos.

En verdad, echo de menos un breve servicio militar obligatorio “unisex”, en el que, al menos, se enseñase una lección de patriotismo.

Por un lado, un sistema educativo sembrador de ignorancia, y por el otro, la actitud de muchísimos padres, excesivamente protectores de su único hijo, o a lo más de la “parejita”, van dejando al descubierto un flanco de incultura difícilmente recuperable.

Me consta cómo perciben ese grave error los catedráticos universitarios, quienes se esfuerzan por rellenar las lagunas con las que les llegan sus alumnos.

La oposición critica al Gobierno en cuanto promotor de una ley que tiende a incrementar la calidad de la enseñanza, de tal modo que muchos dirigentes tribales se permiten no aplicarla en sus reinos de taifas, como si lasnormas generales publicadas en el BOE solo obligasen a unos cuantos incautos. Otros se limitan a decir que la derogarán en cuanto lleguen al poder.

Y lo harán, seguro ¡Cuánto se echa de menos una buena ley consensuada, útil para tirios y para troyanos! Pero, al parecer, resulta más estimulante abandonar la mesa negociadora que trabajar en ella.

Hago estas reflexiones, casi un desahogo, porque estimo que, como consecuencia de lo expuesto, ha pasado lo que ha pasado, pasa lo que pasa, y, de no ponerse remedio, pasará lo que puede pasar en un futuro no muy lejano.

Queda, eso sí, la esperanza de que la Divina providencia no lo permita. De los hombres cada vez cuesta más fiarse.

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