Acodado sobre la mesa, las famélicas piernas entrelazadas y la mirada pendiente de la estampa que capta a escasos metros, el muchacho asiente a todo cuanto le cuentan su hermano y una amiga situados frente por frente. Mueve la cabeza como un perro dócil, asintiendo por la inercia que le otorga las buenas maneras y la hermandad. Bebe rioja a delicados sorbos y aunque hace esfuerzos por recomponerse y apoderarse de la palabra, la mente, pasmada y como suspendida en una oronda nube, no tiene más espacio que lo que avistan sus ojos: la figura de un caballero, que junto a su esposa e hijo, dialoga con calma, derrochando sabiduría, una escena en apariencia cotidiana que, no obstante, guarda una sublime excepción pues el señor en cuestión no supone para el muchacho un hombre cualquiera, un ciudadano de a pie, un español medio sino que responde, y junto a él el dorado de una aureola le abriga la silueta, a la imagen de un ídolo, de una deidad, de un referente.
Valga, como se refiere el periodista que teclea estas letras más adelante, la estampa dibujada, un caso verídico que diría Gandía, para desnudar acaso la más descomunal de las penurias que padece la mísera España de nuestros tiempos, la raíz que soporta, e incluso vitaliza, el lodo que pisamos día a día los españoles, mera entelequia de un burda comedia teatral digna de ser firmada por Ionesco. Porque para llegar al estado actual, amén de estallar una degeneración que acaso roza lo inexplicable para la lógica humana, valores básicos como el respeto al prójimo; ganas de superación; honradez; buena educación; e incluso el mantenimiento de la idea de una misma nación en común, sufrieron (y sufren) feroces ataques que, con la permisividad del propio Estado y en ocasiones alentado por el mismo, bien mermaron de manera dolosa, bien directamente desembocaron en la desaparición, con las consecuencias fatales que hoy en día tienen sumido al país y a la población en una depresión con apenas precedentes sin que por ello a nadie parezca caérsele la cara de vergüenza ni tampoco recibir castigo alguno por los medios competentes. Otrora España, y no hay que alejarse demasiado en el tiempo, vivió una época floreciente, de renovadas ilusiones y con un aire fresco que corría de Norte a Sur, de Este a Oeste, y que invadía el ambiente de cada rincón después de que se abrieran, de par en par, las ventanas tras la dictadura de Franco.
Pasados varios lustros, lo que constituye un tiempo suficiente para elevar una valoración fundada y un resultado rotundo, ejercicio además muy dado en los ocasos de cada año, se puede afirmar que España ha fracasado en su idea de salir del infame furgón de cola en el que se hallaba y que lejos de instalarse en la crema europea, como pretendía y los billetes del centro del continente disponían, aún hoy arrastra, e incluso agrava, problemas de grotescas dimensiones en materia básicas que concierne a Educación, Sanidad, Política o a una red empresarial que no destaca más allá del sector primario. En buena medida, además de la congénita y sempiterna manera de ser y de actuar del español, un homenaje en toda regla a la picaresca, el fracaso se debe a la falta de referentes morales y éticos, a la ausencia de figuras con carisma capaces de aunar a personas de diversas creencias y convicciones (la ignorancia también cuenta) en torno a una misma idea en común y hacer crecer, de manera simultánea, al Estado y a la sociedad. Un país que no encuentra espejos donde mirarse y no porque no los haya, en el presente o en el pasado, sino porque la idiocia reinante, unida a la incurable envidia (muy) española, impide ensalzar a las mentes lúcidas y hacerlas prevalecer sobre la mediocridad. De modo que si como de una maléfica espiral se tratara, la sociedad, ávida de inquietudes e insoportablemente dormida, elige cada cuatro años a políticos que parecen competir con regocijo por hacerse con el dudoso honor de ser el más incompetente, ‘Bibianas Aídos’, ‘Malenis’ o ‘Bermejos’ que ocupan el trono que dejaron los padres de la democracia y que no hacen sino validar ese viejo adagio castellano que indica que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Platón con Sócrates y Aristóteles con el primero, como ejemplo a vuelapluma de maestros y discípulos que acaso mejoraron las teorías. Pero nada queda de políticos españoles con mano dura y a la vez comprensivos; con iniciativa pero con respeto a la Historia pasada; con preparación pero abiertos a aprender; personas, en definitiva y lejos de los espejismos rosas, pueriles y nefastos de Zapatero y de los complejos de Rajoy, que ensalza además con mentiras electorales, que sean garantes de un discurso firme y eficaz (y que se cumpla) y portadores de una fachada capaces de crear en la sociedad una admiración tan sana y vigorosa como la que el muchacho profesa al caballero del restaurante: un espejo en el que mirarse, una tribuna donde se avista y se encuentra una vía para el crecimiento individual mediante las enseñanzas recibidas y las inquietudes que abriga la mente propia, un camino que se extiende y se abre tras las huellas que dejaron marcados en el suelo, como una raya en el agua, los zapatos del referente.





