La vida tiene eso. Que es capaz de elevarnos a la máxima de las felicidades para, sin avisar, darte la más cruel de las puñaladas. Es injusta. Lo es. Lo ha sido siempre. Es injusta con muchas personas, con demasiados hombres y mujeres buenos. Es cruel. Dicen que es así porque con sus zarpazos nos enseña a hacernos fuertes, a no creernos dueños de nada, a no sentirnos poderosos o dueños de un destino que no dominamos. No lo sé, yo a estas alturas ya no sé nada, porque he visto irse de este mundo a tantas personas necesarias que ni tan siquiera creo que merecíamos recibir esas lecciones en ese preciso instante.
Hay quienes ante semejantes torbellinos emocionales buscan consuelo en la religión, incluso buscan una explicación que puede que encuentren si creen en ella. Otros deciden construirse una coraza porque hay que seguir el camino, se aislan y se transforman. No queda otra ante una vida que es injusta, puñetera cuando quiere, capaz de recordarnos de forma cruel lo que somos, lo que valemos, la fuerza real que tenemos, la temporalidad de unos momentos que quizá no sepamos aprovechar como debiéramos, no sepamos disfrutarlos con la plenitud debida.
Sabemos que esto es complicado pero nunca estamos preparados para volver a nuestros orígenes y recapacitar sobre lo que somos, lo que valemos y para lo que estamos. Deberíamos nacer con una cartilla debajo del brazo para aprender la esencia de lo que la gran mayoría no sabemos siquiera apreciar porque nos vamos sin saber lo que es vivir.
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