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La dignidad del cargo

La dignidad de un cargo público no está en los discursos vacíos, con verdades a media, ni en culpar al empedrado, sino en dar la cara y remangarse cuando una frontera se desborda. Lo que está pasando estas semanas en la crisis migratoria y humanitaria de Ceuta es la prueba del algodón definitiva para un liderazgo político en todos sus niveles y representaciones. Cuando una ciudad autónoma se ve al límite tras una entrada masiva sin precedentes, la inacción, el postureo o el juego de pasarse la pelota entre administraciones no son una estrategia, son una falta de respeto a los ciudadanos y a la propia investidura del cargo que ostentas.

Si mientras la capacidad de acogida está desbordada, la única respuesta institucional es el cálculo de imagen, la soberbia de no admitir la falta de previsión o el temor a incomodar diplomáticamente a Marruecos, el cargo le queda gigantesco a quien lo ostenta.

La verdadera dignidad de un cargo público no reside en los privilegios del despacho, sino en la capacidad de sostener el peso de la responsabilidad cuando el escenario se vuelve crítico. Cuando un líder político o institucional demuestra no estar a la altura de una crisis, la permanencia forzada en el puesto no es un acto de resiliencia, sino una degradación activa de la investidura que prometió proteger.

Tener un cargo importante es como pedir prestada la confianza de la gente. Cuando todo va bien, es fácil colgarse medallas y esconder la incompetencia detrás de reuniones y fotos bonitas. El problema es que las crisis son como una prueba del algodón: sacan a la luz de qué pasta eres y en qué principios sustentas tu vida.

Cuando la emergencia golpea, se espera del líder templanza, empatía y una dirección técnica impecable. Si en su lugar la sociedad recibe soberbia, negación de la realidad o intentos de salvar la narrativa personal, el cargo se deslegitima. No hay espectáculo más desolador para el ciudadano que ver una silla ocupada por alguien cuyas capacidades han sido completamente rebasadas por las circunstancias.

Saber dimitir a tiempo no es de cobardes; a veces es el mayor acto de respeto que se puede tener hacia los ciudadanos. Cuando no sumas, restas. Si una crisis te ha superado y ya no puedes aportar nada bueno, lo más honesto y digno que puedes hacer es recoger tus cosas, pedir perdón y dejar paso a otro que sí pueda arreglar el problema.

Mantenerse aferrado al puesto cuando se ha perdido la autoridad moral es un ejercicio de egoísmo que debilita la democracia. La ciudadanía deja de ver en la institución un refugio para percibirla como una trinchera de privilegios personales. En las democracias maduras, la renuncia no siempre es un reconocimiento de culpa, a menudo es un acto de profundo patriotismo. Dar un paso al lado es la última oportunidad que tiene un líder rebasado para demostrar respeto por el cargo. Cuando la persona ya no suma, el único servicio que le queda por rendir a sus conciudadanos es marcharse para permitir que la institución sobreviva y vuelva a emerger la confianza.

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  • En Ceuta ya no quedan delincuentes, están todos en Moncloa o de vacaciones.

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