Opinión

Cuando el miedo encierra a nuestros mayores

«No veo a mis nietos desde hace cinco días». La frase, recogida hace unos días por El Faro, contiene en apenas unas palabras una de las consecuencias menos visibles de la situación que atraviesa Ceuta. No habla de fronteras, cifras ni responsabilidades políticas. Habla de unos abuelos separados de sus nietos porque tienen miedo de salir a la calle.

Como profesional de la salud, y más concretamente de nuestro querido cerebro, me preocupa que estemos atendiendo, con razón, a las consecuencias materiales y de seguridad de esta crisis, y no a otra que puede instalarse silenciosamente en muchos hogares: el autoaislamiento de las personas mayores inducido por el miedo.

El miedo no es cobardía ni una enfermedad, es una respuesta humana de protección ante una amenaza percibida. En las circunstancias actuales, además, no puede resolverse diciendo simplemente que es exagerado o irracional. Sin embargo, cuando se prolonga, ocupa casi todos los pensamientos y modifica la conducta cotidiana, nuestro día a día, deja de ser únicamente una alarma útil. Puede convertirse en hipervigilancia, ansiedad anticipatoria, insomnio, irritabilidad y sensación permanente de vulnerabilidad.

En las personas mayores, estas alteraciones pueden tener una repercusión especial. Dormir peor reduce la atención y empeora la memoria al día siguiente. Vivir pendiente de cada ruido o de cada noticia consume recursos mentales fundamentales para el correcto desempeño de nuestras funciones neurológicas y psicológicas aumentando la percepción de fallos cognitivos. En quienes ya presentan deterioro cognitivo leve, una demencia incipiente, enfermedad de Parkinson, depresión o cualquier tipo de fragilidad, la ruptura brusca de las rutinas puede hacer más visibles dificultades que hasta entonces permanecían compensadas en un ya difícil equilibrio.

Pero quizá lo más dañino no sea únicamente el miedo, sino todo aquello a lo que este obliga a renunciar: el paseo diario, la compra en el mercado, el café con un conocido, la visita a la farmacia, la cita médica, el ejercicio, la conversación y el encuentro con hijos y nietos. Son actividades sencillas, pero sostienen la orientación temporal, la autonomía, la movilidad, el estado de ánimo y la estimulación cognitiva de muchas personas mayores.

Sería científicamente irresponsable afirmar que unas semanas de autoaislamiento causan por sí solas una demencia. No es eso lo que sabemos. Pero sería igualmente irresponsable considerar inocuos el aislamiento, la soledad, la pérdida de actividad física, la alteración del sueño y el estrés mantenido. La Organización Mundial de la Salud reconoce la soledad y el aislamiento social como factores relevantes para la salud mental en la vejez, y numerosos estudios los relacionan con depresión, ansiedad, deterioro funcional y peor evolución cognitiva.

Por eso, la respuesta a esta crisis no debería limitarse a recuperar la seguridad objetiva de las calles. También debe recuperarse la seguridad percibida, porque una ciudad no vuelve verdaderamente a la normalidad mientras una parte de sus habitantes continúe viviendo detrás de una puerta cerrada por el miedo.

Las administraciones, los servicios sanitarios y sociales, las asociaciones vecinales y las propias familias deberían identificar a las personas mayores que viven solas o que han dejado de salir. A veces bastarían medidas sencillas: llamadas regulares, visitas, acompañamiento para caminar o hacer compras, ayuda con medicamentos y alimentos, información pública clara y no contradictoria, y presencia visible de recursos de protección en los lugares y horarios en los que los mayores desarrollan su vida cotidiana.

También conviene protegerlos de la exposición continua a vídeos, rumores y mensajes alarmistas. Informar no significa mantener a una persona en alerta todo el día. Conservar los horarios de sueño y comidas, mantener correctamente la medicación, favorecer algo de actividad física dentro o fuera del domicilio y sostener el contacto familiar no son detalles menores: son medidas y pilares para la salud.

Esta preocupación no exige negar los problemas que vive Ceuta ni deshumanizar a todos los que han llegado en condiciones también dramáticas. La protección de los ciudadanos y la atención humanitaria a las personas migrantes no son obligaciones incompatibles. Una sociedad digna debe ser capaz de sostener ambas con la misma firmeza y sentido común.

No normalicemos que nuestros mayores dejen de ver a sus nietos, de acudir al mercado o de pasear por su barrio. No aceptemos que el miedo termine reduciendo su mundo a las paredes de una vivienda.

Protegerlos no consiste únicamente en evitar que algo les ocurra en la calle. Consiste también en impedir que el miedo acabe expulsándolos de ella.

Marcos Altable Pérez

Médico especialista en Neurología

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