Categorías: Opinión

Que coman pasteles

Si no tienen pan, que coman pasteles”. Esta frase, erróneamente atribuida a María Antonieta, vuelve a ser actualidad, en fondo y forma, en nuestra sociedad de hoy. Las inconscientes e ilegítimas declaraciones que un diputado del Congreso ha realizado sobre los casos de malnutrición infantil que ocurren en España, acusando a los padres de ello, corrobora que dicho personaje forma parte de la lista de políticos irritantes y bocazas. En este caso, se trata del mismo político que comparó Andalucía con Etiopía, o llamó pijo ácrata al juez Pedraz por la sentencia que ponía en su sitio a políticos de esta calaña: los que nunca han madrugado para ir al trabajo, porque siempre se han dedicado a la política.
La inconsciencia que parece rodear a algunos políticos, con sus elavadísimos salarios, a tenor de la cuenta de resultados, las remuneraciones paralelas por dietas, indemnizaciones o complementos, y la enorme lista de prebendas añadidas; parece alejarlos de una realidad de paro, pobreza y presión que se encuentra en la penuria, el hambre y la desesperación que avanza por las calles. Existe una clara ruptura social entre los ciudadanos y los políticos que dicen representarlos: los unos viven bajo un yugo y los otros en las portadas de Vogue.
Para mayor escarnio público, las recomendaciones de organismos dirigidos por personas cuyos salarios mensuales son equiparables a las anualidades medias de un español, dejan mucho que desear en el ámbito ético, en el moral, y sobre todo en el humano. Pedir reducción de salarios a los pocos españoles que siguen trabajando en el país que soporta los sueldos más bajos de toda la Unión Europea, con unos precios de mercado globalizados y la presión fiscal más alta del mundo, es llover sobre mojado donde la gente ya se ahogó hace tiempo.
Cuando uno escucha estas barbaridades da la impresión de haber vuelto, no a un despotismo ilustrado (para eso la política tendría que ser ilustrada, y no lo es), sino a un régimen medieval, al señorío feudal, al vasallaje resignado; solo que en este caso el “señor” es el que resulta vencedor en las urnas y no en el campo de batalla. Unas urnas que cada vez están menos legitimadas por el escaso índice de participación y por el incumplimiento reiterado de los programas. Pero no se preocupen, ningún “señor feudal” que emane de ellas se planteará esas cuestiones, ni muchas otras.
Insistir en una regeneración democrática es clamar contra el viento. La Ley de Transparencia se antoja corta para un país donde abundan el cohecho y la corrupción, los estadistas escasean y los medradores políticos se dedican a reventar con su incontinencia verbal el débil equilibrio de la actual paz social.

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