En plena guerra en el golfo, la cuestión palestina parece ser relegada a un segundo plano. La situación en Gaza se eclipsó paulatinamente de los titulares, y las abortadas odiseas de las flotillas de solidaridad con la franja no suscitan el interés del público, especialmente en el mundo árabe. La Nakba, término que designa el éxodo palestino tras la creación del estado de Israel en 1948, se ha reducido a una mera efeméride.
Resulta particularmente llamativo el hecho de que, mientras gobiernos y cancillerías en Occidente alzan la voz contra las violaciones israelíes en los territorios palestinos, las desgarradoras escenas de hambrientos en Gaza peleando por un trozo de pan a secas a expensas de sus vidas no lograron que los gobiernos árabes reconsideraran su postura acerca de la guerra en la franja sitiada hace más de dieciséis años. Ni siquiera la alarmante malnutrición que está cobrando a diario la vida de decenas de niños sacudió la sensibilidad de los sátrapas gobernantes. Esa inmovilidad es el fiel reflejo de un derrotismo propio de los regímenes árabes y el signo más revelador de una impotencia patética.
Se trata de una regresión que es justamente percibida por una amplia mayoría en el mundo árabe como una manifestación de acatamiento que denota un sometimiento y sujeción humillantes, valga la lexía.
Durante la gira del presidente norteamericano Donald Trump por los países del Golfo —en la cual se acordaron inversiones multimillonarias en Estados Unidos—, los mandatarios árabes eludieron abordar la catastrófica situación en Gaza. Las monarquías del Golfo han sido incapaces de forzar la entrada de ayuda humanitaria a la franja cuando es menester para salvar la vida de más de dos millones de gazatíes.
La lluvia de dólares, cuyo valor oscila entre 3500 y 4000 millones de dólares, podría haber servido para metamorfosear la faz del mundo árabe.
Para muchos, esta doma refleja el grado de dependencia hacia Occidente.
Esta pasividad muestra que no hay un proyecto árabe unificado, debido a las tensiones políticas en esta región que se ve de manera equivocada como si fuera una sola identidad. Este bloque geográfico está inmerso en una crisis latente y atraviesa una de las etapas más críticas de su historia. Este debilitamiento casi estructural es la consecuencia de factores, ocasionalmente intrínsecos, pero extrínsecos en la mayoría de los casos.
Los síntomas son inequívocos: bajos índices de crecimiento económico, corrupción, pobreza, deficiente gobernanza e inestabilidad social. Elementos a los que se suma una aguda crisis de legitimidad política que explica en gran parte la subordinación a Occidente. A grandes rasgos, puede decirse que esta insostenible situación se debe a la naturaleza de los regímenes impulsados por las antiguas potencias colonizadoras.
El mundo árabe ha fracasado estrepitosamente en su intento de construir el modelo de Estado-nación y en garantizar su cohesión interna frente a los proyectos de balcanización geográfica. La sospechosa pasividad de Occidente ante la primavera árabe, su incesante injerencia y su reticencia hacia los procesos de transiciones políticas no ayudaron a cambiar el destino de esa área. La responsabilidad de las élites políticas, domesticadas por los regímenes en el poder, es también indudablemente innegable.
La pretendida misión civilizadora del colonialismo occidental, alentada por su afán de controlar las riquezas del mundo árabe, contribuyó a la fragmentación territorial de este espacio y a la creación de élites destinadas única y exclusivamente a defender los intereses de Occidente.
El mundo árabe, a menudo presentado como un ámbito exótico y primitivo, es víctima de una visión distorsionada que ha influenciado su percepción pública. Esa mirada ha condicionado su relación con el Otro, erigiéndose en un auténtico leitmotif en el discurso de Occidente, que lo observa con el prisma de los estereotipos y no sobre la base de la realidad sobre el terreno.
De forma paradójica, el mundo árabe ha acabado interiorizando esa imagen.
Ese Oriente desorientado acapara desde hace décadas los titulares por sus recurrentes tragedias, su heterogeneidad política, los golpes de estado, las guerras civiles y la radicalización de movimientos islámicos. Una sucesión de imágenes que corroboran su declive iniciado a finales del siglo XV.
Ni el dominio de Occidente ni la fatalidad que acecha al mundo árabe- argumentos en ocasiones de tinte simplista- explican por sí solos este profundo ocaso que genera frustración entre las nuevas generaciones. El sectarismo feroz, la ineptitud de los regímenes políticos, el analfabetismo, el rechazo de la modernidad son algunas que otras asignaturas pendientes. Mientras surgen nuevas potencias regionales —Turquía y China, como ejemplos más representativos—, el mundo árabe sigue decididamente faltando a sus citas con la historia.
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