Un lunes, ocho de diciembre de un año cualquiera. Los Infantes de toda España se disponen a celebrar el Día de su Patrona: la Inmaculada Concepción de María.
Día de gala para la Infantería Española. Los viejos del lugar aún recuerdan como antaño amanecía la jornada al son de los acordes de la Diana Floreada. Posteriormente ese desayuno en familia con todas las Fuerzas, solamente interrumpido por el tronar de los petardos por doquier, y a continuación la preparación de todo el personal con sus mejores galas para la ansiada formación.
Nada tiene de diferente un año de otro. Es más, lo calificaría de distinto, pero con una distinción, su personal, que se va superando con el paso del tiempo como si del buen vino se tratase.
Pues el lugar emblemático para los que sentimos de una manera especial la milicia; universo legionario con clima especial; patio de armas legendario donde las voces salen desde lo más profundo de las entrañas, en definitiva "Cuna de los Legionarios".
Pero no estamos solos. Entrelazadas ambas Unidades, nos acompañan los también herederos y depositarios de tradiciones ya centenarias; binomios de combate durante décadas que llevan el nombre asociado a la Historia de España: los Fieles Regulares. Esos hombres y mujeres orgullosos de formar parte de la Unidad más condecorada de España, partícipes de mantener en lo más alto el listón impuesto con el Teniente Coronel Dámaso Berenguer Fusté, allá por el 1.911
Se respira de distinta manera bajo el Manto protector de la Inmaculada Concepción y del Cristo de la Buena Muerte. Legionarios y Regulares, Regulares y Legionarios: todos uno.
Suenan la Banda de Guerra y la Nuba. Nuestro momento está a punto de comenzar. Con aire y porte marcial, todos y cada uno de los componentes de la parada, toman el sitio marcado. Para la mayoría, el tiempo se ha parado. La mente se queda en blanco, atentos a las órdenes del cornetín.
Llegada de la Autoridad, revista, recuerdo de lo acontecido de la colina de Empel en 1.585, donde se obró el milagro del cual nació el patronazgo de Nuestra Señora, alocuciones, y otros pormenores más con el que cuenta toma parada militar.
Cabezas altas, henchidos pechos, cuerpos inamovibles, rostros inmutables. Impecables uniformes, correajes brillantes, botas destellantes. Afortunado los que puedan contemplar una Fuerza tan variopinta. Gorrillo legionario mecido por el viento, ese aire que de igual manera hace mover los surhans. Se entremezclan el color garbanzo con la verde camisa abierta por toda una gran explanada de Historia.
Dios sabe cuántas nacionalidades, de qué distintas religiones, multiplicidad de pensamientos, pero una única fe: el amor a España.
Ya suenan los acordes para rendir tributo a nuestros héroes. En lo más alto de la cripta, a los pies del Cristo de la Buena Muerte, los Guiones al viento nos permiten ver entre sus ondas la imagen de todos aquellos que nos antecedieron y de los que forjaron nuestra leyenda. Leyenda viva, y a los que les debemos el mayor de los respetos pues han entregado en pos de un ideal lo más valioso de un ser humano: su vida.
Una vez finalizado dicho reconocimiento, el desfile ante la autoridad y la dislocación de las Unidades para volver a sus Acuartelamientos. Lo que acontece a partir de ahora, son momentos banales que con el paso del tiempo desaparecen.
Desde estas líneas, solo queda suplicar a la Inmaculada Concepción de María, para que nos dé fuerzas y poder rendir homenaje en todos los 8 de diciembre que merezcamos, pues todos los Infantes:
“….. te prometen ser fieles a la historia y dignos de tu honor y de tu gloria.”





